Río de Janeiro amaneció este miércoles con un silencio inusual. Las calles, normalmente llenas de vida, permanecieron casi desiertas después de las intensas operaciones policiales que se desarrollaron en varias favelas de la zona norte de la ciudad y que dejaron al menos 60 muertos, según reportes preliminares.
Las acciones conjuntas de la policía civil y militar provocaron enfrentamientos con grupos armados, bloqueos de vías y ataques a vehículos del transporte público. En algunos puntos, autobuses fueron incendiados y usados como barricadas, lo que paralizó buena parte del tránsito. Comercios cerraron sus puertas y el transporte urbano se suspendió en varios barrios, dejando a miles de personas sin poder desplazarse.
El ambiente recordaba a los días de confinamiento por la pandemia: avenidas vacías, tiendas cerradas y un clima general de temor e incertidumbre. Muchos residentes permanecieron encerrados en sus casas mientras la policía realizaba operativos para recuperar el control de las áreas dominadas por el crimen organizado.
En hospitales y morgues, familiares buscaban información sobre desaparecidos, mientras las autoridades trataban de restablecer la normalidad. Con el paso de las horas, el gobierno municipal anunció que la ciudad volvía a su nivel habitual de operación, aunque la sensación de inseguridad seguía latente.
Las operaciones en Río de Janeiro forman parte de un intento más amplio por contener la violencia en zonas dominadas por facciones del narcotráfico, pero la magnitud de los enfrentamientos y la cifra de muertos reavivaron el debate sobre el uso de la fuerza y el impacto que estas medidas tienen sobre la población civil.
