
Ser amable ya no parece una virtud, sino un rasgo sospechoso. En una época donde el sarcasmo es moneda corriente y el cinismo suena inteligente, la bondad ha perdido prestigio. Las redes sociales lo dejan claro: lo que genera atención es la polémica, no la empatía. La gente amable no hace ruido, y eso, en el mundo digital, equivale a no existir.
El problema no es que la bondad haya desaparecido, sino que dejó de ser tendencia. Nos acostumbramos a que la agresividad sea vista como autenticidad, y la cortesía como debilidad. La cultura del “yo soy así” se volvió escudo para justificar la falta de empatía. Ser directo no debería ser sinónimo de ser cruel, pero lo es cada vez más.
Detrás de esa dureza hay miedo. Miedo a ser aprovechado, a parecer ingenuo, a ser el “bobo” del grupo. Y así, poco a poco, construimos una sociedad que celebra la ironía pero desconfía de la ternura. Sin embargo, la amabilidad no es ingenuidad, es valentía. Requiere tener esperanza en la gente incluso cuando no da razones para tenerla.
Ser buena persona no significa dejarse pisar. Es elegir conscientemente no volverse parte del ruido. Es sostener una ética propia en un entorno que premia la indiferencia. Tal vez por eso resulta tan difícil: no se ve, no se mide, no da likes. Pero su impacto es profundo y silencioso, como todo lo que realmente transforma.
La verdadera rebeldía hoy podría ser simplemente ser decente. Ayudar sin grabarlo, escuchar sin interrumpir, tratar bien sin calcular beneficios. En un mundo que romantiza la rudeza, la bondad se vuelve un acto casi subversivo.
Quizás ser buena persona no esté pasando de moda. Tal vez solo está esperando que nos cansemos del ruido y recordemos que, al final, la empatía también tiene estilo.
