La decisión del Resguardo Indígena Inca-Agua de reactivar la Minga Humanitaria por la Vida y el Territorio a partir del 24 de junio de 2026 vuelve a poner sobre la mesa una realidad que se repite con frecuencia en diversas regiones del país: cuando las comunidades consideran agotados los canales institucionales, la protesta social termina convirtiéndose en el último mecanismo para llamar la atención del Estado.
Mediante un comunicado dirigido a la opinión pública, las autoridades tradicionales del resguardo indígena Inca-Awá, integrado al territorio ancestral Telembí, anunciaron el inicio de una asamblea permanente con cierre indefinido de la vía Pasto-Tumaco, específicamente en el kilómetro 103, sector de Pinbí, jurisdicción del municipio de Barbacoas.
La medida, según explican las comunidades, responde al incumplimiento de compromisos relacionados con dos reivindicaciones consideradas fundamentales: la adquisición de un predio destinado al desarrollo de proyectos productivos comunitarios y la formalización del registro de su autoridad tradicional ante el Ministerio del Interior.
El documento señala que durante meses se realizaron solicitudes y acercamientos con entidades nacionales y municipales para avanzar en ambos procesos. Sin embargo, afirman que el plazo de espera otorgado hasta el 20 de abril de 2026 concluyó sin respuestas concretas ni decisiones de fondo.
Más allá del bloqueo anunciado, el comunicado refleja un problema estructural que afecta a numerosas comunidades indígenas del país: la lenta respuesta institucional frente a demandas relacionadas con territorio, autonomía y reconocimiento administrativo.
Para los pueblos indígenas, la tierra no representa únicamente un activo económico. Constituye la base de su identidad cultural, su organización social y su supervivencia colectiva. Por ello, la adquisición de predios y la seguridad jurídica sobre sus territorios suelen convertirse en temas prioritarios dentro de sus agendas comunitarias.
A esta situación se suma la solicitud de formalización de la autoridad tradicional, un trámite que para las comunidades tiene implicaciones directas en el ejercicio de la representación legal, la interlocución con el Estado y la gestión de programas institucionales.
El comunicado también evidencia un creciente nivel de inconformidad frente a las entidades convocadas. Las autoridades indígenas exigen la presencia de funcionarios con capacidad de decisión y advierten que no aceptarán delegados sin facultades para suscribir acuerdos vinculantes, una exigencia que revela la desconfianza generada por anteriores espacios de diálogo que, según manifiestan, no produjeron resultados efectivos.
Sin embargo, la decisión de cerrar una de las principales vías del departamento también genera impactos que trascienden a las partes involucradas. La carretera Pasto-Tumaco constituye un corredor estratégico para la movilidad de personas, mercancías, abastecimiento de alimentos y actividad económica del litoral pacífico nariñense. Cualquier interrupción prolongada afecta a transportadores, comerciantes, productores y habitantes de varios municipios de la región.
Conscientes de esta situación, los organizadores anunciaron excepciones humanitarias para permitir el paso de remisiones médicas, personas enfermas, mujeres embarazadas y transporte de alimentos perecederos.
La reactivación de la minga plantea ahora un desafío para el Gobierno Nacional, la Alcaldía de Barbacoas y las demás entidades convocadas. Más allá de atender la coyuntura del bloqueo, el verdadero reto consiste en responder de manera efectiva a demandas que las comunidades consideran históricas y que, según denuncian, han permanecido sin solución durante años.
Lo ocurrido en Barbacoas es un recordatorio de que los conflictos territoriales rara vez aparecen de manera repentina. Generalmente son el resultado de largos periodos de espera, trámites inconclusos y promesas incumplidas. Cuando esos procesos se prolongan en el tiempo, la protesta deja de ser únicamente una manifestación y se convierte en un síntoma visible de una relación fracturada entre las comunidades y las instituciones.
Mientras tanto, en el kilómetro 103 de la vía Pasto-Tumaco, el país vuelve a encontrarse frente a una pregunta recurrente: ¿hasta qué punto las comunidades deben recurrir a la movilización para lograr que sus demandas sean escuchadas y atendidas por el Estado?
