Cuando Irán lanzó misiles y drones contra Israel el domingo y el lunes en respuesta a los ataques israelíes contra Hezbolá en Líbano, el impacto militar inmediato pareció limitado. Sin embargo, su importancia política podría ser mucho mayor.

Durante años, Irán ha justificado los ataques directos contra Israel como represalia por acciones contra territorio, comandantes o intereses iraníes. Esta vez fue diferente. Teherán actuó tras un ataque contra uno de sus aliados, después de un bombardeo israelí contra un edificio supuestamente vinculado a Hezbolá en el sur de Beirut.

El lunes, el ejército iraní declaró que detendría los ataques contra Israel, pero la decisión misma de atacar plantea una cuestión importante: ¿por qué los dirigentes iraníes consideraron que era el momento adecuado para dar ese paso, aun sabiendo que corrían el riesgo de provocar una nueva acción militar israelí y de poner en peligro las frágiles negociaciones de paz con Estados Unidos?

Parte de la respuesta podría encontrarse en cómo los líderes iraníes evalúan su posición tras meses de conflicto.La República Islámica salió de la guerra debilitada en algunos aspectos, pero también con una sensación más fuerte de su propia resiliencia.A pesar de la intensa presión militar de Israel y Estados Unidos, de las sanciones económicas y del bloqueo naval estadounidense, la República se mantuvo en pie. El gobierno sigue en el poder, su aparato de seguridad permanece intacto y no se materializó ningún levantamiento masivo, pese a las reiteradas predicciones de sus opositores.

Esa experiencia puede haber modificado los cálculos de Teherán.

En lugar de verse como un actor vulnerable que busca evitar la confrontación a toda costa, Irán puede verse ahora cada vez más como una potencia que ha resistido lo peor y que puede permitirse imponer nuevas líneas rojas.