Costa Rica. Cuando una pequeña tortuga marina rompe la arena y comienza a avanzar hacia el océano, el momento parece representar apenas unos segundos de vida silvestre. Sin embargo, detrás de cada cría que consigue llegar al agua existe un proceso que puede haber comenzado meses antes y que involucra investigadores, habitantes de las comunidades costeras, trabajadores ambientales y voluntarios.
En las costas de Costa Rica, la protección de tortugas se ha convertido en una tarea permanente. Patrullajes nocturnos, monitoreo científico, traslado de nidos, mantenimiento de viveros y vigilancia de las playas forman parte de una estrategia que busca aumentar las posibilidades de supervivencia de especies amenazadas.
Uno de los ejemplos más representativos se encuentra en la Reserva Pacuare, ubicada en la costa del Caribe costarricense. Allí, los programas de conservación llevan décadas trabajando principalmente con la tortuga baula (Dermochelys coriacea), una de las tortugas marinas más grandes del planeta. La reserva protege una playa de aproximadamente seis kilómetros y registra, en promedio, cientos de nidos de baula cada año.
Una labor que comienza mucho antes de que nazcan las crías
El trabajo de conservación no empieza cuando los huevos están a punto de abrirse. Comienza durante la noche, cuando las hembras salen del océano para buscar un lugar adecuado donde depositar sus huevos.
En la Reserva Pacuare se realizan censos nocturnos durante la temporada de anidación. Investigadores, estudiantes y voluntarios recorren la playa para localizar a las tortugas, identificar individuos, registrar información y ubicar los nidos.
Estos datos tienen un valor científico importante. Permiten conocer cuántas hembras llegan a la playa, dónde están anidando, qué cambios se producen entre temporadas y cuáles son las principales amenazas para los nidos. La reserva señala que más de 23.000 hembras han sido marcadas a lo largo de sus programas de conservación.
El trabajo voluntario también puede incluir vigilancia, mantenimiento de viveros, limpieza de playas, recolección de datos y apoyo durante el seguimiento de los nidos. En una expedición realizada en 2025, por ejemplo, voluntarios participaron en patrullajes, recopilaron información sobre tortugas baula, monitorearon el vivero y ayudaron a trasladar 170 huevos recién puestos a un área protegida.
¿Por qué algunos nidos son trasladados?
Aunque pueda parecer extraño mover los huevos de un lugar a otro, la decisión tiene una explicación.
Las tortugas normalmente depositan sus huevos en la arena y los dejan incubar de manera natural. Sin embargo, algunos nidos quedan expuestos a situaciones que pueden reducir considerablemente sus posibilidades de éxito: mareas altas, erosión de la playa, inundaciones, depredadores o saqueo.
Por esa razón, los equipos de conservación evalúan las condiciones de cada nido. Algunos permanecen exactamente donde fueron encontrados; otros son trasladados a zonas más seguras de la misma playa y, en determinados casos, son llevados a viveros protegidos.
La Reserva Pacuare explica que utiliza diferentes métodos desde 1994 y que los viveros comenzaron a utilizarse en 2018. Uno de los objetivos es colocar los nidos en lugares donde la erosión no represente un riesgo tan elevado.
La diferencia puede ser considerable. Durante la temporada de 2022, la reserva registró un éxito de eclosión del 16 % en nidos dejados en el sitio original, mientras que los nidos ubicados en viveros alcanzaron un 78 %. Esto no significa que todos los nidos deban ser trasladados, pero sí demuestra por qué la reubicación puede convertirse en una herramienta importante cuando las condiciones naturales son desfavorables.
Miles de crías son el resultado de años de trabajo
Hablar de miles de tortugas naciendo en Costa Rica puede dar la impresión de que se trata de un único acontecimiento masivo. En realidad, las cifras son el resultado acumulado de numerosas temporadas de reproducción y de programas de conservación que llevan décadas funcionando.
En Playa Pacuare, por ejemplo, un informe correspondiente a 2017 registró 279 nidos de tortuga baula y reportó la liberación de 7.349 crías de esta especie provenientes de nidos protegidos.
Otro registro contabilizó 24.804 tortugas baula liberadas durante un periodo de varios años, mientras que un programa de 2018 informó la liberación de 8.112 crías de baula, además de miles de tortugas verdes y carey.
La dimensión histórica es todavía mayor. Según la información publicada por la Reserva Pacuare, sus programas han protegido más de 1,8 millones de huevos y han permitido liberar al mar cientos de miles de tortuguitas. La reserva también registra más de 21.000 nidos de tortuga baula durante el periodo de seguimiento.
Estas cifras muestran que la conservación no depende de un solo grupo de personas ni de una sola temporada. Es un proceso acumulativo que necesita continuidad.
Una lucha que también ocurre contra el saqueo
Además de los fenómenos naturales, los huevos de tortuga enfrentan amenazas provocadas por los seres humanos.
El saqueo de nidos ha sido históricamente uno de los principales problemas en varias playas de Costa Rica. La vigilancia nocturna cumple, por eso, una doble función: permite obtener información científica y ayuda a reducir las actividades ilegales.
La experiencia de Pacuare muestra un cambio significativo. Según los registros de la reserva, la extracción ilegal afectaba al 98 % de los nidos en 1989, mientras que décadas después el problema se había reducido de manera drástica. La organización atribuye este avance a una combinación de vigilancia, investigación, educación ambiental y participación de personas vinculadas al programa.
Aun así, el problema no ha desaparecido completamente. En mayo de 2025, autoridades costarricenses reportaron el decomiso de 130 huevos de tortuga marina que fueron trasladados a un vivero asociado con un programa de conservación en Moín, en la provincia de Limón.
La erosión y el cambio climático agregan presión
La arena de una playa puede parecer un lugar estable, pero en realidad cambia constantemente.
Las mareas, las lluvias, las tormentas y el movimiento natural de la costa pueden modificar la superficie donde se encuentran los nidos. En algunas zonas, la erosión puede llegar a exponer los huevos o hacer que sean alcanzados por el agua.
En junio de 2026, por ejemplo, fuertes oleajes afectaron la zona de Ostional, en el Pacífico costarricense. Las autoridades explicaron que algunos huevos pueden perderse naturalmente por depredación, mareas, erosión y movimiento de la playa. El episodio también generó preocupación sobre cómo una mayor frecuencia o intensidad de eventos extremos podría afectar las playas de anidación en el futuro.
El cambio climático plantea además un problema particularmente complejo. En las tortugas marinas, la temperatura durante la incubación influye en el sexo de las crías. El aumento de las temperaturas puede modificar la proporción entre machos y hembras y, bajo condiciones extremas, afectar la supervivencia de los embriones.
A esto se suman el aumento del nivel del mar, las inundaciones de nidos y la erosión de las playas. Por eso, proteger un vivero es importante, pero no constituye por sí solo una solución definitiva.
La tortuga baula: una especie extraordinaria bajo presión
La tortuga baula se diferencia de muchas otras tortugas marinas porque no posee un caparazón rígido tradicional. Su cuerpo está cubierto por una piel resistente y una estructura flexible.
También destaca por sus grandes desplazamientos migratorios. Puede recorrer enormes distancias entre sus zonas de alimentación y las playas donde se reproduce.
Sin embargo, su capacidad para recorrer los océanos no la protege de las amenazas humanas. La captura accidental durante actividades pesqueras, la pérdida de playas de anidación, el saqueo de huevos, la contaminación, los residuos y los efectos del cambio climático se encuentran entre los principales riesgos para estas poblaciones.
La situación es especialmente preocupante en algunas poblaciones. La tortuga baula está catalogada globalmente como Vulnerable, mientras que la población del Pacífico oriental presenta una categoría de amenaza mucho más grave. Costa Rica tiene relevancia internacional porque sus costas forman parte de las zonas reproductivas de estas tortugas.
Del vivero al océano comienza otra batalla
El momento en que las crías abandonan el vivero es uno de los más esperados por los equipos de conservación.
Después de semanas de incubación, las pequeñas tortugas emergen de la arena y son preparadas para su liberación. El objetivo es que puedan alcanzar el océano reduciendo, en la medida de lo posible, los riesgos asociados a la actividad humana.
Pero llegar al mar no significa estar a salvo.
Durante el recorrido por la playa pueden encontrarse con depredadores, obstáculos, basura y otras amenazas. Una vez dentro del océano, enfrentan nuevos peligros, entre ellos la captura accidental en artes de pesca, la contaminación, los residuos plásticos y los cambios en los ecosistemas marinos.
Por eso, cada cría que llega al agua representa una oportunidad, pero no una garantía de supervivencia.
Comunidades que se convierten en guardianas de las playas
Uno de los aspectos más importantes de estos programas es que la conservación no depende únicamente de científicos o autoridades.
Los habitantes de las comunidades costeras tienen un papel fundamental porque conocen el territorio, participan en las actividades de vigilancia y pueden contribuir a mantener los esfuerzos durante largos periodos.
A ellos se suman estudiantes, investigadores y voluntarios nacionales e internacionales. El resultado es una red humana que permite mantener actividades de conservación durante las temporadas de anidación.
En este sentido, el voluntariado representa mucho más que ayudar a liberar tortugas. Significa caminar durante horas por la playa, recopilar información, vigilar los nidos, mantener los viveros y comprender que cada decisión puede influir en las posibilidades de supervivencia de una especie amenazada.
Un éxito que todavía necesita continuidad
Los resultados obtenidos en Costa Rica demuestran que los programas de conservación sostenidos pueden producir cambios importantes. La reducción del saqueo, la protección de millones de huevos y la liberación de cientos de miles de crías muestran el impacto que puede alcanzar un proyecto cuando combina ciencia, vigilancia, educación y participación comunitaria.
Pero el desafío continúa.
La pesca incidental, la contaminación, el cambio climático, la pérdida de hábitat y el comercio ilegal de huevos siguen representando amenazas para las tortugas marinas. Además, fenómenos como la erosión y los fuertes oleajes recuerdan que las playas donde estos animales se reproducen son ecosistemas dinámicos y vulnerables.
La historia de las tortugas de Costa Rica, por eso, no se limita a la imagen de miles de crías avanzando juntas hacia el océano. Detrás de ese momento existe una labor silenciosa que ocurre durante meses y, en algunos casos, durante décadas.
Cada huella que deja una tortuga en la arena puede convertirse en el inicio de una nueva generación. Y detrás de cada cría que finalmente alcanza el mar existe el trabajo de quienes decidieron proteger ese pequeño espacio de arena hasta que llegara el momento de partir.
La protección de tortugas en las costas de Costa Rica demuestra así que la conservación puede comenzar con acciones aparentemente sencillas —vigilar una playa, registrar un nido, trasladar unos huevos o cuidar un vivero—, pero adquirir una dimensión enorme cuando comunidades enteras mantienen el esfuerzo a lo largo del tiempo.
