Una comunidad rural recuperó conocimientos transmitidos por generaciones para hablar de agricultura, conservación y protección de los recursos naturales.
En una vereda de Ricaurte, una semilla puede ser mucho más que el comienzo de una cosecha. Puede contener una historia familiar, una práctica aprendida de los mayores y una forma de entender la relación entre las comunidades y la naturaleza.
Ese fue uno de los ejes de un encuentro realizado en la vereda San Francisco, donde integrantes de la Asociación Agropecuaria y Guarda Bosques Los Gualapantes participaron en un taller sobre métodos ancestrales de siembra y conservación ambiental.
La jornada permitió poner sobre la mesa conocimientos que durante generaciones han pasado de padres a hijos y que están relacionados con la manera de cultivar, aprovechar los recursos naturales y adaptarse a las condiciones del territorio.
Una de las actividades, denominada “La semilla, mi historia”, llevó a los participantes a recordar los aprendizajes recibidos de sus mayores y a reflexionar sobre el significado que tienen las semillas para las comunidades rurales.
Porque conservar una semilla también puede significar conservar una parte de la memoria. Detrás de una variedad cultivada durante años existen conocimientos sobre cuándo sembrar, cómo hacerlo, qué condiciones necesita la planta y cómo aprovechar la cosecha.
Conocimiento que también protege el ambiente
El encuentro abordó además la relación entre las prácticas agrícolas tradicionales y la conservación de los recursos naturales. El cuidado del agua, el suelo y la biodiversidad fue incorporado a través de una herramienta denominada “Árbol de Saberes Ambientales”, en la que los participantes compartieron experiencias y compromisos relacionados con el territorio.
Este tipo de ejercicios adquiere particular importancia en las zonas rurales, donde las actividades agrícolas están estrechamente vinculadas con los ecosistemas. Las decisiones sobre cómo se cultiva, qué se conserva y cómo se utilizan los recursos pueden tener efectos directos sobre el suelo, las fuentes de agua y la biodiversidad.
El reto está en evitar que los conocimientos tradicionales se pierdan mientras las comunidades enfrentan nuevas condiciones ambientales, económicas y sociales.
En ese escenario, Corponariño ha incorporado estos espacios de diálogo dentro de sus acciones de educación y participación ambiental, reconociendo el conocimiento comunitario como un elemento que puede contribuir a la construcción de estrategias de conservación.
En San Francisco, la conversación no partió únicamente de conceptos técnicos. Partió de las experiencias de quienes han aprendido a trabajar la tierra observando a sus mayores.
Y allí aparece una lección que trasciende la agricultura: proteger el territorio también significa proteger la memoria de quienes lo han cuidado durante generaciones.
Una semilla puede parecer pequeña. Pero cuando lleva consigo conocimiento, identidad y compromiso con la naturaleza, su valor puede ser mucho mayor que el de una cosecha.
