La Voyager 2, una de las sondas más longevas de la NASA y uno de los artefactos humanos que más lejos se encuentran de la Tierra, continúa su viaje por el espacio interestelar mientras los ingenieros buscan nuevas estrategias para prolongar su funcionamiento. Después de casi cinco décadas de misión, el principal desafío ya no es la distancia, sino la disminución constante de la energía disponible a bordo.
Lanzada en 1977, Voyager 2 realizó sobrevuelos históricos de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno antes de continuar su trayectoria hacia el espacio interestelar. En 2018 atravesó la heliopausa, el límite de la región dominada por el viento solar, convirtiéndose en uno de los pocos vehículos construidos por la humanidad que han alcanzado ese entorno.
El problema que enfrenta ahora la misión está relacionado con sus generadores termoeléctricos de radioisótopos (RTG). Estos sistemas producen electricidad a partir del calor generado por la desintegración del plutonio-238, pero su capacidad disminuye aproximadamente cuatro vatios cada año. Por ello, la NASA ha tenido que apagar progresivamente calentadores, instrumentos y otros sistemas que ya no son indispensables.
La estrategia de supervivencia de Voyager 2 consiste en realizar una administración cada vez más cuidadosa de su limitada reserva energética. La NASA ya ha apagado varios instrumentos científicos y, en 2025, desconectó el instrumento de partículas cargadas de baja energía para conservar electricidad. Aun así, la sonda mantiene activos instrumentos fundamentales como el magnetómetro y el sistema de ondas de plasma, que continúan proporcionando información sobre el medio interestelar.
Uno de los recursos que la agencia ha utilizado para ahorrar energía consiste en aprovechar sistemas de respaldo y apagar calentadores que ya no son imprescindibles. En 2011, por ejemplo, Voyager 2 cambió a un conjunto de propulsores de reserva y permitió desconectar un calentador de las líneas de combustible, con un ahorro aproximado de 12 vatios.
Estas decisiones son especialmente importantes porque la misión no fue diseñada originalmente para permanecer activa durante casi medio siglo. Cada watt ahorrado puede significar más tiempo de funcionamiento para los instrumentos científicos y para los sistemas que permiten mantener la antena orientada hacia la Tierra.
La NASA ha tenido que recurrir además a soluciones de ingeniería para compensar el envejecimiento de componentes. Los propulsores encargados de orientar la nave han sufrido degradación y, con el paso del tiempo, han necesitado más pulsos para mantener correctamente apuntada la antena. Por eso, los ingenieros han utilizado propulsores alternativos que originalmente estaban destinados a otras funciones.
El esfuerzo tiene una razón científica de enorme importancia. Voyager 2 y Voyager 1 son las únicas sondas que han operado fuera de la heliosfera, por lo que sus mediciones permiten estudiar directamente un entorno que ninguna otra misión ha explorado de la misma manera. Los datos que todavía transmiten ayudan a comprender cómo interactúan el campo magnético y las partículas procedentes del Sol con el espacio entre las estrellas.
A pesar de su edad, Voyager 2 continúa funcionando. La NASA señala que ambas sondas seguían operativas en abril de 2026, aunque el equipo debe seguir tomando decisiones difíciles para administrar una fuente de energía que disminuye año tras año.
El futuro de la misión dependerá de cuánto tiempo puedan mantenerse activos los sistemas esenciales. Cada nuevo apagado representa una pérdida de capacidad científica, pero también permite prolongar la vida de la sonda. Así, la Voyager 2 continúa demostrando casi 50 años después de su lanzamiento que la ingeniería, la planificación y la capacidad de encontrar soluciones a problemas inesperados pueden extender extraordinariamente la vida útil de una misión espacial.
