Kevin tiene 12 años y vive en el sur de Pasto. La noche del 7 de diciembre no pedía mucho: una chispa mariposa, una foto para el celular y volver rápido a la casa. La pólvora estaba ahí, como siempre, vendida en silencio en una esquina del barrio, envuelta en bolsas negras.
El estallido fue más rápido que el grito.

La chispa no cayó al suelo, cayó en su mano izquierda. El fuego duró segundos, pero el dolor pareció eterno. Su mamá recuerda el olor a pólvora mezclado con piel quemada y el trayecto en taxi al hospital como una película que preferiría no volver a ver.
En urgencias, Kevin lloraba sin entender por qué algo “tan pequeño” podía doler tanto. Quemadura de segundo grado. Curaciones diarias. Navidad sin juegos, sin abrazos largos, sin pólvora. El regalo fue una venda blanca y la promesa médica de que, con cuidado, la mano sanaría.
Kevin no fue una estadística más esa noche. Fue un niño al que la pólvora le robó la inocencia por unos segundos y la tranquilidad por varias semanas. Hoy dice que no volverá a tocarla. Dice. Porque en los barrios, la pólvora siempre regresa, aunque nadie la invite.