En las zonas altoandinas del Perú, donde la agricultura depende en gran medida de un régimen de lluvias cada vez más difícil de predecir, la búsqueda de cultivos capaces de soportar periodos de escasez de agua se ha convertido en una prioridad. Entre las alternativas con mayor potencial se encuentra la quinua, un grano andino que durante siglos ha sido conservado y seleccionado por las comunidades agrícolas de la región.
La adaptación no parte de cero. El Perú conserva una enorme diversidad genética de quinua y cuenta con variedades desarrolladas y evaluadas por instituciones de investigación como el Instituto Nacional de Innovación Agraria (INIA). Algunas de ellas presentan tolerancia a la sequía o capacidad para desarrollarse bajo condiciones de disponibilidad limitada de agua.
Uno de los ejemplos más destacados es la INIA 446-Atipaq, variedad presentada oficialmente por el INIA en 2022 y desarrollada para ofrecer un buen rendimiento en condiciones agrícolas exigentes. De acuerdo con el organismo, esta variedad puede producir entre tres y cuatro toneladas por hectárea y requiere aproximadamente entre 450 y 520 milímetros de agua durante su desarrollo vegetativo, característica que le permite afrontar situaciones de sequía o estrés hídrico.
El desarrollo de estas variedades adquiere especial importancia en un contexto en el que los agricultores andinos deben enfrentarse no solamente a la falta de lluvias, sino también a cambios en la duración y distribución de las precipitaciones, heladas, granizadas y otros fenómenos que pueden afectar la producción.
Una agricultura que depende del agua y del clima
La agricultura en los Andes peruanos se desarrolla bajo condiciones particulares. La altitud, las temperaturas bajas, la irregularidad de las lluvias y las características de los suelos hacen que la elección de la variedad sembrada sea fundamental para obtener una cosecha.
La quinua posee una ventaja importante frente a otros cultivos: es una especie con una amplia capacidad de adaptación. Investigaciones científicas han documentado su tolerancia a diferentes condiciones ambientales, entre ellas la sequía, las bajas temperaturas y la salinidad. Esta capacidad está relacionada tanto con la diversidad genética existente en la especie como con los procesos de selección realizados durante generaciones por los agricultores andinos.
Sin embargo, hablar de una quinua «resistente a la sequía» no significa que pueda crecer sin agua. La disponibilidad hídrica sigue siendo determinante para la germinación, el crecimiento y la formación del grano. La diferencia está en que determinadas variedades pueden mantener un mejor comportamiento productivo cuando el agua disponible es menor o cuando se presentan periodos de déficit hídrico.
El propio Servicio Nacional de Sanidad Agraria (SENASA) señala en su guía para el cultivo de quinua que la planta puede soportar periodos cortos de sequía, aunque los periodos prolongados de déficit hídrico durante el desarrollo pueden afectar seriamente al cultivo.
Por eso, la estrategia no consiste únicamente en buscar semillas «más resistentes», sino en combinar variedades adecuadas con mejores prácticas agrícolas, manejo del suelo, disponibilidad de semillas de calidad y una planificación que tenga en cuenta las condiciones climáticas de cada zona.
Pasankalla: una variedad desarrollada para las condiciones del altiplano
Uno de los antecedentes más claros es la INIA 415-Pasankalla, una variedad desarrollada por el INIA a partir de material recolectado en Ácora, Puno.
Su mejor adaptación se encuentra en la zona agroecológica Suni del altiplano, aproximadamente entre los 3.815 y 3.900 metros sobre el nivel del mar, en condiciones de clima frío y seco y con precipitaciones anuales de alrededor de 400 a 550 milímetros. El INIA la clasifica como tolerante a la sequía.
La variedad tiene además un periodo vegetativo cercano a los 144 días y puede alcanzar un rendimiento potencial de aproximadamente 4,5 toneladas por hectárea, mientras que en campos de agricultores se registra un rendimiento de alrededor de 3,5 toneladas por hectárea, según la ficha técnica del INIA.
Su importancia va más allá de la tolerancia al déficit de agua. Pasankalla tiene características comerciales y nutricionales que han permitido incorporarla a diferentes sistemas de producción. El INIA también ha trabajado en la transferencia de conocimientos a agricultores para mejorar el manejo de esta y otras variedades.
En 2018, por ejemplo, el instituto instaló una parcela demostrativa en Huancavelica para capacitar a más de 40 pequeños agricultores en el manejo tecnificado de la quinua. Entre las variedades utilizadas se encontraban Santa Ana y Pasankalla.
Atipaq: una respuesta más reciente al estrés hídrico
El avance más reciente en esta línea está representado por la INIA 446-Atipaq, una variedad que el INIA presentó en noviembre de 2022.
Según el instituto, Atipaq puede alcanzar entre tres y cuatro toneladas por hectárea y superar en más de 30 % el rendimiento de otras variedades bajo las condiciones evaluadas. Pero uno de sus principales atributos es su comportamiento frente al estrés hídrico: necesita aproximadamente entre 450 y 520 milímetros de agua durante su desarrollo vegetativo.
La variedad también fue puesta a disposición de productores de Puno en 2024, junto con la papa INIA 334-Llapanchispaq, como parte de una estrategia para mejorar la productividad de las unidades familiares de la zona surandina. El Gobierno peruano estimó que estas variedades podrían beneficiar a más de 12.000 unidades familiares de Puno y otras zonas del sur andino.
Esto muestra que el desarrollo de variedades adaptadas al estrés climático no se limita a los laboratorios. El desafío consiste en conseguir que las semillas mejoradas lleguen realmente a los agricultores y que estos reciban el conocimiento necesario para utilizarlas correctamente.
La diversidad genética es una herramienta frente al cambio climático
La quinua posee una característica particularmente valiosa para el futuro de la agricultura peruana: su enorme diversidad genética.
Durante generaciones, las comunidades andinas han conservado diferentes tipos de quinua adaptados a condiciones específicas de altitud, temperatura, suelo y disponibilidad de agua. Esa diversidad constituye una especie de «reserva natural» que puede ser utilizada por investigadores para identificar características útiles frente a nuevos escenarios climáticos.
El Ministerio del Ambiente destacó en junio de 2026 que la quinua, junto con la kiwicha, la cañihua y el tarwi, forma parte de los cultivos andinos estratégicos para conservar la agrobiodiversidad peruana y fortalecer la adaptación frente al cambio climático. El ministerio también resaltó el papel histórico de los agricultores familiares en la conservación de esta diversidad genética.
Esto es importante porque no existe una única variedad que sea ideal para todas las regiones. Una quinua que funciona bien en el altiplano puede tener un comportamiento diferente en un valle interandino o en una zona costera.
De hecho, el catálogo del INIA registra variedades comerciales destinadas a diferentes ambientes, incluyendo el altiplano, los valles interandinos y algunas zonas de la costa.
¿Cómo enfrenta la quinua los periodos de escasez de agua?
La tolerancia a la sequía en una planta no depende de una sola característica. Se trata de un conjunto de mecanismos que permiten mantener sus funciones durante periodos de menor disponibilidad de agua.
En la quinua, diferentes investigaciones han estudiado características fisiológicas y genéticas relacionadas con su capacidad para soportar el déficit hídrico. Algunas variedades pueden presentar respuestas que les permiten conservar agua, modificar su crecimiento o mantener determinadas funciones fisiológicas durante el estrés.
La investigación científica también ha encontrado diferencias importantes entre variedades. Esto significa que no todas las quinuas reaccionan de la misma manera ante una sequía y que la selección de materiales genéticos adecuados puede convertirse en una herramienta de adaptación.
En investigaciones sobre mejoramiento de quinua y otros granos andinos se han identificado materiales y líneas con características relacionadas con la tolerancia a la sequía. El objetivo es desarrollar cultivos capaces de responder mejor a los nuevos escenarios climáticos sin perder características importantes para los agricultores y consumidores, como rendimiento, calidad del grano y adaptación local.
No se trata solamente de crear nuevas semillas
Aunque las variedades tolerantes al déficit hídrico son importantes, los especialistas coinciden en que la adaptación agrícola requiere una estrategia mucho más amplia.
Un agricultor puede disponer de una variedad tolerante a la sequía y aun así sufrir pérdidas si la siembra se realiza en una fecha inadecuada, si el suelo no conserva suficiente humedad o si una sequía ocurre durante una etapa particularmente sensible del desarrollo de la planta.
Por esta razón, los programas de investigación y transferencia tecnológica también trabajan en aspectos como la selección de semillas, el manejo del suelo, el control de plagas y enfermedades, la fertilización y las técnicas de cosecha y poscosecha.
Las experiencias de capacitación realizadas por el INIA muestran precisamente este enfoque. En sus parcelas demostrativas se enseñan técnicas de análisis del suelo, utilización de semilla de calidad, manejo tecnificado, control de plagas y enfermedades y procesos de cosecha y poscosecha.
La adaptación, por tanto, es una combinación entre genética, conocimiento agrícola y manejo de los recursos naturales.
El impacto económico para los pequeños productores
La importancia de estas investigaciones también tiene una dimensión económica. En muchas comunidades andinas, la agricultura representa una fuente fundamental de ingresos y alimentación para las familias.
Una sequía prolongada puede provocar una reducción significativa de los rendimientos, lo que significa menos producto para el consumo familiar y menores ingresos por la venta de los excedentes.
Por el contrario, una variedad que consiga mantener un rendimiento aceptable bajo condiciones de menor disponibilidad de agua puede reducir parte de ese riesgo.
El INIA informó en 2025 que 19 variedades de granos andinos de alta calidad genética desarrolladas por el MIDAGRI habían contribuido, según sus registros, a incrementar en 80 % el rendimiento de las hectáreas beneficiadas durante los tres años anteriores, alcanzando a más de 100.000 pequeños y medianos productores en distintas regiones del país.
Aunque este dato corresponde al conjunto de granos andinos y no exclusivamente a variedades de quinua tolerantes a la sequía, refleja la importancia que tienen los programas de mejoramiento genético y transferencia tecnológica dentro de la política agrícola peruana.
Puno, uno de los territorios clave
Dentro de esta historia, Puno ocupa un lugar central. La región concentra una parte importante de la producción y diversidad de quinua del país y cuenta con condiciones altiplánicas donde variedades como Pasankalla han sido desarrolladas y evaluadas.
El trabajo realizado en la Estación Experimental Agraria Illpa ha sido fundamental para la investigación de la quinua. Desde allí se han desarrollado variedades, producido semillas y realizado actividades de capacitación y transferencia tecnológica.
La llegada de variedades como Atipaq a los productores de Puno representa, por tanto, una continuación de un proceso que lleva años desarrollándose en la región. No se trata de una solución improvisada ante una sequía puntual, sino de un esfuerzo de investigación agrícola que busca anticiparse a condiciones climáticas cada vez más variables.
Un desafío que todavía está lejos de resolverse
La existencia de variedades tolerantes a la sequía no significa que la agricultura peruana esté protegida completamente frente al cambio climático.
El déficit hídrico puede combinarse con temperaturas inusualmente altas, heladas, granizadas, aparición de enfermedades y cambios en el calendario de lluvias. Además, la intensidad y duración de estos fenómenos puede variar considerablemente entre regiones.
La investigación sobre quinua también reconoce que los fenómenos climáticos adversos de los Andes —como sequía, heladas, granizo y viento— pueden afectar al cultivo de distintas maneras y que la respuesta puede variar incluso entre variedades de una misma especie. Por ello, el mejoramiento genético continúa siendo un proceso necesario.
Otro desafío consiste en garantizar que las variedades desarrolladas lleguen efectivamente a los agricultores. Una innovación agrícola solamente produce un impacto significativo cuando existe disponibilidad de semilla, acompañamiento técnico, acceso a mercados y condiciones económicas que permitan a los productores adoptarla.
La quinua como parte de una agricultura más resiliente
El caso peruano demuestra que la adaptación al cambio climático no necesariamente significa abandonar los cultivos tradicionales. En muchos casos, puede significar aprovechar la diversidad que ya existe y combinarla con investigación científica y tecnología agrícola.
La quinua es especialmente representativa de esta estrategia. Es un cultivo originario de los Andes, profundamente relacionado con la historia agrícola de las comunidades de la región y, al mismo tiempo, una especie sobre la que actualmente se desarrollan investigaciones modernas para enfrentar problemas como la sequía y el estrés ambiental.
Variedades como INIA 415-Pasankalla y INIA 446-Atipaq muestran dos momentos de ese proceso: por un lado, el aprovechamiento de variedades adaptadas a las condiciones del altiplano y, por otro, el desarrollo de nuevos materiales con características orientadas a mejorar la productividad y afrontar el déficit hídrico.
El reto para los próximos años será llevar estos avances más allá de las estaciones experimentales y conseguir que formen parte de sistemas agrícolas sostenibles y económicamente viables para las familias rurales.
Una semilla de adaptación para el futuro
La experiencia de la quinua peruana deja una conclusión clara: frente a un clima más impredecible, la respuesta no depende únicamente de tener más agua, sino también de utilizar mejor el agua disponible y contar con cultivos capaces de aprovecharla de manera eficiente.
Los productores andinos han conservado durante generaciones una diversidad de semillas que hoy adquiere un nuevo valor estratégico. A esa herencia se suma el trabajo de instituciones de investigación como el INIA, que desarrollan y evalúan variedades con mejores características productivas y tolerancia frente a condiciones adversas.
En ese contexto, los cultivos adaptados a la sequía en Perú representan mucho más que una innovación agrícola. Son una herramienta para proteger la producción de alimentos, reducir los riesgos económicos de los pequeños agricultores y conservar parte de la biodiversidad agrícola que caracteriza a los Andes.
La quinua, un cultivo que durante siglos aprendió a sobrevivir en uno de los ambientes agrícolas más exigentes del planeta, vuelve así a ocupar un lugar central en una pregunta que será cada vez más importante para el campo peruano: cómo producir alimentos cuando el agua y el clima ya no se comportan como antes.
