La tarde se quebró en Tuluá con el estruendo de las balas. El barrio Alvernia, acostumbrado al trajín de motos y voces que se cruzan en las esquinas, quedó suspendido en un silencio espeso, como si el aire mismo se negara a respirar. Robinson Rojas Rojas, 38 años, avanzaba sobre su máquina de alto cilindraje, placa AFQ 64I, cuando la sombra de un sicario lo interceptó. El rugido del motor se mezcló con el eco metálico de los disparos.
El humo del ataque se esparció rápido, invisible pero palpable. Vecinos que apenas alcanzaron a asomarse vieron cómo la vida se le escapaba entre la sangre y el asfalto. Robinson fue llevado a un centro asistencial, pero la urgencia médica no pudo contra la gravedad de las heridas. Minutos después, la noticia se propagaba: otro hombre asesinado en la ciudad corazón.
La Policía asegura que una patrulla motorizada cercana reaccionó de inmediato. Hubo persecución, tensión, y finalmente la captura de dos presuntos responsables. Los uniformados levantaron casquillos, tomaron fotografías, hicieron preguntas. Pero el barrio ya había quedado marcado. La calle 25 con carrera 33A se convirtió en escenario de un crimen que se suma a la lista creciente de hechos violentos que golpean a Tuluá.
No es un caso aislado. En los últimos días, la violencia ha recorrido tanto la zona rural como la urbana: homicidios, atracos a estaciones de servicio, asaltos en restaurantes. La inseguridad se ha vuelto rutina, un humo que se infiltra en cada esquina, que se posa sobre cada conversación. Los ciudadanos lo sienten, lo respiran, lo padecen. La confianza en las autoridades se diluye con cada nuevo disparo.
El nombre de Robinson Rojas se suma a una estadística que crece sin pausa. Pero detrás de la cifra está la imagen de un hombre que cayó en plena vía pública, a plena luz del día, frente a testigos involuntarios que ahora cargan con la memoria del miedo. El humo de la violencia no solo cubre la escena del crimen: se extiende sobre la ciudad entera, sobre la villa de Céspedes que parece acostumbrarse a vivir bajo amenaza.
Y los días no han sido distintos, la violencia volvió a imponerse, a recordarle a Tuluá que la vida puede extinguirse en segundos, que la inseguridad no da tregua. El humo del barrio Alvernia es el mismo que se levanta en cada homicidio, en cada atraco, en cada asalto. Es un humo que no se disipa, que se queda suspendido, que obliga a la ciudad a caminar con la certeza de que la violencia sigue ahí, latente, esperando su próxima víctima.
