El GPS siguió registrando el vuelo cuando Ewa Wiśnierska ya no podía hacerlo. Ascendió hasta los 9.946 metros, más de un kilómetro por encima de la cima del Everest, mientras ella permanecía inconsciente bajo una capa de hielo.Ocurrió el 14 de febrero de 2007 cerca de Manilla, una pequeña localidad de Nueva Gales del Sur, Australia. Wiśnierska, nacida en Polonia y representante de Alemania, se preparaba para el Campeonato Mundial de Parapente que comenzaría pocos días después.Tenía 35 años y acumulaba una década de experiencia.La jornada incluía la posibilidad de tormentas durante la tarde. Desde el aire, los pilotos podían ver cómo dos grandes formaciones crecían a la distancia. Ewa creyó que avanzaba lo bastante rápido para alejarse de ellas, pero las nubes comenzaron a unirse y la situación cambió en cuestión de minutos.Primero sintió una corriente ascendente mucho más potente que las térmicas utilizadas habitualmente por los parapentistas.En condiciones normales, una corriente puede elevarlos unos pocos metros por segundo. El instrumento de Ewa llegó a registrar un ascenso cercano a los veinte metros por segundo, aproximadamente 72 kilómetros por hora en dirección vertical.Intentó escapar mediante descensos en espiral. Después aplicó otras maniobras para perder altura. Ninguna funcionó.La corriente era más fuerte que su capacidad para gobernar el ala.Cuando alcanzó los 4.000 metros, consiguió comunicarse por radio con el jefe del equipo alemán. Informó que llovía, comenzaba a caer granizo y continuaba ascendiendo sin poder detenerse.Luego entró en la nube.La visibilidad desapareció. El día se convirtió en oscuridad, los instrumentos comenzaron a congelarse y los relámpagos iluminaban el interior del cumulonimbo. El aire turbulento deformaba el parapente mientras el granizo golpeaba su cuerpo.A unos 6.900 metros, la disminución de la presión de oxígeno empezó a vencerla. Sintió un cansancio irresistible y perdió el conocimiento.Su cuerpo continuó subiendo.El GPS registró una altitud máxima de 9.946 metros, semejante a la utilizada por los aviones comerciales. Allí la temperatura rondaba los cincuenta grados bajo cero y el aire era demasiado tenue para mantener normalmente la conciencia sin oxígeno suplementario.Ewa permaneció inconsciente durante unos cuarenta minutos. Durante ese tiempo, el parapente siguió desplazándose sin que nadie controlara conscientemente su trayectoria.Cuando despertó, estaba nuevamente cerca de los 6.900 metros.Tenía hielo sobre la ropa, el equipo y parte del rostro. No encontraba de inmediato los mandos de freno y apenas comprendía cuánto tiempo había pasado. Al limpiar el instrumento descubrió que había alcanzado una altura que ningún piloto de parapente intentaría alcanzar voluntariamente sin protección.La tormenta todavía no la había liberado por completo.El ala estaba cargada de agua y granizo, pero finalmente comenzó a perder altura. Ewa recuperó los controles y descendió mediante largas espirales, intentando no provocar el colapso de una estructura que ya había soportado condiciones extremas.Cuando volvió a ver la tierra debajo de las nubes, llevaba horas sin saber dónde se encontraba.Consiguió aterrizar en una zona rural, aproximadamente a 65 kilómetros del punto de despegue. Presentaba congelación en el rostro y las orejas, golpes producidos por el granizo y un cuerpo agotado por la falta de oxígeno.Uno de los médicos que la examinó consideró posible que la pérdida de conocimiento hubiera reducido temporalmente las necesidades de oxígeno de su organismo. Era una explicación probable, no una garantía. En aquellas condiciones, quedar inconsciente también podía haberle impedido recuperar el control para siempre.La misma tormenta demostró lo estrecho que había sido el margen.El piloto chino He Zhongpin, de 42 años, también fue absorbido por el sistema. Su cuerpo apareció al día siguiente, a unos 75 kilómetros del lugar de partida. El examen preliminar indicó que había muerto alcanzado por un rayo.Ewa recibió autorización médica para participar en el campeonato poco después, aunque la experiencia terminó cambiando su relación con la competición. Continuó volando, pero dejó de considerar los trofeos como la parte más importante de su vida.Su supervivencia suele presentarse como una victoria humana sobre la naturaleza.No lo fue.Durante buena parte del vuelo, Ewa no pudo ver, respirar adecuadamente ni controlar su cuerpo. Sus conocimientos le permitieron actuar antes de perder el conocimiento y recuperar el parapente cuando despertó.Entre ambos momentos, su vida dependió de una tormenta que la elevó por encima del Everest y, por razones que nadie podía garantizar, decidió devolverla.El GPS siguió registrando el vuelo cuando Ewa Wiśnierska ya no podía hacerlo. Ascendió hasta los 9.946 metros, más de un kilómetro por encima de la cima del Everest, mientras ella permanecía inconsciente bajo una capa de hielo.Ocurrió el 14 de febrero de 2007 cerca de Manilla, una pequeña localidad de Nueva Gales del Sur, Australia. Wiśnierska, nacida en Polonia y representante de Alemania, se preparaba para el Campeonato Mundial de Parapente que comenzaría pocos días después.Tenía 35 años y acumulaba una década de experiencia.La jornada incluía la posibilidad de tormentas durante la tarde. Desde el aire, los pilotos podían ver cómo dos grandes formaciones crecían a la distancia. Ewa creyó que avanzaba lo bastante rápido para alejarse de ellas, pero las nubes comenzaron a unirse y la situación cambió en cuestión de minutos.Primero sintió una corriente ascendente mucho más potente que las térmicas utilizadas habitualmente por los parapentistas.En condiciones normales, una corriente puede elevarlos unos pocos metros por segundo. El instrumento de Ewa llegó a registrar un ascenso cercano a los veinte metros por segundo, aproximadamente 72 kilómetros por hora en dirección vertical.Intentó escapar mediante descensos en espiral. Después aplicó otras maniobras para perder altura. Ninguna funcionó.La corriente era más fuerte que su capacidad para gobernar el ala.Cuando alcanzó los 4.000 metros, consiguió comunicarse por radio con el jefe del equipo alemán. Informó que llovía, comenzaba a caer granizo y continuaba ascendiendo sin poder detenerse.Luego entró en la nube.La visibilidad desapareció. El día se convirtió en oscuridad, los instrumentos comenzaron a congelarse y los relámpagos iluminaban el interior del cumulonimbo. El aire turbulento deformaba el parapente mientras el granizo golpeaba su cuerpo.A unos 6.900 metros, la disminución de la presión de oxígeno empezó a vencerla. Sintió un cansancio irresistible y perdió el conocimiento.Su cuerpo continuó subiendo.El GPS registró una altitud máxima de 9.946 metros, semejante a la utilizada por los aviones comerciales. Allí la temperatura rondaba los cincuenta grados bajo cero y el aire era demasiado tenue para mantener normalmente la conciencia sin oxígeno suplementario.Ewa permaneció inconsciente durante unos cuarenta minutos. Durante ese tiempo, el parapente siguió desplazándose sin que nadie controlara conscientemente su trayectoria.Cuando despertó, estaba nuevamente cerca de los 6.900 metros.Tenía hielo sobre la ropa, el equipo y parte del rostro. No encontraba de inmediato los mandos de freno y apenas comprendía cuánto tiempo había pasado. Al limpiar el instrumento descubrió que había alcanzado una altura que ningún piloto de parapente intentaría alcanzar voluntariamente sin protección.La tormenta todavía no la había liberado por completo.El ala estaba cargada de agua y granizo, pero finalmente comenzó a perder altura. Ewa recuperó los controles y descendió mediante largas espirales, intentando no provocar el colapso de una estructura que ya había soportado condiciones extremas.Cuando volvió a ver la tierra debajo de las nubes, llevaba horas sin saber dónde se encontraba.Consiguió aterrizar en una zona rural, aproximadamente a 65 kilómetros del punto de despegue. Presentaba congelación en el rostro y las orejas, golpes producidos por el granizo y un cuerpo agotado por la falta de oxígeno.Uno de los médicos que la examinó consideró posible que la pérdida de conocimiento hubiera reducido temporalmente las necesidades de oxígeno de su organismo. Era una explicación probable, no una garantía. En aquellas condiciones, quedar inconsciente también podía haberle impedido recuperar el control para siempre.La misma tormenta demostró lo estrecho que había sido el margen.El piloto chino He Zhongpin, de 42 años, también fue absorbido por el sistema. Su cuerpo apareció al día siguiente, a unos 75 kilómetros del lugar de partida. El examen preliminar indicó que había muerto alcanzado por un rayo.Ewa recibió autorización médica para participar en el campeonato poco después, aunque la experiencia terminó cambiando su relación con la competición. Continuó volando, pero dejó de considerar los trofeos como la parte más importante de su vida.Su supervivencia suele presentarse como una victoria humana sobre la naturaleza.No lo fue.Durante buena parte del vuelo, Ewa no pudo ver, respirar adecuadamente ni controlar su cuerpo. Sus conocimientos le permitieron actuar antes de perder el conocimiento y recuperar el parapente cuando despertó.Entre ambos momentos, su vida dependió de una tormenta que la elevó por encima del Everest y, por razones que nadie podía garantizar, decidió devolverla.

Por Oscar Paz