Angie Tatiana Muñoz encontró en la tecnología una forma de alejar a los niños de los escenarios de violencia y acercarlos a la educación, la creatividad y nuevas oportunidades.

En San José del Guaviare, un departamento que durante décadas ha cargado con las consecuencias del conflicto armado, una profesora decidió utilizar la tecnología como una herramienta para imaginar un futuro diferente. Su nombre es Angie Tatiana Muñoz y desde 2021 lidera Science Bot, una iniciativa que busca despertar en niños y jóvenes el interés por la ciencia, la robótica y la innovación.

La historia comenzó incluso antes de que existiera una sede, computadores o impresoras 3D. En 2020, poco después de llegar a San José del Guaviare, Muñoz observó desde la ventana de su vivienda a varios niños del barrio Villa Andrea mientras jugaban a la guerra. Los pequeños corrían, se escondían y utilizaban palos como si fueran armas.

La escena llamó profundamente su atención. En lugar de limitarse a observar, decidió acercarse a ellos y mostrarles una alternativa de juego y aprendizaje: la robótica.

Con uno de los kits que conservaba desde su adolescencia, reunió a los primeros cuatro niños y comenzó a experimentar con materiales sencillos. Botellas plásticas, cartón, servomotores y sensores fueron suficientes para construir pequeños dispositivos capaces de moverse cuando alguien se acercaba.

La curiosidad hizo el resto. Los niños querían saber cómo funcionaban aquellos inventos y comenzaron a regresar cada sábado. Lo que empezó como una actividad para cuatro menores rápidamente creció hasta reunir a decenas de participantes.

De cuatro niños a una comunidad de jóvenes creadores

El proyecto terminó convirtiéndose en Science Bot, una escuela de robótica que nació oficialmente en San José del Guaviare y que con el paso de los años ha ampliado su alcance.

La iniciativa no solamente busca enseñar a construir robots. Su propósito también está relacionado con ofrecer a los niños espacios diferentes, donde puedan desarrollar habilidades, descubrir sus capacidades y pensar en posibilidades profesionales que muchas veces parecen lejanas en regiones apartadas del país.

La ciencia se convierte así en una herramienta para cambiar perspectivas. En lugar de reproducir escenarios relacionados con la violencia que durante años hicieron parte de la cotidianidad de algunas comunidades, los estudiantes encuentran computadores, sensores, motores, impresoras 3D y proyectos que los obligan a imaginar soluciones.

Actualmente, Science Bot cuenta con varios docentes, infraestructura propia y herramientas tecnológicas que permiten desarrollar proyectos de mayor complejidad. Incluso algunos estudiantes participan desde otros países, entre ellos España y Australia.

Un salón que cabía en un Renault 4

El crecimiento del proyecto no fue inmediato. Durante sus primeros años, Muñoz tuvo que buscar diferentes espacios para poder enseñar.

Uno de los principales aliados fue un Renault 4 rojo, que terminó convertido en un particular salón de clases sobre ruedas. El vehículo transportaba computadores, mesas y otros elementos necesarios para desarrollar las actividades.

La dinámica era sencilla, pero exigente: llegar a un barrio, descargar los equipos, organizar el espacio, dictar la clase y posteriormente volver a guardar todo en el automóvil.

Cuando no había un lugar disponible, las actividades se realizaban al aire libre. En algunas ocasiones se utilizó la Casa de la Mujer y, cuando ese espacio estaba ocupado, las clases terminaban desarrollándose en la calle.

Posteriormente consiguieron compartir un local con un proyecto de danzas, lo que significaba montar y desmontar los equipos constantemente. Sin embargo, las dificultades logísticas no impidieron que la iniciativa siguiera creciendo.

La tecnología también llegó a zonas apartadas

Uno de los aspectos más importantes de Science Bot ha sido su capacidad para salir de la ciudad y llegar a comunidades que tradicionalmente tienen un acceso más limitado a este tipo de formación.

Las actividades se han desarrollado en comunidades indígenas, zonas de reincorporación y veredas alejadas de San José del Guaviare. Para llegar a algunos de estos lugares fue necesario utilizar diferentes medios de transporte y, en determinadas ocasiones, incluso contar con el apoyo de helicópteros de las Naciones Unidas.

La intención siempre ha sido llevar el conocimiento hasta donde están los estudiantes y no esperar a que ellos tengan las condiciones para desplazarse hasta un centro especializado.

Educar para imaginar otra realidad

El caso de Angie Tatiana Muñoz demuestra que la educación puede convertirse en una herramienta para transformar territorios afectados por la violencia.

La robótica, en este contexto, va mucho más allá de aprender a programar o ensamblar máquinas. Para los niños que participan en Science Bot representa la posibilidad de descubrir intereses, trabajar en equipo, solucionar problemas y proyectarse hacia profesiones relacionadas con la ciencia y la tecnología.

La experiencia también evidencia que la innovación no tiene que concentrarse exclusivamente en las grandes ciudades. Con creatividad, voluntad y acceso a herramientas básicas, es posible construir procesos educativos significativos en regiones que durante años han enfrentado enormes dificultades sociales.

Desde aquella primera experiencia con cuatro niños y unas botellas de plástico, el proyecto ha recorrido un largo camino. Hoy, aquella idea que nació como una manera de despertar la curiosidad de unos menores se ha convertido en una escuela que busca que las nuevas generaciones del Guaviare cambien los juegos de guerra por robots, computadores y proyectos capaces de construir un futuro diferente.

Porque para Tatiana Muñoz, enseñar robótica no significa únicamente formar futuros ingenieros. También significa darles a los niños la oportunidad de imaginar que su historia puede ser distinta a la de las generaciones anteriores.