En un mundo que celebra cada avance tecnológico como progreso, urge preguntar: ¿a qué costo avanza la inteligencia artificial (IA) en los negocios y el consumo? Detrás de la eficiencia algorítmica, se esconde una transformación que está despojando de humanidad a quienes producen y consumen.
Empresas en todo Colombia desde Bogotá su capital y cada región sin excepción adoptan la IA como símbolo de modernidad. Chatbots, precios dinámicos, monitoreo laboral automatizado. Todo suena eficiente. Pero ¿qué ocurre cuando la eficiencia justifica la indiferencia?
Para el consumidor, la IA crea una ilusión de personalización. Las plataformas ofrecen productos “hechos para ti”, pero en realidad explotan datos íntimos para manipular deseos y fomentar el consumo compulsivo. No se trata de satisfacer necesidades, sino de crear dependencia. Mientras tanto, el pequeño comerciante de Pasto, Popayán o Ipiales no puede competir con gigantes que usan IA para saturar redes con publicidad hiperdirigida. El resultado: una concentración de poder que margina a los actores locales y debilita la economía regional.
El daño más profundo ocurre dentro de las empresas. La IA justifica despidos masivos bajo el disfraz de “optimización”. Trabajadores con años de experiencia son reemplazados por algoritmos rápidos, pero carentes de empatía, juicio ético o comprensión del contexto. En el sur del país, donde el empleo formal es escaso, esta tendencia profundiza la precarización. ¿Qué futuro tienen cajeros, asesores o técnicos si sus funciones pueden ser “automatizadas”?
Además, la dependencia de la IA genera vulnerabilidad. Empresas que no entienden los algoritmos que usan terminan subyugadas a ellos. Toman decisiones basadas en datos no cuestionados, replicando sesgos. La toma de decisiones humana —tan necesaria en contextos complejos— se ve cada vez más relegada.
Lo más preocupante es la deshumanización del trato. ¿Quién no ha sentido frustración al hablar con un chatbot que no entiende, o al ver cómo un sistema bloquea una cuenta sin explicación? La relación comercial, antes un intercambio entre personas, se reduce a una transacción fría, despersonalizada. El error humano se castiga; el algorítmico, se normaliza.
No se trata de rechazar la tecnología, sino de domesticarla. La IA debería liberar tiempo, reducir tareas repetitivas y mejorar condiciones laborales, no eliminar puestos, aumentar desigualdades y erosionar la confianza del consumidor.
El sur de Colombia, con su riqueza humana y cultural, no puede permitirse una modernización que sacrifique la cercanía, la ética y la justicia. Necesitamos una IA con rostro humano: regulada, transparente y al servicio de las comunidades, no de unos pocos algoritmos en manos de corporaciones globales.
Por: Javier Recalde Martínez.
