El llamado impuesto saludable volvió al centro del debate en Colombia, mientras expertos y organizaciones de salud pública analizan si esta medida realmente contribuye a reducir el consumo de productos perjudiciales para la salud o si termina convirtiéndose principalmente en una herramienta de recaudo para el Estado.

Uno de los argumentos a favor de la medida está relacionado con el impacto que tienen los alimentos ultraprocesados y las bebidas azucaradas sobre enfermedades crónicas. Según cifras de la ADRES citadas por Cajar, la atención de enfermedades asociadas con una alimentación inadecuada, entre ellas la diabetes, algunos tipos de cáncer y las enfermedades cardiovasculares, representa un costo cercano a 35 billones de pesos anuales para el Estado colombiano.

Quienes respaldan el impuesto consideran que aumentar el precio de determinados productos puede contribuir a modificar los hábitos de consumo, especialmente cuando se trata de alimentos con altos contenidos de azúcares, sodio o grasas.

El debate también involucra a la industria, que ha cuestionado este tipo de gravámenes y sus posibles efectos sobre los consumidores, los productores y el empleo. Frente a estas posiciones, organizaciones defensoras de la salud pública sostienen que la discusión no debería limitarse al impacto económico inmediato, sino considerar también los costos que las enfermedades relacionadas con una alimentación poco saludable generan para el sistema sanitario.

La controversia adquiere especial relevancia en un momento en que Colombia enfrenta importantes desafíos para garantizar la sostenibilidad de su sistema de salud. El Gobierno ha señalado que los recursos destinados al sector han aumentado significativamente en los últimos años y que la ADRES actualmente realiza giros mensuales cercanos a los 10 billones de pesos a diferentes actores del sistema.

Para los defensores del impuesto, las políticas tributarias sobre productos asociados con enfermedades crónicas pueden funcionar como una herramienta de prevención, además de generar recursos que podrían contribuir a financiar programas relacionados con salud pública.

Sin embargo, los críticos plantean que gravar determinados productos no necesariamente garantiza un cambio permanente en los hábitos alimentarios y que la medida debe acompañarse de educación nutricional, acceso a alimentos saludables y estrategias que permitan a las familias tomar decisiones informadas.

El debate, por tanto, trasciende la discusión sobre cuánto recauda el Estado. En el fondo, plantea una pregunta sobre el papel de las políticas públicas frente a los hábitos de consumo: ¿debe el Estado utilizar los impuestos para desincentivar productos que pueden afectar la salud o concentrarse en educar a los ciudadanos para que decidan qué consumir?

Mientras continúan las posiciones encontradas, expertos y organizaciones de salud insisten en que cualquier evaluación del impuesto saludable debe tener en cuenta no solo sus efectos económicos, sino también su posible impacto en la prevención de enfermedades y en la reducción de los costos que estas representan para el sistema de salud colombiano.