Yellow Big Machine, Kafe Antzokia, Bilbao, 26/XII/2018

Parece que el pasado tiene mejor marketing que el presente. Cada año, los noventa y los dos mil vuelven a las pasarelas, a las playlists, a las series y hasta a los peinados. Vivimos un eterno revival que se disfraza de tendencia, pero en realidad es una especie de refugio colectivo. La nostalgia se volvió el idioma emocional de una generación que ya no confía tanto en el futuro.

No es casualidad. Antes, cada década tenía su propio sonido, su estética, su espíritu. Hoy todo parece mezclado, sin identidad definida. El presente se siente tan saturado de información que no logra generar una huella emocional fuerte. Entonces, en lugar de crear nuevos recuerdos, reciclamos los viejos. Es más fácil amar lo que ya conocemos que arriesgarnos a sentir algo nuevo.

La nostalgia funciona como una cápsula emocional: cuando escuchamos una canción vieja, el cerebro no solo recuerda, también revive. Esa sensación de seguridad, de pertenencia, de “todo estaba bien” es adictiva. En tiempos inciertos, idealizar el pasado es una manera de tranquilizarnos. Pero lo que extrañamos no es el mundo en sí, sino la versión de nosotros que vivía en él.

Internet amplificó este fenómeno. TikTok, YouTube y los memes se alimentan de fragmentos del pasado, de microdosis de recuerdos que podemos consumir en segundos. El pasado se convirtió en contenido: reciclable, monetizable y, sobre todo, compartible. No recordamos solos; recordamos en grupo. Y ese sentido de comunidad nos da la ilusión de estabilidad que el presente no siempre ofrece.

Sin embargo, hay algo peligroso en vivir demasiado de recuerdos. La nostalgia puede volverse una anestesia que impide construir el ahora. Si solo miramos atrás, dejamos de escribir la banda sonora del presente. Y tal vez ese sea el verdadero desafío: crear algo que dentro de veinte años también valga la pena recordar.

Amar el pasado no está mal, pero el presente también merece una oportunidad. Quizás no tenga un estilo definido ni un ritmo claro, pero eso solo significa que aún está componiendo su propia canción. Y si nos atrevemos a escuchar, puede que no suene tan mal.