La cultura nariñense está de luto. Este martes se confirmó el fallecimiento del maestro Sigifredo Narváez Granja, uno de los artistas más emblemáticos del Carnaval de Negros y Blancos y considerado por muchos como uno de los grandes guardianes de esta tradición que ha dado identidad al pueblo pastuso durante generaciones.
Su partida deja un profundo vacío entre familiares, amigos, artesanos, cultores y amantes del carnaval, quienes hoy recuerdan con admiración la vida de un hombre que dedicó prácticamente toda su existencia a engrandecer una de las expresiones culturales más importantes del país.
Nacido el 22 de julio de 1934, Sigifredo Narváez descubrió desde muy pequeño su pasión por el arte. Apenas tenía 12 años cuando, en 1946, comenzó a involucrarse en el Carnaval de Negros y Blancos, iniciando un camino que marcaría para siempre la historia de esta festividad.
Legado
Con el paso de los años, su talento autodidacta, su creatividad y su disciplina lo convirtieron en uno de los maestros carroceros y escultores más respetados de Pasto. Cada una de sus obras reflejaba no solo habilidad artística, sino también un profundo amor por las raíces culturales de Nariño.
Durante más de ocho décadas, el maestro Sigifredo participó activamente en la elaboración de carrozas, figuras monumentales y obras que desfilaron por la senda del Carnaval, maravillando a miles de espectadores nacionales e internacionales.
Su trabajo contribuyó a consolidar el prestigio del Carnaval de Negros y Blancos, declarado por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconocimiento que en gran parte también pertenece a artistas como él, quienes entregaron su vida para mantener viva esta tradición.
Quienes compartieron con el maestro recuerdan su humildad, paciencia y generosidad para enseñar. Muchos de los actuales artesanos del carnaval aprendieron de sus técnicas, consejos y experiencias, convirtiéndolo en un verdadero maestro de varias generaciones.
Más que construir carrozas, Sigifredo Narváez moldeó sueños. Cada figura que salía de su taller llevaba impregnadas horas de trabajo, creatividad y un inmenso respeto por la cultura popular.
Para él, el carnaval no era simplemente una fiesta. Era una forma de contar historias, de expresar sentimientos y de preservar la memoria de un pueblo que encuentra en el arte una de sus mayores fortalezas. Su nombre quedará ligado para siempre a la historia del carnaval, como uno de esos artistas silenciosos que, detrás de cada obra monumental, hicieron posible que esta celebración alcanzara reconocimiento mundial.
