El volcán Cotopaxi continúa bajo vigilancia permanente por parte del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional (IG-EPN), que utiliza diferentes instrumentos para identificar cambios en su comportamiento interno y superficial. La red de monitoreo permite estudiar fenómenos como la sismicidad, la deformación del terreno, las emisiones de gases y las variaciones en las condiciones del sistema volcánico.
El Cotopaxi, uno de los volcanes activos más importantes de Ecuador, alcanza los 5.897 metros sobre el nivel del mar y se encuentra aproximadamente a 35 kilómetros al noreste de Latacunga y 45 kilómetros al sureste de Quito. Debido a su historia eruptiva y al potencial de generación de lahares, su vigilancia constituye una tarea prioritaria para las autoridades científicas y de gestión del riesgo.
Una precisión importante: aunque el planteamiento de esta nota habla de la instalación de «nuevas estaciones sísmicas» específicamente cerca del Cotopaxi, las publicaciones oficiales consultadas del IG-EPN durante 2026 no documentan una instalación nueva de estaciones sísmicas en el Cotopaxi en esas fechas. Sí confirman el fortalecimiento continuo de su sistema de vigilancia mediante campañas de medición, mantenimiento y diferentes instrumentos. En 2026, por ejemplo, el Instituto realizó trabajos de monitoreo térmico, morfológico e hidrotermal en el volcán.
Una red diseñada para detectar cambios antes de que sean evidentes
El monitoreo volcánico no depende de un único instrumento. Los científicos combinan diferentes tipos de información para determinar si el comportamiento de un volcán permanece dentro de sus parámetros habituales o si aparecen señales que requieren una evaluación más detallada.
En el caso del Cotopaxi se vigilan principalmente la sismicidad, la deformación del terreno, las aguas termales y la desgasificación. El propio IG-EPN señala que el Cotopaxi cuenta con una red de monitoreo que ha crecido progresivamente desde la instalación de la primera estación sísmica permanente dedicada a un volcán en Sudamérica, colocada en este volcán en 1976.
Los sismómetros son particularmente importantes porque registran los movimientos del suelo. De acuerdo con el Instituto Geofísico, la mayoría de sus estaciones sísmicas realizan mediciones a una frecuencia de 100 datos por segundo, lo que permite analizar con gran detalle las señales producidas por terremotos y procesos volcánicos.
¿Qué son los desplazamientos telúricos?
Los desplazamientos telúricos son movimientos o deformaciones que se producen en el terreno como consecuencia de procesos geológicos. En una zona volcánica pueden estar relacionados con diferentes fenómenos, desde movimientos tectónicos hasta cambios de presión asociados con fluidos o magma dentro del sistema volcánico.
Por eso, detectar un movimiento sísmico no significa automáticamente que vaya a producirse una erupción.
Los científicos necesitan analizar características como la profundidad, localización, magnitud, frecuencia y tipo de los eventos, además de compararlos con otros indicadores volcánicos.
En este sentido, la información sísmica se complementa con los datos de deformación. Cuando el magma se moviliza dentro de un sistema volcánico, puede modificar las presiones internas y producir cambios en la forma o tamaño del edificio volcánico. Las redes geodésicas permiten detectar desplazamientos que pueden ser del orden de milímetros.
El Cotopaxi ya ha demostrado la importancia de este monitoreo
La historia reciente del Cotopaxi muestra por qué mantener una vigilancia permanente es fundamental.
En 2015, antes de la erupción que comenzó el 14 de agosto, el volcán presentó cambios en diferentes parámetros de vigilancia, entre ellos la deformación, la sismicidad y las emisiones de gases. La actividad eruptiva se prolongó hasta finales de noviembre de ese año.
Posteriormente, a mediados de octubre de 2022, el Cotopaxi volvió a experimentar un período eruptivo que se prolongó hasta julio de 2023. En esta ocasión predominó la emisión de gases y ceniza, con una intensidad menor que la registrada durante 2015. Algunas de las emisiones provocaron caída de ceniza en sectores cercanos e incluso en zonas de Quito.
Los acontecimientos de ambos períodos demostraron que la evolución de un volcán puede presentar características diferentes. Mientras el proceso de 2015 estuvo precedido por meses de agitación, el episodio de 2022 tuvo un comportamiento mucho más repentino. Esta diferencia hace que la observación permanente de múltiples parámetros sea especialmente importante.
La vigilancia no se limita a los sismómetros
Además de los registros sísmicos, el Instituto Geofísico emplea instrumentos destinados a observar la deformación del terreno y otros cambios físicos y químicos.
Uno de ellos es el sistema GPS continuo. Estas estaciones permiten medir con precisión cómo cambia la posición de determinados puntos alrededor del volcán. En el caso del Cotopaxi, las mediciones geodésicas han sido utilizadas para identificar procesos de deformación.
Durante el proceso de actividad registrado desde 2022, las bases de monitoreo geodésico alrededor del cono volcánico llegaron a registrar desplazamientos de varios milímetros, asociados a un patrón conocido como inflación. Posteriormente, esa deformación comenzó a desacelerarse y terminó estabilizándose.
También se utilizan cámaras, sensores de gases, instrumentos acústicos y otros dispositivos. La combinación de todos estos datos permite construir una imagen mucho más completa de lo que ocurre dentro y alrededor del volcán.
¿Qué ocurre actualmente con el Cotopaxi?
Las observaciones realizadas durante 2026 muestran que el volcán continúa siendo objeto de seguimiento constante.
El 1 de abril de 2026, técnicos del IG-EPN realizaron sobrevuelos con drones equipados con cámaras térmicas, visuales y multiespectrales para estudiar el cráter y detectar posibles cambios morfológicos. Los resultados no evidenciaron modificaciones significativas en la morfología del cráter respecto de campañas anteriores.
Durante aquella campaña se registró una temperatura superior a 200 °C en el fondo del cráter. El Instituto explicó que este tipo de mediciones debe interpretarse considerando las condiciones propias de un volcán activo y factores como las condiciones climáticas y de vuelo, por lo que una temperatura elevada no debe interpretarse por sí sola como una señal de una erupción inminente.
Más recientemente, el 26 de agosto de 2026, técnicos realizaron una campaña de medición y muestreo en fuentes termales y vertientes relacionadas con el sistema hidrotermal del Cotopaxi. Estas actividades forman parte de la vigilancia periódica de los principales centros volcánicos de Ecuador.
El informe publicado por el IG-EPN el 4 de septiembre de 2026 señala que el Cotopaxi se encuentra en relativa calma y que tanto su actividad interna como superficial están catalogadas como bajas y sin cambios.
¿Significa esto que existe una erupción inminente?
No.
La existencia de actividad sísmica, deformaciones o emisiones de gases alrededor de un volcán activo no significa por sí misma que una erupción vaya a ocurrir inmediatamente. Los científicos deben observar la evolución conjunta de los diferentes parámetros y determinar si existe una tendencia que indique un cambio significativo.
El propio Instituto Geofísico advierte que los fenómenos volcánicos son impredecibles en cuanto a su magnitud y cronología. Por ello, el objetivo del monitoreo no es anunciar con absoluta certeza cuándo ocurrirá una erupción, sino detectar cambios, evaluar escenarios y proporcionar información útil para la toma de decisiones.
Una vigilancia que también protege a las poblaciones cercanas
La importancia de mantener esta red va más allá de la investigación científica. Una eventual erupción importante del Cotopaxi podría producir fenómenos como caída de ceniza, flujos piroclásticos y lahares.
Los lahares son especialmente relevantes porque pueden desplazarse por los cauces que nacen en las zonas altas del volcán y alcanzar áreas pobladas. El IG-EPN estima que más de 300.000 personas viven actualmente en zonas que podrían verse amenazadas por lahares en escenarios de erupciones similares a las ocurridas históricamente.
Precisamente por esto, la información obtenida por las estaciones y demás instrumentos puede contribuir a que las autoridades dispongan de datos científicos para evaluar la evolución de una emergencia y activar los mecanismos correspondientes cuando sea necesario.
Tecnología para observar un volcán que permanece activo
El monitoreo del Cotopaxi representa una combinación de sismología, geodesia, vulcanología, química, tecnología satelital y observación directa.
La red sísmica permite detectar y caracterizar movimientos del terreno; los sistemas GPS ayudan a identificar deformaciones; los sensores de gases permiten estudiar cambios en las emisiones; las cámaras registran transformaciones visibles y los instrumentos térmicos permiten observar variaciones de temperatura.
En conjunto, estas herramientas permiten seguir la evolución del volcán desde diferentes perspectivas.
Por ahora, los datos oficiales disponibles para septiembre de 2026 describen un Cotopaxi activo, pero con actividad interna y superficial baja y sin cambios. La vigilancia continúa de manera permanente porque el comportamiento de un sistema volcánico puede cambiar y requiere seguimiento constante.
La estrategia, por tanto, no consiste únicamente en esperar una señal de alarma, sino en estudiar continuamente el comportamiento del volcán para comprender sus variaciones y mejorar la capacidad de respuesta ante cualquier cambio futuro.
