reconocer el impacto físico y psicoemocional de los rescatistas es una forma de agradecer su labor. Quienes entran donde otros intentan salir también necesitan que alguien cuide de ellos.

Los terremotos ocurridos en Venezuela en junio y en Colombia en agosto de 2026 dejaron una huella profunda no solo entre las víctimas y sus familias, sino también entre quienes acudieron a los lugares de la tragedia para salvar vidas. Bomberos, policías, personal sanitario, equipos especializados, voluntarios y ciudadanos sin experiencia trabajaron entre escombros, polvo, ruido, miedo y escenas difíciles de olvidar.

El terremoto de Venezuela del 24 de junio y el sismo que afectó a Colombia el 10 de agosto pusieron a prueba la capacidad de respuesta de numerosas comunidades. En Colombia, además de los equipos profesionales, ciudadanos se incorporaron espontáneamente a las labores de búsqueda y ayuda.

El impacto psicológico de rescatar

Salvar a una persona atrapada puede generar satisfacción, esperanza y una poderosa sensación de propósito. Sin embargo, enfrentarse durante horas o días a personas heridas, cuerpos sin vida, familiares desesperados y estructuras inestables también puede provocar una fuerte carga emocional.

Algunos rescatistas pueden experimentar ansiedad, insomnio, irritabilidad, tristeza, recuerdos intrusivos, culpa por quienes no pudieron salvarse o temor ante nuevos movimientos de tierra. Un voluntario que participó en las labores de rescate en Colombia relató dificultades para dormir después de enfrentarse a escenas traumáticas.

Por eso, la fortaleza emocional no significa ignorar el dolor. Reconocerlo constituye un paso fundamental para evitar que una experiencia extrema se convierta en un problema psicológico prolongado.

El desgaste físico también deja huella

Las jornadas de rescate pueden exigir esfuerzos superiores a los habituales. Cargar herramientas, remover materiales, caminar durante horas, permanecer en posiciones incómodas y trabajar con poco descanso puede producir agotamiento, deshidratación, lesiones musculares y disminución de la capacidad de concentración.

Además, los profesionales y voluntarios enfrentan polvo, temperaturas variables, ruido, espacios reducidos y posibles riesgos estructurales. En Colombia, equipos nacionales e internacionales realizaron jornadas intensas de búsqueda, incluso durante varios días, con apoyo de perros especializados, drones y diferentes equipos técnicos.

Los voluntarios empíricos también necesitan protección

La solidaridad ciudadana resulta invaluable durante una emergencia. Sin embargo, tener voluntad de ayudar no significa estar preparado para ingresar a una estructura colapsada.

Por esta razón, los ciudadanos deben seguir las instrucciones de las autoridades, evitar ingresar a zonas peligrosas y colaborar en tareas seguras como clasificación de donaciones, preparación de alimentos, acompañamiento a familias o distribución de suministros.

La experiencia de voluntarios que participaron directamente en los rescates demuestra el enorme valor de la solidaridad, pero también recuerda la necesidad de proteger a quienes ayudan.

Cuidar a quienes cuidan

Después de una tragedia, la atención no debería concentrarse únicamente en las víctimas. Los rescatistas también necesitan alimentación adecuada, hidratación, descanso, espacios para hablar sobre lo ocurrido y acompañamiento psicológico.

Especialistas han señalado que después de un terremoto pueden aparecer ansiedad, insomnio, culpa y dificultades de concentración, y recomiendan buscar ayuda profesional cuando los síntomas persisten o se intensifican.

Finalmente, reconocer el impacto físico y psicoemocional de los rescatistas es una forma de agradecer su labor. Quienes entran donde otros intentan salir también necesitan que alguien cuide de ellos. Salvar vidas exige valentía, pero continuar viviendo después de una tragedia requiere acompañamiento, descanso y comprensión.