Mientras la inteligencia artificial (IA) avanza a pasos agigantados y produce textos, imágenes o análisis con precisión casi humana, una fuerza laboral invisible sostiene ese progreso desde las sombras. En Medellín, Oskarina Fuentes, una trabajadora venezolana de 35 años, dedica sus días a clasificar, etiquetar y corregir datos para entrenar algoritmos de IA utilizados por empresas tecnológicas globales.
Fuentes trabaja para varias plataformas de anotación de datos, recibiendo entre 5 y 25 centavos de dólar por tarea, sin contrato estable ni seguridad social. Su trabajo, esencial para el funcionamiento de modelos como ChatGPT, consiste en revisar enormes volúmenes de información, desde textos hasta imágenes sensibles.
“Somos como fantasmas, las personas no saben que existimos”, relata Fuentes, quien asegura que una de las plataformas le debe cerca de 900 dólares, el equivalente a tres meses de trabajo.
Condiciones precarias y afectaciones psicológicas
El llamado “trabajo del clic” implica largas jornadas frente a la pantalla, muchas veces de más de 12 horas diarias, revisando contenidos violentos o perturbadores sin apoyo emocional ni acompañamiento profesional.
Organizaciones como la Data Labelers Association, con sede en Kenia, advierten que muchos anotadores desarrollan ansiedad, fatiga visual y depresión. En Colombia, aunque crece el número de trabajadores dedicados a la anotación de datos, aún no existe una regulación laboral que garantice salarios justos ni condiciones seguras.
Un mercado millonario sostenido por empleo precario
Según Grand View Research, el mercado global de anotación de datos alcanzó en 2024 un valor de 3.770 millones de dólares, y podría superar los 17.000 millones para 2030. Sin embargo, esa expansión no se refleja en mejoras para quienes realizan las tareas más duras y repetitivas.
Fuentes y otros trabajadores piden contratos formales, pago justo y atención psicológica, denunciando que la subcontratación tecnológica oculta la precariedad bajo múltiples capas de intermediarios.
Colombia ante un reto ético
El caso de Oskarina Fuentes pone en evidencia un debate urgente: ¿puede el progreso tecnológico sustentarse en el trabajo invisible de miles de personas sin derechos laborales?
A medida que crece la oferta de tareas digitales en el país, Colombia enfrenta el desafío ético y legal de reconocer a quienes entrenan la IA. La innovación tecnológica continúa, pero mientras dependa de trabajadores invisibles, el reto será construir inteligencia artificial con dignidad y justicia laboral.
