La nueva estrategia mundial de ONUSIDA para 2026-2031 profundiza un cambio de enfoque: los programas contra el VIH deben dejar de depender exclusivamente de estructuras paralelas y avanzar hacia sistemas nacionales de salud más integrados, sostenibles y liderados por los propios países. El organismo también ha desarrollado hojas de ruta y herramientas para que los gobiernos puedan planificar esa transición sin poner en riesgo el acceso al tratamiento, la prevención y la atención.

La respuesta mundial al VIH entra en una etapa de transformación. Después de décadas de expansión de los programas específicos contra el virus, ONUSIDA plantea que el desafío ya no consiste únicamente en aumentar el número de personas que reciben pruebas, prevención o tratamiento, sino en garantizar que esos servicios puedan mantenerse a largo plazo dentro de sistemas de salud nacionales sólidos, financiados y capaces de responder a las necesidades de las comunidades.

La orientación forma parte de un proceso que ONUSIDA viene desarrollando desde 2024 mediante su enfoque de sostenibilidad y las denominadas HIV Response Sustainability Roadmaps, o Hojas de Ruta para la Sostenibilidad de la Respuesta al VIH. Ese proceso adquirió una nueva dimensión con la aprobación de la Estrategia Mundial contra el Sida 2026-2031, que establece como una de sus prioridades que los países avancen hacia respuestas nacionales, integradas y sostenibles.

La estrategia plantea una transición desde un modelo predominantemente impulsado por programas y financiación externa hacia otro en el que los gobiernos, las comunidades y la sociedad civil tengan un papel central en la conducción de la respuesta.

Un cambio de modelo para sostener los avances contra el VIH

Durante años, la respuesta internacional contra el VIH se construyó alrededor de programas especializados que permitieron ampliar rápidamente el diagnóstico, la prevención y el acceso a medicamentos antirretrovirales.

Este modelo produjo avances extraordinarios. Sin embargo, también generó en algunos países una fuerte dependencia de financiación internacional, estructuras paralelas de prestación de servicios y sistemas específicos para atender el VIH que no siempre estaban plenamente conectados con la atención primaria, los servicios de salud sexual y reproductiva, la tuberculosis, la salud maternoinfantil o los mecanismos nacionales de financiación sanitaria.

ONUSIDA considera que ese escenario debe evolucionar.

La Estrategia Mundial contra el Sida 2026-2031 propone que los servicios relacionados con el VIH estén cada vez más integrados en los sistemas nacionales de salud y en las plataformas de cobertura sanitaria universal. El objetivo no es simplemente trasladar servicios de un programa a otro, sino construir una respuesta que pueda funcionar de manera sostenible y que, al mismo tiempo, mantenga las características que hicieron exitosos a muchos programas de VIH: atención centrada en las personas, participación comunitaria, derechos humanos, seguimiento de resultados y capacidad de llegar a poblaciones históricamente excluidas.

La propia estrategia señala que la respuesta debe pasar de un enfoque centrado principalmente en intervenciones a uno centrado en las personas, y de sistemas dirigidos fundamentalmente por donantes y socios internacionales a modelos liderados por los países y las comunidades.

La guía de sostenibilidad no nació en 2026

Aunque el nuevo enfoque está adquiriendo especial relevancia en 2026, es importante aclarar la cronología.

ONUSIDA publicó el HIV Response Sustainability Roadmap — Part A — Companion Guide el 30 de abril de 2024. La publicación complementaba el HIV Response Sustainability Primer, documento mediante el cual la organización presentó un nuevo enfoque para planificar la sostenibilidad de las respuestas nacionales contra el VIH.

La guía fue diseñada para ayudar a los países a elaborar y aplicar sus propias hojas de ruta de sostenibilidad. Su metodología es flexible y permite adaptar el proceso a las condiciones, políticas, instituciones y estrategias existentes en cada país.

El enfoque contempla que la sostenibilidad no puede reducirse únicamente a conseguir dinero para comprar medicamentos. ONUSIDA plantea una visión más amplia que incluye aspectos programáticos, políticos, estructurales y financieros.

Posteriormente, el proceso evolucionó hacia una segunda etapa. La Parte B de la Companion Guide, publicada en 2025, reforzó especialmente los aspectos relacionados con la transición y la sostenibilidad en un contexto de cambios en la financiación internacional. ONUSIDA señala que esta segunda parte busca ayudar a los países a navegar los cambios de financiación y proteger la continuidad de sus respuestas contra el VIH.

Por tanto, más que una guía completamente nueva aparecida en 2026, lo que existe es una evolución de un marco de sostenibilidad que ahora está siendo incorporado de forma mucho más explícita a la estrategia mundial para el periodo 2026-2031.

¿Qué significa integrar el VIH en los sistemas nacionales?

La palabra «integración» puede resultar ambigua. No significa necesariamente que todos los servicios tengan que desaparecer dentro de una única estructura o que las clínicas especializadas de VIH deban cerrarse.

ONUSIDA utiliza un concepto mucho más amplio.

La integración puede producirse a diferentes niveles: desde las leyes y políticas públicas hasta la financiación, la gestión de medicamentos, los laboratorios, los sistemas de información, la formación del personal sanitario y la prestación directa de servicios.

Por ejemplo, una persona que necesita atención relacionada con el VIH podría recibir también, cuando corresponda, servicios de salud sexual y reproductiva, prevención de infecciones de transmisión sexual, atención de tuberculosis o servicios de salud mental dentro de un sistema coordinado.

La integración también puede implicar compartir sistemas de compras, cadenas de suministro, laboratorios, mecanismos de información sanitaria y estructuras de capacitación del personal.

La experiencia internacional indica que los servicios integrados pueden aumentar la eficiencia y facilitar una atención más centrada en las necesidades de las personas. Sin embargo, ONUSIDA también advierte que la integración no es automáticamente beneficiosa: si se realiza sin planificación, puede aumentar la carga laboral, deteriorar la calidad de la atención o generar riesgos para la confidencialidad y los derechos de las personas que viven con VIH.

Por esa razón, la transición debe diseñarse cuidadosamente y teniendo en cuenta las condiciones de cada país.

El financiamiento es uno de los mayores desafíos

Uno de los principales motivos detrás de este cambio es la necesidad de garantizar que los avances logrados contra el VIH puedan mantenerse durante las próximas décadas.

La estrategia de ONUSIDA plantea una mayor responsabilidad nacional en la financiación de la respuesta. Eso incluye aumentar los recursos domésticos, incorporar el VIH en los presupuestos públicos, aprovechar los sistemas de seguro sanitario cuando existan y buscar mecanismos que permitan combinar distintas fuentes de financiación.

La estrategia también plantea mecanismos de financiación conjunta que puedan combinar presupuestos nacionales, seguros sociales de salud y contribuciones de donantes con el objetivo de mejorar la eficiencia, la sostenibilidad y la equidad.

El cambio es particularmente relevante en un momento de fuerte presión sobre la financiación internacional de la salud.

El informe mundial de ONUSIDA publicado en 2025 ya advertía que la respuesta al sida se encontraba en una situación crítica debido a las transformaciones en el panorama de financiación internacional. A finales de 2024, los avances acumulados habían reducido considerablemente las nuevas infecciones y las muertes relacionadas con el sida desde 2010, pero persistían importantes brechas en prevención.

Los datos más recientes muestran que el problema continúa siendo enorme.

Más de 41 millones de personas viven con VIH

Según las estimaciones más recientes de ONUSIDA, correspondientes a 2025, 41 millones de personas vivían con VIH en el mundo.

Durante ese año se produjeron aproximadamente 1,2 millones de nuevas adquisiciones de VIH, mientras que unas 570.000 personas murieron por enfermedades relacionadas con el sida.

Al mismo tiempo, 32,1 millones de personas tenían acceso a tratamiento antirretroviral. Eso representa alrededor del 78% de todas las personas que viven con VIH.

El progreso es significativo en comparación con décadas anteriores, pero todavía deja grandes brechas.

ONUSIDA calcula que aproximadamente 5 millones de personas no sabían en 2025 que vivían con VIH, mientras que cerca de 9 millones de personas que viven con el virus no estaban recibiendo tratamiento. Además, casi la mitad de los niños que viven con VIH no tenían acceso a tratamiento antirretroviral.

Estas cifras explican por qué la sostenibilidad no puede limitarse a conservar los servicios existentes. Los países todavía necesitan ampliar la cobertura y alcanzar a millones de personas que permanecen fuera de los sistemas de atención.

La integración debe proteger el acceso al tratamiento

Uno de los puntos centrales del nuevo enfoque es evitar que la transición hacia sistemas nacionales provoque interrupciones.

Para una persona que vive con VIH, la continuidad del tratamiento es fundamental. Los medicamentos antirretrovirales permiten reducir la cantidad de virus en el organismo y, cuando se alcanza y mantiene una carga viral indetectable, las personas que viven con VIH no transmiten sexualmente el virus.

Por eso, una transformación institucional mal planificada podría tener consecuencias importantes.

ONUSIDA y sus socios han insistido en que los procesos de transición deben proteger la continuidad de los servicios, la disponibilidad de medicamentos, los sistemas de laboratorio, los profesionales capacitados y los mecanismos de seguimiento.

La Estrategia Mundial 2026-2031 plantea precisamente la necesidad de construir sistemas nacionales resilientes que puedan mantener los servicios de VIH incluso cuando cambien las condiciones financieras o políticas internacionales.

Atención primaria como una pieza fundamental

La atención primaria de salud ocupa un lugar central en el nuevo modelo.

ONUSIDA plantea integrar las intervenciones relacionadas con el VIH dentro de la atención primaria y de otros servicios de salud pública, siempre que las condiciones nacionales permitan hacerlo sin perder calidad ni accesibilidad.

La integración puede facilitar que las personas reciban diferentes servicios en un mismo sistema y reducir la fragmentación.

También puede beneficiar a otros programas sanitarios. La experiencia acumulada durante décadas en materia de VIH —incluidos sistemas de seguimiento, participación comunitaria, modelos diferenciados de atención y mecanismos de rendición de cuentas— puede utilizarse para fortalecer otros componentes de los sistemas de salud.

Al mismo tiempo, los sistemas nacionales pueden aportar al VIH infraestructuras más estables de financiación, personal, compras, laboratorios y prestación de servicios.

La idea es construir un intercambio en ambas direcciones.

VIH, tuberculosis y otras enfermedades

La integración también adquiere importancia debido a la relación entre el VIH y otras enfermedades.

La tuberculosis continúa siendo una amenaza particularmente importante para las personas que viven con VIH. Por ello, la integración de los servicios de VIH y tuberculosis es uno de los ejemplos más claros de cómo diferentes programas pueden trabajar conjuntamente.

La nueva estrategia mundial también propone vincular los servicios relacionados con el VIH con otros ámbitos, entre ellos la salud sexual y reproductiva y enfermedades concomitantes como la hepatitis viral.

En la práctica, esto puede significar que una persona no tenga que recorrer múltiples estructuras sanitarias para acceder a diferentes servicios relacionados con su salud.

Sin embargo, la integración no debe convertirse en una excusa para reducir la especialización cuando esta sea necesaria.

Las comunidades siguen siendo indispensables

Uno de los elementos más importantes del enfoque de ONUSIDA es que la integración no debe significar que las comunidades pierdan protagonismo.

Las organizaciones dirigidas por personas que viven con VIH y por poblaciones afectadas han desempeñado un papel fundamental desde el comienzo de la epidemia.

Estas organizaciones ayudan a identificar barreras, combatir el estigma, facilitar el acceso a servicios, apoyar la adherencia al tratamiento, realizar actividades de prevención y vigilar la calidad de los servicios.

ONUSIDA reconoce que las respuestas comunitarias pueden contribuir no solo a los resultados relacionados directamente con el VIH, sino también a la cobertura sanitaria universal, la protección social y otros objetivos de desarrollo.

Por eso, la nueva estrategia plantea que la participación comunitaria debe incorporarse dentro de los sistemas nacionales y contar con mecanismos adecuados de financiación y reconocimiento.

La sostenibilidad tiene cinco grandes dimensiones

Las herramientas de evaluación desarrolladas por ONUSIDA muestran que la sostenibilidad de una respuesta nacional no depende de un único factor.

El marco de evaluación analiza diferentes dimensiones, entre ellas:

  • Liderazgo político.
  • Sistemas de salud y prestación de servicios.
  • Leyes y políticas que permitan una respuesta efectiva.
  • Financiación sostenible y equitativa.
  • Servicios y soluciones para prevención, tratamiento y atención.
  • Participación y sistemas comunitarios.
  • Información estratégica y capacidad de seguimiento.
  • Recursos humanos, laboratorios, tecnologías y cadenas de suministro.

La herramienta de evaluación está diseñada para proporcionar a cada país una visión amplia del estado de su respuesta contra el VIH y ayudar a identificar las áreas que requieren transformación.

Esto significa que un país puede tener una cobertura elevada de tratamiento y, aun así, presentar problemas de sostenibilidad si depende excesivamente de financiación externa o si carece de suficientes profesionales, sistemas de información o mecanismos comunitarios.

Las hojas de ruta buscan adaptar la estrategia a cada país

ONUSIDA no propone una única fórmula que deba aplicarse exactamente igual en todos los lugares.

Las HIV Response Sustainability Roadmaps están concebidas como herramientas lideradas por cada país. Su objetivo es que los gobiernos identifiquen qué transformaciones necesitan realizar para sostener su respuesta contra el VIH después de 2030.

La organización señala que las hojas de ruta deben estar alineadas con las estrategias nacionales existentes y pueden servir para alimentar futuras revisiones de los planes nacionales de VIH y de otras estrategias sanitarias y multisectoriales.

En otras palabras, las hojas de ruta no sustituyen necesariamente los planes nacionales contra el VIH. Funcionan como instrumentos complementarios para determinar cómo transformar los sistemas y garantizar que esos planes puedan mantenerse en el tiempo.

Decenas de países ya trabajan en sus hojas de ruta

El proceso ya había avanzado antes de la aprobación de la nueva estrategia mundial.

En los documentos preparatorios de la Estrategia Mundial 2026-2031, ONUSIDA informó que 16 países habían completado la Parte A de sus hojas de ruta de sostenibilidad, mientras que otros 17 estaban trabajando en ellas.

Entre los países que ya habían completado esa primera fase se encontraban Botswana, Eswatini, Ghana, Kenia, Lesoto, Malawi, Namibia, Nigeria, Sudáfrica, Tayikistán, Tanzania, Togo, Uganda, Vietnam, Zambia y Zimbabwe.

La existencia de estos procesos demuestra que el cambio no se limita a una declaración internacional, sino que busca traducirse en reformas concretas a nivel nacional.

Para 2026, el programa de trabajo de ONUSIDA contempló continuar apoyando el desarrollo e implementación de hojas de ruta nacionales, además de elaborar mecanismos para evaluar su ejecución y medir la sostenibilidad de las respuestas.

El objetivo final es llegar a 2030 sin perder los avances

La transformación propuesta está directamente relacionada con el objetivo internacional de acabar con el sida como amenaza para la salud pública para 2030.

La Estrategia Mundial contra el Sida 2026-2031 mantiene la ambición de reducir en un 90% las nuevas infecciones por VIH y las muertes relacionadas con el sida respecto a los niveles de 2010.

También plantea mantener y ampliar los avances en la cascada de diagnóstico, tratamiento y supresión viral.

Entre sus metas para 2030 se encuentra que 40 millones de personas que viven con VIH estén en tratamiento y con supresión viral, mientras que 20 millones tengan acceso a opciones de prevención basadas en medicamentos antirretrovirales. Todo ello debe desarrollarse dentro de servicios libres de estigma y discriminación.

La estrategia reconoce, sin embargo, que alcanzar esas metas requiere algo más que medicamentos.

Se necesita financiación, personal sanitario, infraestructura, sistemas de información, políticas públicas, prevención, derechos humanos y participación comunitaria.

Un contexto financiero que acelera la transición

El debate sobre sostenibilidad también ocurre mientras el sistema internacional de cooperación atraviesa importantes cambios.

La financiación externa ha sido fundamental para ampliar el tratamiento y la prevención del VIH en numerosos países. Pero una respuesta que depende de manera excesiva de recursos externos puede quedar expuesta a decisiones presupuestarias tomadas fuera del país.

Los recientes cambios en la financiación internacional han hecho que la planificación de la transición cobre especial importancia.

El propio ONUSIDA ha advertido que los países deben prepararse para escenarios de volatilidad financiera y avanzar hacia respuestas más lideradas nacionalmente. Sus programas de trabajo de 2026 incluyen herramientas para ayudar a incorporar la financiación del VIH en presupuestos nacionales, seguros de salud y otros mecanismos de financiación sanitaria.

Pero el cambio no significa que la cooperación internacional deje de ser necesaria de inmediato.

La nueva estrategia habla de responsabilidad compartida, lo que supone que los gobiernos, donantes, organismos multilaterales, organizaciones comunitarias y otros actores deben asumir responsabilidades diferentes dentro de una respuesta común.

El riesgo de una integración mal ejecutada

Uno de los principales desafíos será evitar que «integración» se convierta simplemente en recortes.

Integrar servicios no significa automáticamente gastar menos. En algunos casos puede requerir inversiones iniciales importantes en capacitación, sistemas de información, infraestructura, laboratorios, cadenas de suministro y reorganización de los servicios.

También existe el riesgo de que determinadas poblaciones pierdan acceso si los servicios especializados que históricamente las atendían desaparecen sin que los servicios generales estén preparados para recibirlas.

Esto es especialmente importante para poblaciones que enfrentan estigma, discriminación o barreras legales.

La experiencia internacional demuestra que algunos servicios especializados y comunitarios cumplen una función que no puede sustituirse simplemente trasladando la atención a una clínica general.

Por ello, ONUSIDA insiste en que la integración debe conservar enfoques basados en derechos humanos, participación comunitaria, equidad y atención libre de estigma.

No se trata solo de integrar servicios, sino de transformar sistemas

La importancia del nuevo marco está precisamente en que ONUSIDA plantea una transformación mucho más amplia.

El organismo busca que los países puedan pasar de respuestas fragmentadas y altamente dependientes de proyectos externos a sistemas nacionales capaces de financiar, coordinar, ejecutar y evaluar sus propias respuestas contra el VIH.

Esto implica cambiar presupuestos, políticas, sistemas de información, modelos de atención, mecanismos de compras, capacitación del personal y relaciones con las comunidades.

La sostenibilidad también requiere que las leyes y políticas nacionales permitan que las personas puedan acceder a servicios sin discriminación.

Por ello, el nuevo enfoque combina elementos sanitarios con cuestiones sociales, económicas y de derechos humanos.

Una transición que tendrá que ser gradual

El cambio hacia sistemas nacionales más integrados no puede ocurrir de un día para otro.

Cada país parte de una situación diferente. Algunos cuentan con sistemas sanitarios relativamente fuertes y una elevada financiación nacional, mientras otros dependen en mayor medida de donantes internacionales y de organizaciones no gubernamentales para mantener servicios esenciales.

La estrategia de ONUSIDA reconoce esta diversidad y propone hojas de ruta adaptadas a cada contexto.

La prioridad es que la transición no interrumpa los servicios y que las capacidades construidas durante décadas no se pierdan.

En este sentido, la sostenibilidad debe entenderse como una transformación progresiva: mantener lo que funciona, corregir las debilidades y trasladar las capacidades exitosas del ámbito del VIH hacia sistemas de salud más amplios.

ONUSIDA también atraviesa su propia transformación

El debate sobre la integración de los servicios nacionales ocurre, además, mientras ONUSIDA experimenta una transformación institucional.

En el marco de la reforma de Naciones Unidas y de la iniciativa UN80, el Programa Conjunto está trabajando en una transición para integrar determinadas funciones de ONUSIDA dentro del sistema más amplio de Naciones Unidas.

El proceso contempla una reducción importante del tamaño de la Secretaría y una reorganización de sus funciones, pero el Programa Coordinador de ONUSIDA ha insistido en que la transición debe preservar las capacidades fundamentales para mantener la respuesta mundial contra el VIH.

Documentos del organismo señalan que la reorganización debe proteger funciones como la coordinación internacional, la información estratégica, la rendición de cuentas, los derechos humanos y la participación comunitaria.

Esta transformación institucional añade otra capa al debate sobre sostenibilidad.

El reto: preservar lo conseguido mientras cambia el modelo

El mundo ha logrado avances enormes contra el VIH.

Las nuevas infecciones se han reducido considerablemente respecto a los máximos históricos y millones de personas reciben tratamiento antirretroviral que les permite vivir más tiempo y con mejor calidad de vida.

Pero la epidemia no ha terminado.

En 2025 todavía se registraron aproximadamente 1,2 millones de nuevas infecciones y 570.000 muertes relacionadas con el sida. Además, millones de personas permanecían sin tratamiento.

La gran pregunta para los próximos años será cómo mantener los avances mientras se transforma la manera de financiar y prestar los servicios.

El enfoque de ONUSIDA apuesta por una respuesta en la que los países tengan mayor liderazgo, las comunidades continúen ocupando un papel central y el VIH forme parte de sistemas de salud más amplios.

Un cambio con la mirada puesta después de 2030

El aspecto más importante de este nuevo marco es que ONUSIDA ya no plantea la sostenibilidad como un problema exclusivamente financiero.

La organización la entiende como la capacidad de un país para mantener una respuesta eficaz, equitativa y centrada en las personas durante muchos años.

La meta inmediata continúa siendo 2030, pero la planificación mira más allá de esa fecha.

La Estrategia Mundial contra el Sida 2026-2031 señala que los sistemas de salud y sociales deben ser suficientemente resistentes para mantener los logros obtenidos después de 2030.

Esto supone un cambio significativo: la lucha contra el VIH deja de concebirse únicamente como una emergencia sanitaria que debe ser controlada y pasa a plantearse como una responsabilidad permanente de los sistemas nacionales de salud y de las sociedades.

Conclusión

El nuevo rumbo de ONUSIDA representa una evolución de la respuesta mundial contra el VIH.

Aunque la guía de acompañamiento sobre sostenibilidad fue publicada originalmente en 2024 y ampliada posteriormente con nuevas herramientas, su lógica se encuentra ahora plenamente incorporada a la Estrategia Mundial contra el Sida 2026-2031: construir respuestas nacionales sostenibles, integrar los servicios de VIH en sistemas de salud más amplios, fortalecer la financiación doméstica y garantizar que las comunidades continúen teniendo un papel decisivo.

El objetivo no es abandonar los programas específicos que han permitido salvar millones de vidas, sino aprovechar sus fortalezas para construir sistemas capaces de mantener esos resultados a largo plazo.

La magnitud del desafío sigue siendo considerable. Con 41 millones de personas viviendo con VIH en 2025 y 1,2 millones de nuevas infecciones registradas ese mismo año, el mundo todavía necesita ampliar la prevención, el diagnóstico y el tratamiento.

La apuesta de ONUSIDA es que esa expansión pueda realizarse dentro de sistemas nacionales más fuertes, sostenibles y centrados en las personas.

El éxito de esta transición dependerá, en última instancia, de que la integración no implique perder especialización, recursos o acceso para las poblaciones más vulnerables. Si consigue combinar financiación sostenible, atención de calidad, derechos humanos y liderazgo comunitario, el nuevo modelo podría convertirse en una de las piezas fundamentales para mantener los avances contra el VIH y acercar al mundo al objetivo de acabar con el sida como amenaza para la salud pública.