Un sentimiento que ha expresado mucha gente después del terremoto que sacudió Colombia este 10 de agosto es la culpa por estar bien. Aquellos quienes no tuvieron grandes perdidas ni sufrieron daños se han planteado la pregunta de cómo deberían sentirse o si es justo o apropiado continuar su vida con normalidad mientras otros perdieron todo. Y la respuesta es sí, está bien.
“Después de conocer el sufrimiento de otras personas, puede que algunos sientan que no tienen derecho a estar tranquilos, disfrutar o continuar con su vida cotidiana”, señala Darío Jaimes, secretario académico de la facultad de Psicología de UNICOC. “Sin embargo, desde una perspectiva psicológica, continuar viviendo, trabajar, compartir con la familia o celebrar momentos importantes no significa indiferencia frente al sufrimiento de los demás”.
El experto recuerda el concepto de resiliencia, que puede entenderse como la capacidad de una persona o una comunidad para adaptarse a una situación adversa y encontrar recursos para continuar sin perder la sensibilidad frente a la experiencia vivida.
Según recomienda, una manera de canalizar la culpa o la impotencia es convertir esas emociones en acciones concretas de solidaridad. No todas las personas tienen las mismas posibilidades de ayudar, pero existen diferentes maneras de contribuir, desde realizar donaciones o participar en voluntariados hasta apoyar iniciativas comunitarias o compartir información de valor en redes sociales.
“Transformar la impotencia en acción implica reconocer que no siempre podemos resolver directamente una crisis, pero sí podemos aportar de manera responsable desde nuestras capacidades”, señala. “Lo importante es que las acciones estén guiadas por la reflexión, la organización y el compromiso con el bienestar común, y no únicamente por el impulso emocional del momento”.
Al mismo tiempo, también es importante poner límites a la exposición permanente a las imágenes y testimonios de la tragedia. La exposición continua puede hacer que las personas reciban una y otra vez contenidos que pueden incrementar la angustia.
“En ocasiones, además, existe el riesgo de caer en un consumo marcado por el amarillismo o el morbo, donde las imágenes dejan de ser una fuente de información para convertirse en una exposición repetitiva al dolor”, advierte el experto de UNICOC.
No se trata de ignorar lo sucedido. Informarse es necesario para comprender la magnitud de la situación y saber de qué manera contribuir a la causa, pero sí es recomendable balancear el consumo de información, limitando el tiempo de exposición para no caer en bucles de imágenes perturbadoras y conversando sobre las emociones que haya generado la tragedia.
Mantener las rutinas cotidianas también puede ser importante. Comer, dormir, trabajar, estudiar, compartir con la familia, hacer ejercicio o disfrutar de momentos de descanso no son actos de indiferencia frente a quienes están sufriendo. Por el contrario, permiten conservar espacios de estabilidad mientras se procesa lo ocurrido.
Si a pesar de seguir estas recomendaciones persisten la ansiedad, la tristeza, las alteraciones del sueño, a tal punto de que el malestar emocional interfiere con las actividades cotidianas, es recomendable buscar acompañamiento profesional.
“Continuar viviendo no significa olvidar ni minimizar el dolor, “concluye el experto. “Se puede vivir a la vez que se reconoce la tragedia del otro, con empatía, para que esa experiencia trágica se convierta en aprendizaje y memoria colectiva. Al final, si hay estabilidad, es posible tener más herramientas para dar apoyo a quien enfrentó pérdidas más críticas”.
