Por: Ricardo Sarasty

Dice el narrador en los primeros párrafos de la novela que: “El viento los alcanzó, también se detuvo, dejo que las hojas de yerba se irguieran y siguió su marcha pegado a la montaña…” El viento había alcanzado a Marcela y Antonio que huían de los chulabitas, una horda de fanáticos defensores de la tradición y su moral a los cuales el gobierno de turno había armado para que prestaran su colaboración en calidad de policías cívicos, informantes y como parte civil de la tropa. En la novela “Viento Seco” el médico Daniel Caicedo pone al narrador a contar que Antonio y Marcela fueron sorprendidos por la muerte y la desolación una noche sin saber por qué, igual a como les sucedió a todos los habitantes de Ceilán y demás pueblos del norte del Valle Del Cauca, Tolima y lo que se conoció como el gran Caldas. Ninguno de los ajusticiados con tanta crueldad y saña que difícilmente se acepta que hubiese podido suceder un genocidio de ese talante en la realidad, ni de los que pudieron huir con lo que tenían puesto y a la mano, supo las razones por las cuales debían de ser perseguidos, expulsados de sus propiedades y martirizados hasta la muerte, aunque estaban enterados de la disputa armada por el poder entre los partidos tradicionales. Sin embargo en uno de los cuentos de otro escritor caleño también de apellido Caicedo, Andrés Caicedo, se puede  inferir que esta violencia no fue más que un enfrentamiento entre las bases de los partidos políticos, azuzadas desde los altos mandos a matarse entre ellas, mientras los mandamases de cada filiación se repartían las tierras de los despojados, de los que se quedaron sembrados en sus tierras más las de aquellos que se sumaron a esa diáspora obligada a salir d hacia los márgenes del país.

“Viento Seco” según Antonio García, autor del prólogo en la primera edición, es una novela realista cuyo arte consiste en narrar los hechos respetando los testimonios que dan cuenta de la crudeza con la actuaron los verdugos ante sus inermes víctimas, convertir la verdad en poesía limpiando las imágenes de todo cuanto pudiera enrarecerlas para mostrarlas y que solas hablen de manera franca, honrada, así como sucede con la lectura del Eclesiastés, según lo anotado por el prologuista o de igual manera a como elaboró Goya sus grabados sobre la guerra y se pueden ver  hoy las fotografías de Jesús Abad Colorado sobre esta última violencia. Comprensible cuando se entera el lector de que el autor de Viento Seco fue medico como  Céline, el escritor francés, en ambos  su prosa directa libre de eufemismos, obedece a la práctica de su profesión con victimas de la guerra y no se puede hablar del desastre con rodeos, porque contar lo que estremece al cuerpo desde lo más hondo ante humanos mutilados y trozos de cuerpos regados entre lo que queda de todo cuanto no es mas que escombros, no admite como en los cuadros de Goya un trazo de más, en las fotografías de Abad colorado filtros y en la novela de Daniel Caicedo son suficientes los sustantivos y verbos precisos si lo pretendido es que lo expuesto por si solo  conduzca hacia la reflexión: “Algunos techos se hundieron y dos paredes se desplomaron entre una  nube de polvo brillante. Antonio se cogió la cabeza con las manos”

El final de la novela es lo que permite entender las violencias derivadas de esa. Un final resumido en esta frase del prologuista » los hijos de las víctimas de ayer son los verdugos de hoy y los hijos de las víctimas de hoy serán los verdugos de mañana». Por lo que no existen razones para no detenerla. ricardosarasty32@hotmail.com