
Vivimos en una época que no tolera el misterio. Todo tiene que ser explicado, decodificado, traducido en lenguaje llano o en infografía. La incertidumbre se volvió un defecto y la ambigüedad, una amenaza. Saber es el nuevo deber moral.
En redes, la frase “infórmate” funciona como conjuro. Da igual el tema —geopolítica, nutrición, trauma emocional o arte contemporáneo—: la gente se lanza a opinar con la seguridad de quien leyó tres hilos de Twitter y una columna de opinión. Nos convencimos de que tener una explicación inmediata equivale a tener comprensión.
La claridad se volvió un fetiche. Queremos que todo sea comprensible al instante, incluso lo que por naturaleza resiste la explicación: el deseo, el arte, la tristeza, la memoria. Como si la oscuridad de las cosas fuera una falla del sistema y no parte del tejido de lo real.
Los filósofos antiguos aceptaban el no saber como parte del conocimiento. Hoy, la duda parece una debilidad. No hay tiempo para pensar despacio; hay que tener una opinión, y tenerla ya. El pensamiento se volvió un deporte de velocidad.
Lo más irónico es que esa urgencia por entenderlo todo nos ha hecho más ingenuos. Al reducir la complejidad al formato de lo explicable, terminamos creyendo en simplificaciones cada vez más torpes. La claridad, en exceso, produce estupidez: elimina las sombras donde el pensamiento respira.
Aceptar la opacidad del mundo no es resignación, es madurez. Hay cosas que no se resuelven, solo se contemplan. Hay dolores que no se explican, solo se habitan. Y hay preguntas que no necesitan respuesta inmediata, sino tiempo.
Tal vez la verdadera inteligencia no esté en iluminar cada rincón, sino en aprender a caminar con una linterna pequeña.
