Doña Carmen tiene 63 años y una costumbre que no negocia: preparar buñuelos para toda la familia el 24 de diciembre. Esa noche, mientras el aceite calentaba, afuera estallaban los voladores como si la calle celebrara sola.
Uno entró por la ventana.

No fue una gran explosión, fue un descuido mínimo. El volador cayó directo en la cocina y el aceite respondió con fuego. Doña Carmen intentó apagarlo con agua, como lo hizo toda la vida, sin saber que ese error podía costarle caro.
Las llamas subieron rápido. Quemaduras en el brazo y el antebrazo. Vecinos corriendo, gritos, sirenas. La cena quedó a medio hacer y la Navidad se sirvió fría en una sala de hospital.
“Yo no estaba quemando pólvora”, repite Doña Carmen. Y tiene razón. La pólvora la buscó a ella. Porque en Pasto, cuando alguien prende fuego, no siempre controla dónde cae.
Hoy, su brazo cicatriza lento. Los buñuelos volverán, dice, pero las ventanas cerradas. Aprendió a la fuerza que la pólvora no distingue edades, ni casas, ni buenas intenciones.
