La posibilidad de utilizar microorganismos para enfrentar uno de los mayores problemas ambientales del planeta vuelve a ganar atención. Diversas investigaciones científicas han demostrado que algunos hongos, incluidos organismos procedentes de ambientes marinos, pueden colonizar y transformar determinados tipos de plástico mediante procesos bioquímicos y enzimas especializadas.

Sin embargo, una revisión de la evidencia científica disponible obliga a hacer una precisión importante: no hay respaldo suficiente para afirmar que investigadores en Alemania hayan aislado recientemente un compuesto específico de hongos capaz de degradar plásticos sintéticos en agua marina por completo “en cuestión de semanas”. Lo que sí existe es una línea de investigación sólida y en rápido desarrollo sobre hongos y enzimas capaces de atacar ciertos polímeros, especialmente el poliuretano, el poliestireno y, bajo determinadas condiciones, el polietileno.

El hallazgo, por tanto, es real en su fundamento científico, aunque la afirmación original necesita contexto para no presentar como una solución inmediata un proceso que todavía enfrenta importantes desafíos.

El origen de la investigación: microorganismos frente a un material diseñado para durar

El plástico fue desarrollado, precisamente, para resistir. Su durabilidad, que durante décadas representó una ventaja para la industria, se ha convertido también en uno de sus mayores problemas ambientales.

Una vez liberados al entorno, muchos plásticos no desaparecen rápidamente. La radiación solar, las olas, la fricción y otros factores pueden fragmentarlos progresivamente hasta convertirlos en partículas cada vez más pequeñas, incluidos los microplásticos. Pero fragmentarse no significa necesariamente biodegradarse.

Por esta razón, científicos de distintas partes del mundo han comenzado a estudiar microorganismos capaces de utilizar componentes de los polímeros como fuente de carbono o de modificar químicamente su estructura.

Entre ellos se encuentran bacterias, levaduras y hongos.

Una investigación publicada en Mycologia examinó 68 cepas de hongos procedentes de hábitats marinos y encontró que 42 de ellas mostraron capacidad para degradar poliuretano en las condiciones experimentales del estudio. Además, algunos de los hongos sometidos a un proceso de acondicionamiento mostraron posteriormente una mayor velocidad de degradación que sus versiones no acondicionadas.

El resultado no significa que estos organismos puedan limpiar un océano entero. Pero sí confirma que el ambiente marino contiene una diversidad de microorganismos con capacidades bioquímicas que podrían ser aprovechadas en futuras tecnologías de biorremediación.

¿Qué encontraron los científicos en Alemania?

Uno de los trabajos que dio visibilidad a esta línea de investigación fue realizado por científicos vinculados al Instituto Leibniz de Ecología de Agua Dulce y Pesca Interior, en Alemania.

Las investigaciones sobre microhongos demostraron que determinadas cepas podían crecer utilizando algunos polímeros sintéticos como fuente de carbono. Los resultados fueron particularmente prometedores en materiales como el poliuretano, aunque mucho más limitados frente a otros plásticos, entre ellos ciertos tipos de polietileno y partículas derivadas del desgaste de neumáticos.

La diferencia es fundamental.

No todos los plásticos tienen la misma estructura química ni ofrecen la misma resistencia a los microorganismos. Mientras algunos polímeros contienen enlaces que determinadas enzimas pueden atacar con relativa facilidad, otros poseen cadenas moleculares extremadamente estables y difíciles de romper.

Los propios investigadores han advertido que estos organismos no representan una solución única para la contaminación por plástico y que su mayor potencial podría encontrarse, inicialmente, en sistemas controlados, como instalaciones de tratamiento de residuos o aguas residuales.

Las enzimas: las verdaderas herramientas químicas de los hongos

Cuando se habla de “hongos que comen plástico”, la expresión resulta llamativa, pero simplifica un proceso mucho más complejo.

Los hongos no mastican plástico. Lo que ocurre es que pueden producir moléculas capaces de interactuar con la estructura química de determinados polímeros.

Entre las enzimas investigadas en estos procesos se encuentran las esterasas, lipasas, cutinasas, lacasas y peroxidasas. Estas sustancias pueden contribuir a romper o modificar enlaces químicos dentro del material plástico, produciendo moléculas más pequeñas.

Una investigación publicada en 2025 sobre el hongo Lasiodiplodia iranensis analizó precisamente los mecanismos metabólicos asociados a la degradación de poliuretano y polietileno. Los resultados mostraron una diferencia considerable entre ambos materiales: el hongo produjo una degradación mucho más importante del poliuretano que del polietileno.

En las condiciones experimentales del estudio, el poliuretano registró una pérdida de masa del 11,05 % en 60 días, mientras que el efecto sobre el polietileno comercial fue de apenas 0,53 % durante el mismo periodo. Los investigadores identificaron además respuestas metabólicas y enzimas potencialmente relacionadas con estos procesos.

Esto demuestra por qué es necesario evitar titulares que den a entender que todos los plásticos pueden desaparecer en pocos días gracias a un único microorganismo.

El reto del polietileno, uno de los plásticos más resistentes

El polietileno es uno de los materiales plásticos más utilizados del mundo. Se encuentra en bolsas, envases, películas y numerosos productos cotidianos.

También es uno de los polímeros que presenta mayores dificultades para la biodegradación.

Aun así, diferentes investigaciones han encontrado microorganismos capaces de modificarlo.

Un estudio sobre el hongo marino Alternaria alternata FB1 mostró que este organismo podía colonizar películas de polietileno y producir cambios físicos y químicos en el material. Después de 28 días se observaron modificaciones en la estructura del polímero, mientras que los experimentos de mayor duración mostraron una reducción significativa del peso molecular del plástico y permitieron identificar enzimas potencialmente involucradas en el proceso.

Otro trabajo utilizó trazadores isotópicos para demostrar que una levadura marina, Rhodotorula mucilaginosa, podía incorporar carbono procedente del polietileno previamente tratado mediante radiación ultravioleta. Los investigadores detectaron la transformación de parte de ese carbono y su incorporación a la biomasa del microorganismo.

No obstante, las tasas medidas demuestran que el proceso sigue siendo lento cuando se compara con la magnitud de la contaminación mundial.

¿Puede un hongo eliminar plástico en agua marina en pocas semanas?

La respuesta depende de qué se entienda por “eliminar”.

En algunos experimentos, los investigadores han observado reducciones rápidas en la cantidad de partículas presentes en el agua. Un estudio publicado en 2025 sobre Alternaria alternata, un hongo del Mediterráneo, registró una reducción del 96 % en la concentración de partículas de microplástico de poliestireno durante 24 horas en un sistema experimental.

Sin embargo, esa reducción no significa que el 96 % del plástico haya sido convertido inmediatamente en sustancias inocuas. Parte del fenómeno observado estuvo relacionado con la captura y el atrapamiento de las partículas dentro de la biomasa fúngica, mientras que otros análisis encontraron evidencias de interacción y transformación química.

Esta distinción es esencial.

Retirar partículas del agua, fragmentar un plástico, modificar su estructura química y mineralizarlo completamente son procesos diferentes.

La mineralización es el proceso más profundo: implica transformar el carbono contenido en el polímero en moléculas simples, como dióxido de carbono, y eventualmente incorporarlo a la biomasa de un organismo.

Por eso, una noticia científicamente rigurosa debe evitar presentar cualquier disminución rápida de partículas como si equivaliera automáticamente a la desaparición completa del plástico.

Los hongos marinos y la llamada “plastisfera”

Los residuos plásticos que llegan al océano no permanecen necesariamente estériles. Con el tiempo, sus superficies pueden ser colonizadas por comunidades de microorganismos.

Este ecosistema microscópico asociado a los plásticos recibe el nombre de plastisfera.

Bacterias, hongos y otros organismos pueden adherirse a estos materiales y formar comunidades complejas. Los científicos están investigando si algunas de estas especies no solo utilizan el plástico como superficie para crecer, sino que también pueden participar activamente en su transformación.

Una investigación reciente logró reunir una amplia colección de microorganismos marinos capaces de interactuar con diferentes polímeros. El estudio incluyó más de 1.300 cepas bacterianas y más de 200 cepas fúngicas aisladas y evaluadas frente a distintos tipos de plástico, lo que demuestra la creciente escala de la búsqueda de microorganismos con potencial para la biodegradación.

Otros estudios también han identificado numerosos hongos asociados a residuos plásticos recogidos en ambientes costeros y marinos, aunque la presencia de un microorganismo sobre un plástico no significa automáticamente que pueda degradarlo de forma eficiente.

Una solución prometedora, pero todavía lejos de limpiar los océanos

La idea de liberar hongos en el mar para que destruyan toneladas de plástico pertenece, por ahora, más al terreno de la especulación que al de una tecnología disponible.

Existen varios obstáculos.

El primero es la velocidad. Muchos procesos de biodegradación requieren semanas, meses o incluso periodos mucho más largos.

El segundo es la especificidad. Un microorganismo que funciona frente a poliuretano puede ser prácticamente ineficaz contra el polietileno o el polipropileno.

El tercero es la escala. Los océanos contienen enormes cantidades de residuos distribuidos en espacios inmensos, con condiciones ambientales variables.

Y existe un cuarto desafío: garantizar que los productos resultantes de la degradación sean seguros. Transformar un polímero en moléculas más pequeñas no siempre significa eliminar el riesgo ambiental. Es necesario identificar los productos intermedios y comprobar que el proceso no genere nuevas sustancias contaminantes.

Por eso, algunos de los escenarios más realistas para estas tecnologías se encuentran en ambientes controlados: plantas de tratamiento, biorreactores, instalaciones industriales o sistemas diseñados específicamente para procesar determinados residuos.

El futuro podría estar en las enzimas, no necesariamente en el hongo completo

Uno de los campos más interesantes consiste en identificar las enzimas responsables de atacar los polímeros y utilizarlas posteriormente de forma controlada.

En lugar de introducir un organismo completo en un ecosistema, los científicos podrían aislar, producir y optimizar determinadas enzimas para aplicarlas sobre tipos específicos de residuos.

Este enfoque permitiría controlar mejor las condiciones de temperatura, pH, concentración y tiempo de exposición.

Además, la biotecnología podría ayudar a mejorar enzimas naturales mediante procesos de selección, ingeniería de proteínas o combinación de diferentes mecanismos de degradación.

El objetivo final sería desarrollar sistemas capaces de transformar residuos plásticos en compuestos que puedan reutilizarse o procesarse de forma más segura.

Un hallazgo que abre una puerta, pero no una solución milagrosa

La investigación sobre hongos que degradan plásticos representa una de las áreas más interesantes de la biotecnología ambiental.

La evidencia científica demuestra que determinados hongos y microorganismos marinos pueden colonizar polímeros, alterar su estructura, utilizar parte de su carbono y, en algunos casos, acelerar procesos de degradación bajo condiciones específicas. También existen resultados que muestran una rápida retirada de determinadas partículas de microplástico del agua en sistemas de laboratorio.

Pero el contexto es fundamental: no existe, hasta la evidencia revisada, una tecnología alemana demostrada que haya encontrado un compuesto único capaz de hacer desaparecer todo tipo de plástico sintético del agua marina en apenas unas semanas.

Lo que existe es algo posiblemente más interesante desde el punto de vista científico: una carrera internacional para comprender cómo los microorganismos y sus enzimas interactúan con materiales que la humanidad diseñó para resistir durante décadas o siglos.

Si estas investigaciones consiguen traducirse en tecnologías escalables, seguras y económicamente viables, los hongos y sus herramientas bioquímicas podrían convertirse en aliados importantes para el tratamiento de residuos.

Pero incluso en el escenario más optimista, la ciencia es clara en un punto: la biodegradación no sustituye la necesidad de reducir la producción innecesaria de plástico, mejorar la reutilización y aumentar la recuperación efectiva de los residuos antes de que lleguen a los ecosistemas.

La verdadera importancia de estos hallazgos no está en prometer que los océanos podrán limpiarse mágicamente en unas semanas, sino en demostrar que la naturaleza todavía guarda mecanismos químicos capaces de inspirar nuevas soluciones frente a uno de los mayores desafíos ambientales de nuestro tiempo.