El gran cambio que trae Mourinho al Real Madrid es filosófico antes que táctico: el técnico portugués alejará al equipo de la posesión por la posesión que caracterizó las últimas temporadas bajo Arbeloa, para instalar un modelo más directo, más vertical y completamente orientado a la eficacia. La base seguirá siendo el histórico 4-2-3-1 que siempre ha sido su sello, con un doble pivote donde Tchouaméni ejercerá como mediocentro posicional protegiendo la defensa y Valverde tendrá libertad para romper líneas y aparecer en el área rival. Por delante de ambos Bellingham será el corazón ofensivo del equipo como mediapunta pero con una responsabilidad defensiva enorme: Mourinho lo quiere como el primer defensor tras la pérdida del balón y el jugador que conecta el mediocampo con el ataque usando la energía que mostró en el Mundial. En las bandas Bernardo Silva y Arda Güler competirán por la derecha mientras Vinicius seguirá siendo inamovible por la izquierda aunque con una exigencia defensiva mucho mayor que en temporadas anteriores.

Lo más revelador de la filosofía de Mourinho en estas primeras semanas es el mensaje que repite internamente en Valdebebas: no es trabajar en el Real Madrid, es trabajar para el Real Madrid. Con esa frase el técnico resume su obsesión por recuperar el hambre y la mentalidad ganadora que considera que el vestuario blanco perdió durante las dos temporadas sin títulos. Tres mandamientos que ya son innegociables: competitividad máxima en cada entrenamiento, mentalidad ganadora que no acepta la derrota como opción, y exigencia diaria sin excepciones para nadie sin importar el apellido. Mourinho sabe que tiene a Mbappé, Bellingham y Vinicius para hacer daño al rival, y su trabajo es construir alrededor de esas tres estrellas el equipo más sólido y difícil de batir de Europa.