Un estudio arqueológico en La Mojana, en el Caribe colombiano, revela que la ingeniería ancestral del pueblo zenú fue comunitaria, sostenible y capaz de enfrentar los extremos climáticos de inundación y sequía que hoy devastan la región

Constanza Cabrera

LA MOJANA es un delta invertido, un laberinto de ríos que se desbordan y se repliegan a lo largo de once municipios colombianos. Una llanura anfibia donde el Magdalena, el Cauca y el San Jorge se encuentran para desembocar tierra adentro, mucho antes de tocar el mar. Es un territorio que vive entre dos pulsos, la inundación y la sequía. Pero también es el escenario donde, hace más de mil años, el pueblo indígena zenú construyó canales y camellones que transformaron la depresión momposina en un sistema hidráulico capaz de almacenar agua, elevar cultivos y acercar la pesca a las viviendas. Esa ingeniería visible hoy desde el aire como una estructura geométrica que emerge bajo los humedales permitió a una sociedad prehispánica convivir con el agua en vez de combatirla.

Esto es lo que plantea un nuevo estudio, publicado este martes en la revista Communications Sustainability que sugiere que estos trabajos fueron impulsados por las comunidades locales y ejecutados en un solo verano seco, sin necesidad de jerarquías centralizadas. Es en ese mismo paisaje, donde el Estado ha apostado por diques que se rompen y soluciones que no dialogan con el territorio, donde un equipo internacional de arqueólogos de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) y la Universidad de Santiago de Compostela (España) decidió mirar hacia atrás. “Trabajar con la naturaleza, en lugar de bloquearla, puede ser más eficiente, económico y armonioso con el medio ambiente”, comenta a EL PAÍS Marcos Martinón‑Torres, investigador del Departamento de Arqueología de Cambridge y coautor del estudio.