El terremoto ocurrido recientemente en Colombia vuelve a poner sobre la mesa la importancia de fortalecer una verdadera cultura de prevención. En Bucaramanga y su área metropolitana, ubicadas en una zona de alta actividad sísmica, los expertos advierten que no se trata de generar miedo, sino de reconocer los riesgos y estar preparados para responder ante una eventual emergencia.
Uno de los principales factores de vulnerabilidad son las construcciones antiguas, especialmente aquellas levantadas antes de 1984, cuando comenzó a aplicarse la normativa sismorresistente en Colombia. Estas edificaciones requieren evaluaciones que permitan determinar su resistencia y establecer cuáles necesitan reforzamiento estructural.
También preocupan las zonas de ladera y los asentamientos ubicados en terrenos inestables. La combinación de pendientes pronunciadas, ocupación informal y ausencia de estudios geotécnicos puede aumentar el riesgo de deslizamientos durante un sismo. Por esta razón, resulta necesario retomar programas de reubicación y desarrollar medidas que protejan a las familias que viven en sectores de alta vulnerabilidad.
El editorial señala además la necesidad de actualizar la microzonificación sísmica del departamento. Esta herramienta permitiría conocer mejor el comportamiento de los diferentes tipos de suelo y orientar decisiones sobre construcción, reforzamiento y planificación territorial.
Bucaramanga cuenta con instrumentos como una red de acelerógrafos y normas de construcción sismorresistente, pero estas herramientas deben convertirse en acciones concretas. La prevención requiere coordinación entre las autoridades, los expertos y la ciudadanía.
Prepararse para un terremoto no significa vivir con miedo. Significa conocer el territorio, identificar los riesgos y tomar decisiones responsables antes de que ocurra una emergencia. La historia de Santander demuestra que los grandes desastres pueden ocurrir, y la mejor manera de reducir sus consecuencias es actuar desde ahora.
