
En algún punto entre los noventa y TikTok, alguien decidió que el valor de una persona se mide por lo mucho que hace. Dormir se volvió sospechoso, descansar un lujo, y tener tiempo libre una señal clara de que “no estás dando el 100%”. Así nació la religión moderna de la productividad: una fe sin dioses, pero con muchas apps.
El mantra es simple: si no estás haciendo algo útil, estás fallando. Pero útil para quién, exactamente, nunca queda claro. Nos venden la idea de que cada minuto debe servir para “mejorarte”: aprender un idioma, leer sobre criptomonedas, practicar yoga, aprender a cocinar mientras haces yoga y grabarlo en 4K para que los demás vean lo zen que eres.
Lo más perverso de todo es cómo lograron que la culpa se vea bien. Antes la gente sentía culpa por cosas básicas, como mentirle a su mamá o comerse la última empanada. Hoy sentimos culpa por no contestar correos a las 11 p.m. o por no ser lo suficientemente proactivos un domingo. La productividad dejó de ser una herramienta y se volvió una identidad.
La trampa está en que nunca se gana. Siempre hay algo más que podrías estar haciendo. Un curso que no tomaste, un libro que no leíste, un hábito que no lograste mantener. Y cada fallo alimenta la maquinaria de la culpa, que te dice: “si solo te organizaras mejor, podrías con todo”. Pero no. No podrías. Porque nadie puede.
El descanso, que antes era el premio por haber trabajado, ahora se volvió un pecado que hay que justificar: “descansé porque lo merezco”, “me tomé el día para recargar energía y ser más productivo después”. Incluso relajarse tiene que tener un ROI.
La paradoja es que cuanto más tratamos de optimizarnos, menos humanos parecemos. Queremos ser máquinas eficientes, pero terminamos como dispositivos viejos: sobrecalentados, lentos, y con el ventilador sonando como un alma en pena.
Quizá la salida no sea dejar de hacer cosas, sino volver a hacerlas sin la culpa en HD. Trabajar cuando toca, descansar sin justificarlo, y recordar que no vinimos a la vida para ser un Excel con sentimientos.
