El DIM carga con sus fantasmas históricos y la Copa Sudamericana volvió a mostrar que algo estructural no cierra
Independiente Medellín tiene un patrón que se repite con una regularidad preocupante en los últimos años y que la eliminación ante Vasco da Gama volvió a exponer sin piedad: el equipo rojo de Antioquia llega a instancias decisivas de torneos internacionales con argumentos para avanzar, construye ventajas en los momentos clave y luego no puede sostenerlas cuando más las necesita. Pasó en la ida ante Vasco cuando ganaba 2-1 y terminó empatando 2-2, pasó en la vuelta cuando aguantó 80 minutos el empate que lo llevaba a penales y encajó el gol en el 85. Ese problema de gestión de los partidos importantes, esa fragilidad mental en los momentos decisivos, es una constante que diferentes técnicos y diferentes plantillas no han podido resolver en los últimos años.
A los problemas deportivos se suman las circunstancias institucionales que rodean al club: la sanción que obliga al equipo a jugar a puerta cerrada en el Atanasio Girardot, la presión sobre Amaranto Perea que debuta como técnico principal sin experiencia previa en ese cargo y que ya enfrenta su primera crisis antes de haber cumplido un mes en el trabajo, y una afición que exige resultados pero que ve cómo el equipo repite los mismos errores temporada tras temporada en los torneos continentales. El DIM tiene jugadores de calidad, tiene historia y tiene una hinchada que llena el Atanasio cuando las puertas están abiertas, pero algo en la estructura del proyecto impide que ese potencial se convierta en títulos internacionales y en clasificaciones que el club merece por su tamaño e historia dentro del fútbol colombiano.
