Exploraciones científicas realizadas en las aguas profundas cercanas a Puerto Rico y en el entorno de la fosa más profunda del Atlántico han documentado invertebrados, corales, esponjas y otros organismos capaces de sobrevivir en algunos de los ambientes más extremos y menos explorados del planeta.
Las profundidades del océano continúan siendo uno de los territorios más desconocidos de la Tierra. Bajo la superficie del Caribe y el Atlántico, en las aguas que rodean a Puerto Rico y en el entorno de la fosa de Puerto Rico, varias expediciones científicas han permitido observar y fotografiar organismos que viven en condiciones de oscuridad permanente, bajas temperaturas y presiones capaces de destruir a la mayoría de los seres vivos conocidos.
Los hallazgos no corresponden a un único descubrimiento reciente ni a una sola expedición. Son el resultado de años de exploración científica, especialmente de misiones desarrolladas por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), el Smithsonian y otras instituciones. Estas investigaciones han documentado comunidades de esponjas, corales, anémonas, gusanos poliquetos, tunicados y otros invertebrados, además de organismos que podrían representar especies nuevas para la ciencia.
El descubrimiento de especies marinas en esta región también ha permitido confirmar algo que durante décadas ha intrigado a los oceanógrafos: incluso en los ambientes más profundos y aparentemente inhóspitos, la vida puede desarrollar estrategias extraordinarias para sobrevivir.
Una región marcada por la profundidad extrema
La fosa de Puerto Rico se encuentra al norte de la isla y forma parte de una compleja zona tectónica situada entre la placa del Caribe y la placa de América del Norte. Con profundidades que superan los 8.400 metros en algunos sectores, es reconocida como la zona más profunda del océano Atlántico.
Sin embargo, es importante diferenciar la propia zona hadal de la fosa —las partes de profundidad extrema— de las aguas profundas y los ecosistemas submarinos situados en sus alrededores. Muchas de las expediciones más recientes de Puerto Rico han explorado cañones, montañas submarinas, dorsales, bancos y fondos oceánicos a cientos o miles de metros de profundidad, mientras que otras misiones sí han llegado a sectores mucho más profundos próximos a la fosa.
Esta diversidad geológica convierte a la región en un auténtico laboratorio natural. El relieve submarino crea paredes rocosas, grietas, extensiones sedimentarias, montañas submarinas y cañones que sirven como refugio, superficie de fijación o zona de alimentación para diferentes organismos.
Según investigadores vinculados al Smithsonian y a la NOAA, esta combinación de estructuras geológicas y condiciones oceanográficas ayuda a explicar la notable diversidad biológica encontrada en las aguas profundas de Puerto Rico.
La expedición que iluminó la biodiversidad de las aguas profundas
Uno de los trabajos más importantes fue la expedición Illuminating Biodiversity in Deep Waters of Puerto Rico 2022, desarrollada entre el 6 y el 19 de abril de 2022.
La misión utilizó el buque de investigación Nancy Foster y el vehículo operado remotamente Global Explorer para explorar hábitats profundos frente a Puerto Rico. El equipo realizó siete inmersiones y obtuvo muestras biológicas a profundidades de entre 210 y 1.246 metros.
Las cámaras, los instrumentos de muestreo y las tecnologías de análisis permitieron documentar una amplia variedad de organismos. Entre las muestras recolectadas se encontraron ejemplares que podrían corresponder a nuevas especies de corales negros, esponjas y tunicados coloniales, aunque la confirmación definitiva de una nueva especie requiere estudios taxonómicos y genéticos posteriores.
El valor de este trabajo no estuvo únicamente en la posibilidad de descubrir organismos desconocidos. También permitió recuperar información sobre especies y grupos que habían sido escasamente documentados en la región durante décadas.
Uno de los casos más llamativos fue el de un briozoo identificado como Cornucpina cf. antillea, que no había vuelto a ser recolectado desde su descubrimiento original durante la expedición Johnson-Smithsonian de 1933 en la región de la fosa de Puerto Rico.
Invertebrados que desafían las condiciones extremas
Los organismos de las profundidades marinas viven bajo condiciones radicalmente diferentes a las de la superficie.
A medida que aumenta la profundidad, la presión se incrementa de manera considerable. Además, la luz solar desaparece por completo en las zonas más profundas, las temperaturas suelen ser bajas y el alimento puede ser escaso o llegar de manera irregular.
A pesar de ello, las expediciones realizadas alrededor de Puerto Rico han documentado una notable diversidad de invertebrados.
Entre ellos se encuentran esponjas de aguas profundas, corales, anémonas, tunicados, gusanos poliquetos y otros organismos adaptados a vivir sobre fondos rocosos o sedimentarios.
Una de las imágenes más representativas de estos ecosistemas corresponde a una esponja de cristal del género Hyalonema, observada a unos 1.700 metros de profundidad en aguas del norte de Puerto Rico. Estos organismos pueden servir incluso como soporte o hábitat para otras especies, formando pequeñas comunidades en un ambiente donde cualquier estructura disponible puede resultar fundamental para la supervivencia.
La NOAA también documentó un gusano polinoide sobre sedimentos blandos durante una inmersión de la expedición Océano Profundo 2018, realizada en el entorno de Puerto Rico y las Islas Vírgenes de Estados Unidos. La exploración alcanzó zonas cercanas a los 5.000 metros de profundidad y permitió observar que, incluso a esas profundidades, el fondo oceánico estaba lejos de ser un lugar sin vida: se registraron esponjas, corales, anémonas y peces.
Una relación simbiótica nunca documentada de esa manera
Entre las observaciones científicas realizadas durante la expedición de 2022 destacó también una asociación simbiótica entre un gusano poliqueto de la familia Polynoidae y un caracol de la familia Xenophoridae.
Este tipo de interacción resulta especialmente importante para los científicos porque ayuda a comprender cómo diferentes organismos dependen unos de otros en ecosistemas profundos, donde las condiciones ambientales pueden limitar las oportunidades de alimentación, refugio y reproducción.
Los investigadores también observaron un tunicado depredador perteneciente a una familia que no había sido documentada previamente en el mar Caribe.
Estos registros demuestran que la exploración oceánica no consiste únicamente en encontrar animales completamente desconocidos. Documentar por primera vez una especie en una región determinada, descubrir una nueva relación ecológica o volver a encontrar un organismo que no había sido observado durante décadas puede aportar información fundamental sobre la distribución y evolución de la vida marina.
Expediciones que se remontan a décadas de investigación
El interés científico por la fosa de Puerto Rico no es reciente.
En 1933, la expedición Johnson-Smithsonian realizó investigaciones en la región y recolectó numerosos organismos, algunos de ellos desconocidos para la ciencia en ese momento. Aquella misión también realizó estudios físicos, químicos y biológicos, además de mediciones para conocer mejor la profundidad de la zona.
Décadas más tarde, la tecnología permitió regresar a estas regiones con instrumentos mucho más avanzados.
En 2015, una expedición del buque Okeanos Explorer exploró montañas submarinas, fosas y depresiones de Puerto Rico. Algunas de las inmersiones alcanzaron profundidades cercanas a los 6.000 metros. Los científicos documentaron comunidades de corales de aguas profundas, especies raramente observadas y organismos que podrían representar nuevas especies.
Entre los registros destacados se incluyeron más de 50 especies asociadas a comunidades de corales profundos, la observación de un posible nuevo ctenóforo bentopelágico a unos 3.900 metros y registros de especies que no habían sido documentadas desde hacía más de un siglo.
En 2018, una nueva misión de NOAA realizó 19 inmersiones con vehículos operados remotamente a profundidades de entre 250 y 5.000 metros. Durante esa expedición se observaron cientos de especies y se recolectaron 81 muestras biológicas, 19 de las cuales representaban posibles especies nuevas o ampliaciones conocidas de su distribución geográfica.
¿Cómo se explora un mundo donde ningún ser humano puede descender?
La exploración de estas regiones depende de tecnología capaz de resistir condiciones extremas.
Los vehículos operados remotamente, conocidos como ROV, permiten a los científicos descender hasta grandes profundidades sin exponer directamente a una tripulación humana. Equipados con cámaras de alta resolución, brazos robóticos, sensores y sistemas de iluminación, estos vehículos pueden fotografiar organismos, recolectar muestras y registrar las condiciones ambientales del lugar.
Durante la expedición de 2022 en Puerto Rico, el ROV Global Explorer fue utilizado junto con cámaras de baja luminosidad, sistemas de recolección de agua y otras herramientas.
Una de las tecnologías empleadas permitió analizar posteriormente el ADN ambiental, conocido como eDNA. Este método busca rastros genéticos liberados por los organismos en el agua, lo que puede ayudar a detectar especies incluso cuando no son observadas directamente por las cámaras.
El uso de cámaras de baja luminosidad también busca reducir la perturbación causada por las luces convencionales de los vehículos submarinos, algo especialmente relevante para estudiar organismos que pueden ser sensibles a la iluminación artificial.
El mapa del fondo marino todavía está incompleto
La exploración biológica está estrechamente relacionada con el conocimiento del propio fondo oceánico.
En 2022, otra expedición de NOAA cartografió más de 26.000 kilómetros cuadrados del fondo marino en aguas de Puerto Rico. La misión utilizó sistemas de sonar multihaz para cubrir zonas que todavía presentaban importantes vacíos cartográficos.
Durante el recorrido, el Okeanos Explorer también atravesó la fosa de Puerto Rico y puso a prueba la capacidad de su sistema de sonar en aguas de más de 8.000 metros de profundidad.
Estos mapas son esenciales para futuras expediciones. Conocer la ubicación de cañones, montañas submarinas, paredes rocosas y otros accidentes geográficos permite identificar áreas donde podrían existir comunidades biológicas todavía desconocidas.
En otras palabras, antes de descubrir parte de la biodiversidad del océano, los científicos todavía tienen que descubrir con precisión cómo es el territorio donde esa biodiversidad habita.
Un potencial que va más allá del descubrimiento
Las especies de aguas profundas no solo despiertan interés por su aspecto o por su capacidad para sobrevivir en ambientes extremos.
Algunos organismos marinos producen compuestos químicos que podrían tener aplicaciones científicas, industriales o farmacéuticas. Por esta razón, una expedición realizada en 2024 alrededor de Puerto Rico y las Islas Vírgenes exploró hábitats profundos con el objetivo de recolectar esponjas, corales y microorganismos que pudieran contener productos naturales de interés para el desarrollo de futuros medicamentos.
Durante esa misión se realizaron 16 inmersiones con un ROV y se recolectaron 136 muestras, entre ellas 112 esponjas, 17 octocorales, corales pétreos, corales negros y un gusano. Al menos una de las esponjas podría representar una especie nueva, aunque los investigadores aclararon que se requiere secuenciación genética para confirmarlo.
Esto demuestra que la biodiversidad profunda puede tener un valor científico que todavía no comprendemos por completo.
La vida también revela las amenazas humanas
Las expediciones no solo han encontrado organismos extraordinarios.
Los científicos de la misión de 2022 reportaron evidencias de actividad pesquera en todos los sitios visitados, incluyendo restos de líneas y otros elementos asociados a la pesca.
Este hallazgo es significativo porque los ecosistemas profundos suelen ser especialmente vulnerables. Muchos organismos, como algunos corales y esponjas, pueden crecer lentamente y tardar décadas o incluso más tiempo en desarrollar estructuras complejas.
Una alteración física del hábitat puede, por lo tanto, tener consecuencias que persistan durante largos periodos.
La recopilación de información básica sobre estos ecosistemas permite establecer una referencia científica para detectar cambios futuros y comprender mejor cómo las actividades humanas pueden afectar a organismos que, hasta hace poco, ni siquiera habían sido observados directamente.
Un océano que todavía guarda innumerables secretos
El descubrimiento de especies marinas en las aguas profundas de Puerto Rico y en el entorno de su gran fosa confirma que el océano continúa siendo una de las mayores fronteras de exploración del planeta.
Las expediciones realizadas durante las últimas décadas han revelado organismos raramente observados, posibles especies nuevas, relaciones simbióticas inéditas en la región y comunidades capaces de prosperar en condiciones de oscuridad y presión extremas.
Sin embargo, cada nueva inmersión también deja nuevas preguntas.
¿Cuántas especies permanecen todavía sin descubrir? ¿Cómo evolucionaron para soportar las condiciones extremas del océano profundo? ¿Qué papel cumplen dentro de los ecosistemas marinos? ¿Y qué consecuencias tendría la alteración de estos hábitats antes de que la ciencia llegue siquiera a conocerlos?
La respuesta todavía se encuentra, literalmente, en las profundidades.
Las imágenes obtenidas por vehículos submarinos y las muestras recolectadas por los científicos están permitiendo iluminar un mundo que durante siglos permaneció prácticamente inaccesible. Lo que se conoce hasta ahora es solo una parte de una biodiversidad mucho mayor.
En las aguas oscuras que rodean a Puerto Rico, y en las profundidades asociadas a la fosa más profunda del Atlántico, la exploración continúa demostrando que la vida puede encontrar formas de existir incluso en lugares donde, a primera vista, parecería imposible.
