Cada año, cuando se acerca el mes de mayo, algo se mueve en nuestro corazón. Una nostalgia dulce, una emoción que nos hace detenernos en medio de la rutina para recordar quiénes somos y de dónde venimos. Y ahí, en el origen de nuestra vida, siempre está una madre.

El 11 de mayo no es una fecha cualquiera. Es un día que nos invita a mirar atrás, a evocar los momentos más significativos que hemos vivido al lado de nuestras madres: sus caricias cuando teníamos fiebre, su voz calmada en medio del miedo, su presencia firme cuando todo parecía desmoronarse. Es imposible resumir en palabras lo que representa una madre, porque su amor trasciende cualquier definición. Una madre no solo da la vida: la alimenta, la cuida, la empuja a crecer.

En esta ocasión, quiero hablar desde lo más profundo de mi alma para agradecerles a todas las madres del departamento de Nariño. A esas mujeres incansables que se levantan cada día, muchas veces antes de que salga el sol, para preparar el desayuno, alistar los niños, trabajar dentro o fuera del hogar, y aun así tener fuerzas para abrazar, escuchar, orientar y amar. Mujeres que, con sacrificio y dignidad, se convierten en el motor de sus familias.

Quiero rendir un homenaje personal y sentido. A mi madre, María del Pilar Tofiño, gracias por ser mi guía, mi refugio y mi ejemplo. Tu amor ha sido mi escudo y tu fuerza, mi inspiración. A mi abuelita, Gladis Fajardo, que con su sabiduría y ternura ha moldeado generaciones con manos de amor y carácter. A mi hermana, Angie Montezuma, quien se entrega día a día a formar con cariño y disciplina a su hija, demostrando que el amor maternal también se renueva en las nuevas generaciones. Y a mi suegra, Ligia Guanga, una mujer noble que se ganó mi corazón por su dedicación, su esfuerzo silencioso y su inmensa capacidad de entrega hacia sus hijos.

Hablar del Día de la Madre no debe ser solamente una ocasión para comprar regalos o llenar redes sociales con frases bonitas. No basta con una flor o un mensaje. Lo que nuestras madres realmente necesitan es presencia, tiempo, respeto y amor sincero. Es hora de que entendamos que acompañarlas en sus sueños, escucharlas sin apuros, ayudarlas a descansar y hacerlas sentir valoradas es el verdadero homenaje.

Además, no podemos seguir ignorando una triste realidad: en Colombia, el Día de la Madre es lamentablemente uno de los días más violentos del año. Esa contradicción tan profunda debe interpelarnos. ¿Cómo puede ser que celebremos la vida mientras se apagan tantas por la violencia, el machismo, la intolerancia? Necesitamos transformar esta fecha en una jornada de paz y amor genuino. Que nuestras madres no tengan miedo, que no sean víctimas, que no estén solas.Que este mayo no se reduzca a un solo día. Que se vuelva un compromiso de vida con ellas. Que reconozcamos su labor, muchas veces invisible. Que valoremos no solo a las madres biológicas, sino también a aquellas que, desde otros roles, asumen con amor el cuidado de otros: abuelas, tías, hermanas, madrinas, vecinas, maestras, amigas. Todas ellas merecen nuestra gratitud.

A las madres de Nariño, les envío un abrazo lleno de gratitud y admiración. Ustedes, que cargan con tantas responsabilidades y aun así no pierden la esperanza ni la sonrisa. Ustedes, que enseñan con el ejemplo, que luchan con dignidad y que siembran amor incluso en los terrenos más áridos. Que este 11 de mayo reciban lo que siempre han dado: ternura, alegría, comprensión y compañía.

Hoy no celebramos a los hijos. Hoy, con el corazón en la mano, celebramos a quienes nos dieron la vida. A esas mujeres que, incluso en silencio, hacen posible el mundo. Y a quienes ya no están físicamente entre nosotros, les honramos con la memoria, con los valores que nos dejaron y con la promesa de seguir su legado.

¡Feliz Día a todas las madres nariñenses! Gracias, por tanto. Gracias por todo.