A veces, los grandes sueños nacen en los momentos más inesperados. Durante los silenciosos días de la pandemia, cuando el mundo parecía detenido, Luis Javier Forero Zambrano encontró en su cocina una forma de reinventarse: transformar la soledad en inspiración y el tiempo libre en un arte líquido que hoy embriaga de orgullo a Nariño.
Su historia comenzó sin grandes planes, sin maquinaria ni inversión. Solo con curiosidad, paciencia y un puñado de frutas locales, Forero empezó a experimentar con recetas caseras de vino. Lo que al principio fue un pasatiempo para aliviar la rutina del confinamiento, pronto se convirtió en una pasión. “Cada fermento era una espera, un misterio. No sabía si al final saldría algo bueno, pero el proceso me daba esperanza”, recuerda entre risas.
Los primeros tragos los compartió con su familia y amigos. Todos quedaron sorprendidos: el sabor era distinto, auténtico, con ese toque de montaña que solo tiene Nariño. Fue entonces cuando decidió darle un nombre a su creación.
Una tarde, mientras pedaleaba rumbo a su casa, vio cómo un arcoíris se posaba sobre el sol. En ese instante recordó una palabra que desde niño le causaba asombro: cueche, ese fenómeno luminoso que pocos logran ver. “Ahí entendí que mi vino debía llamarse así. Porque nace de la luz después de la tormenta”, cuenta con orgullo.
Hoy, Vinos El Cueche es mucho más que una bebida artesanal. Es un homenaje al campo, a la paciencia y a los saberes sencillos que aún viven en los hogares del sur. Forero elabora cada botella con frutas de la región: mora, uvilla, y un inusual vino de arroz tipo sake, que se ha convertido en su sello personal. “Quise que cada sabor contara una historia de mi tierra. No quería competir con las grandes bodegas, sino crear algo que hablara de nosotros, de lo que somos”, explica el emprendedor, mientras revisa sus botellas que reposan en silencio, esperando su punto justo de maduración.
