Si te refieres a ese artículo, la idea central es que la tragedia del terremoto no termina cuando deja de temblar. El daño psicológico puede prolongarse mucho después de que desaparece la emergencia visible.

El artículo  publicado el 10 de septiembre de 2026 recoge justamente esa preocupación: miedo persistente, insomnio, ansiedad, irritabilidad, pensamientos repetitivos y sensación de inseguridad pueden aparecer después de un terremoto, especialmente cuando se suman pérdidas familiares, destrucción de la vivienda, desplazamiento e incertidumbre. 

El término “salsipuedes” resulta particularmente expresivo: muchos damnificados quedan atrapados entre la necesidad de reconstruir su vida y unas condiciones que dificultan hacerlo. Perder la vivienda no significa solamente perder paredes y techo; también puede significar perder recuerdos, rutinas, seguridad, pertenencia y un proyecto de vida.

Y el problema no es únicamente individual. El propio Ministerio de Salud reconoce que los desastres pueden producir ansiedad, depresión, duelo y estrés postraumático, y plantea que la respuesta debe incluir apoyo psicosocial, seguimiento y atención especializada, además de la reconstrucción física. 

La situación ya ha mostrado señales concretas de esa dificultad: la Defensoría del Pueblo alertó sobre el desabastecimiento de medicamentos psiquiátricos en zonas afectadas de Caldas y la necesidad de garantizar atención en salud mental en los albergues. 

En otras palabras: reconstruir casas sin reconstruir la sensación de seguridad de quienes las habitaban deja incompleta la recuperación. La salud mental debería formar parte de la emergencia desde el primer momento y no convertirse en un asunto secundario cuando las cámaras dejan de mirar.