El divulgador sostiene que la fragmentación del Imperio abrió un letargo técnico de más de mil años del que Occidente no salió hasta el siglo XIX.
Existe la idea de que el progreso técnico avanza siempre hacia delante, sumando conocimiento generación tras generación. La historia de la ingeniería desmiente esa intuición: hubo un momento en que Occidente supo hacer acueductos, sifones a presión y carreteras para carros, y después dejó de saberlo durante más de mil años.
