La artista japonesa Yayoi Kusama, una de las figuras más reconocibles e influyentes del arte contemporáneo de las últimas décadas, falleció a los 97 años en Tokio. La noticia fue comunicada públicamente el 27 de agosto de 2026, aunque su muerte ocurrió el 14 de agosto en un hospital de la capital japonesa.

La información fue confirmada por el sitio oficial de la artista y posteriormente difundida por medios internacionales. De acuerdo con Reuters, el comunicado del Museo Yayoi Kusama señaló que la artista continuó pintando hasta sus últimos días. No se informó públicamente la causa de su muerte.

Con su fallecimiento desaparece una creadora que consiguió convertir elementos aparentemente sencillos —puntos, redes, espejos, calabazas y repeticiones— en un lenguaje artístico reconocible prácticamente en cualquier parte del mundo.

Su trayectoria abarcó más de siete décadas y atravesó disciplinas como la pintura, la escultura, la instalación, la performance, la literatura y la poesía. Su obra también estuvo profundamente vinculada con sus propias experiencias perceptivas y psicológicas, que transformó en una fuente permanente de creación.

La muerte de Yayoi Kusama fue anunciada días después de su fallecimiento

Yayoi Kusama murió el 14 de agosto de 2026, pero la noticia no fue difundida hasta el 27 de agosto.

El sitio oficial de la artista publicó ese día un anuncio titulado Announcement of the Passing of Yayoi Kusama, confirmando su fallecimiento. El comunicado destacó que Kusama había seguido trabajando hasta sus últimos días.

Reuters confirmó posteriormente que la artista murió en un hospital de Tokio y que no se dio a conocer la causa del fallecimiento.

La noticia generó una amplia reacción en el mundo cultural, especialmente porque Kusama seguía siendo una figura extraordinariamente vigente incluso en la última etapa de su vida.

De hecho, su calendario artístico continuaba activo en 2026. El sitio oficial registraba exposiciones recientes en instituciones internacionales y una nueva retrospectiva programada en el Stedelijk Museum de Ámsterdam entre septiembre de 2026 y enero de 2027.

¿Quién fue Yayoi Kusama?

Yayoi Kusama nació el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, en la prefectura de Nagano, Japón.

Desde una edad temprana comenzó a desarrollar una relación particular con el dibujo y la pintura. Las experiencias visuales que experimentaba durante su infancia tuvieron posteriormente una enorme influencia en su producción artística.

Los puntos, las redes y las formas repetitivas que terminarían convirtiéndose en su sello comenzaron a aparecer en sus trabajos desde muy joven.

La artista explicó en numerosas ocasiones que veía patrones, luces, puntos y otras formas que parecían extenderse por su entorno. En lugar de ocultar esas experiencias, decidió trasladarlas al papel, los lienzos y posteriormente a esculturas e instalaciones.

Reuters recordó que Kusama hablaba abiertamente de haber experimentado visiones y alucinaciones desde su infancia y que convirtió esas experiencias en parte fundamental de su lenguaje artístico.

Su arte, por tanto, no puede reducirse únicamente a una estética de colores intensos y lunares. Detrás de esa apariencia llamativa existía una exploración mucho más profunda de la percepción, la identidad, la repetición, el infinito y la desaparición de los límites entre el individuo y el espacio.

Nueva York fue decisiva para transformar su carrera

Uno de los capítulos más importantes de su trayectoria comenzó en 1957, cuando Kusama abandonó Japón y se trasladó a Estados Unidos.

Primero pasó por Seattle y posteriormente se estableció en Nueva York, donde entró en contacto con el ambiente artístico de la vanguardia estadounidense.

En esa ciudad comenzó a desarrollar algunas de las obras que posteriormente serían fundamentales para comprender su carrera.

Sus grandes pinturas de redes infinitas, conocidas como Infinity Nets, cubrían enormes superficies mediante patrones repetitivos. En ellas, el gesto individual parecía desaparecer dentro de una estructura que podía extenderse indefinidamente.

La propuesta resultaba especialmente novedosa en una época en la que el expresionismo abstracto dominaba buena parte de la escena artística estadounidense.

Kusama también comenzó a experimentar con esculturas blandas, instalaciones y performances, alejándose de la concepción tradicional de una obra como un objeto aislado.

Durante los años sesenta participó además en acciones y happenings vinculados con los movimientos de vanguardia y con las protestas contra la guerra de Vietnam.

Su presencia en Nueva York la llevó a relacionarse con importantes artistas de la época y a convertirse en una figura relevante de la escena contracultural.

Los lunares se convirtieron en su firma artística

Si existe un elemento inmediatamente asociado con Yayoi Kusama, son sus lunares.

Los puntos aparecen sobre prácticamente cualquier superficie imaginable dentro de su producción: pinturas, esculturas, habitaciones, objetos, paredes y grandes instalaciones.

Sin embargo, los lunares no eran simplemente una decisión decorativa.

La repetición permitía a Kusama explorar una de sus ideas centrales: la posibilidad de que el individuo se pierda dentro de una totalidad mucho más grande.

El punto podía ser entendido como una unidad diminuta dentro de un universo compuesto por millones de puntos.

Esta idea aparece relacionada con otro de los conceptos esenciales de su obra: la auto-obliteración, entendida como la disolución de los límites del individuo dentro del entorno.

En sus instalaciones, la repetición podía llegar a ser tan intensa que el visitante dejaba de percibir claramente dónde terminaba su propio cuerpo y dónde comenzaba el espacio artístico.

Las Infinity Mirror Rooms cambiaron la relación entre público y arte

Las famosas Infinity Mirror Rooms llevaron esa búsqueda todavía más lejos.

Kusama utilizó espejos, luces, objetos y repeticiones para crear habitaciones en las que el visitante podía experimentar una sensación de espacio aparentemente interminable.

Las paredes reflejadas multiplicaban las luces y las formas hasta crear la impresión de que la instalación se extendía mucho más allá de sus límites físicos.

Estas obras terminaron convirtiéndose en algunas de las experiencias más populares de su carrera.

La combinación entre arte, espacio inmersivo y fotografía también contribuyó a acercar su trabajo a nuevas generaciones de espectadores.

En lugar de limitarse a observar una pintura desde cierta distancia, el público podía entrar literalmente dentro de la obra.

Ese cambio resultó fundamental para comprender la enorme popularidad que Kusama alcanzaría durante el siglo XXI.

Las calabazas: otro símbolo inseparable de Kusama

Junto a los lunares y los espejos, las calabazas se convirtieron en otro de los grandes símbolos de su producción.

Kusama comenzó a representar calabazas desde una edad temprana y posteriormente las transformó en esculturas de gran formato.

Sus características formas amarillas con puntos negros terminaron instalándose en museos, galerías y espacios públicos de distintos países.

Una de las más famosas se encuentra asociada con la isla japonesa de Naoshima, donde las esculturas de Kusama se convirtieron en uno de los principales atractivos culturales del lugar.

La calabaza, para la artista, estaba relacionada con recuerdos personales, pero también con conceptos como la naturaleza, la vida y la permanencia.

Su transformación de un objeto cotidiano en una pieza monumental es otro ejemplo de la capacidad de Kusama para convertir experiencias sencillas en símbolos artísticos reconocibles mundialmente.

Narcissus Garden y una obra que desafió el mercado del arte

Uno de los episodios más recordados de su carrera ocurrió en 1966, cuando presentó Narcissus Garden en el contexto de la Bienal de Venecia.

La instalación estaba compuesta por cientos de esferas metálicas reflectantes que producían un efecto visual cambiante.

Kusama llegó a intentar vender las esferas a los visitantes por un precio de aproximadamente dos dólares cada una, acompañándolas con una propuesta provocadora relacionada con el narcisismo y el mercado artístico.

La obra anticipaba algunas de las preguntas que posteriormente ocuparían un lugar central en el arte contemporáneo: ¿qué convierte un objeto en una obra de arte?, ¿quién determina su valor?, ¿qué papel juega el mercado? y ¿hasta dónde puede llegar la participación del público?

Reuters señala que la instalación contaba con entre 1.000 y 1.500 esferas reflectantes.

Una vida marcada por dificultades personales y una enorme disciplina creativa

La historia de Kusama también estuvo marcada por dificultades personales.

La artista habló durante décadas sobre sus problemas de salud mental y sobre las experiencias perceptivas que la acompañaron durante buena parte de su vida.

Después de regresar a Japón en 1973, Kusama ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico en 1977, donde continuó viviendo mientras mantenía su actividad artística.

Su estudio se encontraba cerca de la institución y, según Reuters, continuaba desplazándose hasta allí para trabajar.

Es importante no reducir su trayectoria a sus problemas de salud mental. Su obra no fue simplemente el resultado de sus dificultades personales. Kusama construyó deliberadamente una carrera artística compleja, desarrolló una enorme producción y convirtió sus experiencias en un lenguaje creativo propio.

Durante sus últimos años mantuvo una disciplina de trabajo extraordinaria.

El comunicado publicado tras su muerte señaló precisamente que continuó pintando hasta sus últimos días.

De artista de vanguardia a fenómeno cultural global

La trayectoria de Kusama tuvo una transformación extraordinaria.

La artista que en sus primeros años tuvo dificultades para encontrar reconocimiento dentro del mundo artístico terminó convirtiéndose en una de las creadoras japonesas más famosas del planeta.

Sus exposiciones comenzaron a atraer multitudes en museos de Europa, Asia, América del Norte y América Latina.

Sus instalaciones inmersivas también encontraron un nuevo público gracias al crecimiento de las redes sociales, donde las imágenes de las Infinity Mirror Rooms se convirtieron en un fenómeno viral.

Pero su éxito no se limitó a las exposiciones.

Kusama colaboró con importantes marcas internacionales, publicó novelas y poemas y consiguió que su estética trascendiera el circuito tradicional de galerías y museos.

El resultado fue una presencia cultural que alcanzó ámbitos tan diferentes como la moda, el diseño, la arquitectura, la fotografía y la cultura popular.

Una de las artistas más exitosas del mercado contemporáneo

El reconocimiento de Kusama también se reflejó en el mercado del arte.

Reuters señala que muchas de sus obras llegaron a venderse por más de un millón de dólares.

Uno de sus récords corresponde a Untitled (Nets), una obra de 1959 que alcanzó 10,5 millones de dólares en una subasta realizada en 2022.

Este nivel de éxito comercial resulta especialmente significativo dentro de un mercado históricamente marcado por fuertes desigualdades de género.

Kusama consiguió mantenerse como una de las artistas femeninas más cotizadas y reconocidas internacionalmente.

Su prestigio institucional también fue considerable.

A lo largo de su carrera recibió importantes reconocimientos, entre ellos la Orden de la Cultura de Japón y la Ordre des Arts et des Lettres de Francia.

El reconocimiento llegó también a grandes museos

La importancia de Kusama quedó reflejada en la presencia de su trabajo en algunos de los principales museos y centros culturales del mundo.

Sus exposiciones pasaron por instituciones de enorme relevancia y su obra fue incorporada a importantes colecciones internacionales.

En 2023, por ejemplo, el Guggenheim Bilbao presentó una gran exposición dedicada a su trayectoria, mientras que otros museos internacionales habían organizado anteriormente retrospectivas y exposiciones de su trabajo.

El impacto de Kusama también alcanzó América Latina, donde su obra fue presentada en instituciones como el Museo Tamayo de México, el Instituto Tomie Ohtake de São Paulo y el MALBA de Buenos Aires.

Su influencia, por tanto, dejó de estar limitada a Japón, Estados Unidos o Europa para convertirse en un fenómeno verdaderamente global.

Kusama continuaba siendo relevante hasta 2026

Una de las características más llamativas de su trayectoria fue su capacidad para mantenerse vigente durante décadas.

En 2026, poco antes de su fallecimiento, seguían desarrollándose exposiciones relacionadas con su trabajo.

El sitio oficial de Kusama registraba una exposición en el Museum Ludwig de Colonia, realizada entre marzo y agosto de 2026, además de una exposición programada en el Stedelijk Museum de Ámsterdam desde septiembre de 2026 hasta enero de 2027.

La dimensión de estas exposiciones demuestra que su influencia no pertenecía únicamente al pasado.

Kusama continuaba siendo una referencia para comprender buena parte del arte contemporáneo y su capacidad para conectar con públicos de distintas generaciones.

Un legado que va más allá de los lunares

Reducir a Yayoi Kusama a la «artista de los lunares» sería insuficiente.

Los puntos fueron, sin duda, su imagen más reconocible, pero detrás de ellos existió una investigación artística que abarcó cuestiones como el infinito, la identidad, la percepción, la repetición, el espacio, la naturaleza, la muerte y la existencia.

Sus instalaciones obligaron a los espectadores a convertirse en parte de la obra.

Sus esculturas cuestionaron las fronteras entre arte y objeto cotidiano.

Sus performances desafiaron las convenciones sociales de los años sesenta.

Y sus pinturas de redes infinitas anticiparon una forma de repetición visual que terminaría convirtiéndose en una de las características más reconocibles del arte contemporáneo.

La artista que convirtió sus visiones en un lenguaje universal

Quizá uno de los aspectos más importantes del legado de Kusama sea precisamente su capacidad para transformar experiencias profundamente personales en algo que millones de personas pudieron interpretar.

Las visiones y patrones que experimentó desde niña terminaron convirtiéndose en redes, puntos, espejos y espacios infinitos.

Lo que comenzó como una experiencia individual terminó transformándose en un lenguaje visual universal.

Esa transformación explica buena parte de la permanencia de su obra.

Una persona que contempla una Infinity Mirror Room no necesita conocer toda la biografía de Kusama para experimentar el efecto de sus luces, espejos y repeticiones.

La obra funciona en el nivel intelectual, pero también en el sensorial.

El último capítulo de una carrera de más de siete décadas

La muerte de Yayoi Kusama marca el final de una de las carreras más extensas y singulares de la historia reciente del arte.

Nacida en Japón en 1929, atravesó los cambios culturales de la posguerra, la escena artística de Nueva York de los años cincuenta y sesenta, el auge de las instalaciones, la transformación del mercado del arte y, finalmente, la era digital.

Su producción sobrevivió a generaciones completas de artistas y movimientos.

Mientras muchas figuras de la vanguardia de mediados del siglo XX quedaron asociadas principalmente con un periodo histórico concreto, Kusama consiguió reinventar la forma en que su obra era presentada y experimentada.

Por eso su influencia no pertenece exclusivamente a una época.

Una despedida al infinito

Yayoi Kusama falleció en Tokio a los 97 años, pero su obra continúa ocupando espacios alrededor del mundo.

El dato más significativo de sus últimos días quizá sea también uno de los más representativos de su vida: continuó pintando hasta el final.

Durante décadas, Kusama convirtió la repetición en una forma de explorar el infinito. Sus puntos se multiplicaron sobre lienzos, esculturas, habitaciones y edificios hasta hacer desaparecer las fronteras entre una obra y su entorno.

Ahora, tras su muerte, esos puntos permanecen.

Las calabazas continúan en espacios públicos. Las habitaciones de espejos siguen recibiendo visitantes. Sus redes infinitas permanecen en museos y colecciones. Y su particular visión del mundo continúa inspirando a artistas y espectadores.

La muerte de Yayoi Kusama representa, así, una pérdida enorme para el arte contemporáneo, pero también permite dimensionar la magnitud de una trayectoria que consiguió algo poco común: convertir una experiencia artística profundamente personal en un lenguaje capaz de hablarle al mundo entero.

Su último punto ya está escrito, pero el universo de Kusama, fiel a su propia lógica, continúa pareciendo infinito.