Un estudio reciente de la Universidad Nacional de Colombia advierte sobre el crecimiento preocupante del consumo de la sustancia conocida como Tusi —también llamada “cocaína rosada”— entre los jóvenes de Bogotá.
El Tusi no es una droga con una composición fija, sino una mezcla de varias sustancias psicoactivas como ketamina, MDMA, cafeína y benzodiacepinas, lo que la convierte en un producto altamente variable y peligroso. Según el estudio, el 67 % de los consumidores entrevistados presentan una adicción severa, a pesar de que el 40 % reconocen los riesgos asociados.
Aumentó el consumo de Tusi
Los datos señalan que entre 2023 y 2024 el consumo de Tusi aumentó cerca del 50 % en Bogotá. Además, el bajo precio de esta sustancia y su fácil acceso han favorecido que su consumo se extienda hacia jóvenes de 18 o 19 años, mientras que hace unos años era más común entre personas de 25 a 30 años.
Entre los efectos más graves identificados por los expertos figura daño irreversible en el sistema urinario —por la presencia de ketamina—, cuadros de intoxicación severa por la combinación de estimulantes y depresores, y efectos psiquiátricos como alucinaciones, psicosis y pérdida de control corporal.
Asimismo, se reveló que no existe un patrón químico estándar para el Tusi. En las muestras analizadas se identificaron hasta 30 componentes distintos, lo que impide prever con certeza sus efectos o dosificación segura. El estudio subraya que el origen de la sustancia y sus variaciones impiden su detección rápida en los servicios de urgencias.
Las autoridades y organizaciones de salud pública expresan preocupación por el vacío institucional en materia de prevención e investigación: no hay datos oficiales suficientes sobre cuántas personas consumen Tusi, a qué edad lo inician o en qué contextos lo hacen.
En respuesta, se plantean urgentes medidas de reducción de riesgos, campañas educativas dirigidas especialmente a jóvenes, fortalecimiento de los sistemas de alerta temprana y políticas públicas que aborden el fenómeno desde su raíz.
Este análisis refuerza la necesidad de que instituciones educativas, padres de familia y entidades de salud actúen de manera coordinada para detener la expansión de esta sustancia y proteger la salud de las nuevas generaciones en Bogotá.
