
Hubo un tiempo en que las frases de Nietzsche se usaban para parecer interesantes. Luego vinieron los memes de Foucault y las citas fuera de contexto de Sartre. Ahora vivimos en la era de Byung-Chul Han, el filósofo de cabecera de todo el que quiere sonar profundo sin leer más de tres páginas seguidas.
El fenómeno es curioso: Han no es pop porque sea simple, sino porque parece complejo. Sus libros se venden como shots de sabiduría comprimida, con títulos que suenan como diagnósticos emocionales de una civilización cansada. “La sociedad del cansancio”, “La agonía del eros”, “La expulsión de lo distinto”. Leerlo da la sensación de estar participando en un seminario secreto sobre el alma moderna, aunque en realidad estemos en una cafetería con Wi-Fi gratis.
Citarlo se volvió una forma de pertenecer. En redes, basta con poner una frase suya —preferiblemente con una foto en blanco y negro o un fondo de lluvia— para obtener el aura de “intelectual sensible”. Byung-Chul Han es, en esencia, el tote bag del pensamiento: combina con todo y comunica que has reflexionado sobre la condición humana, aunque solo hayas hojeado el índice.
No hay nada malo en eso, claro. La cultura siempre ha tenido sus filósofos de moda. Pero en un tiempo donde la profundidad se mide por la estética, pensar se volvió una performance. Usamos las ideas como accesorios: un poco de Han para parecer lúcido, un toque de Zizek para sonar provocador, y una pizca de Simone de Beauvoir para equilibrar el algoritmo.
Lo irónico es que Han, que critica la hiperproductividad, se ha convertido en un producto perfecto: breve, exportable y melancólico. Su éxito es la prueba de su propia tesis. Nos cansamos tanto de pensar que ahora consumimos pensamiento listo para servir.
Quizás la verdadera resistencia intelectual no sea citarlo, sino hacer algo más difícil: leerlo sin publicarlo. Pensar sin compartirlo. O, si eso suena demasiado radical, al menos dejar pasar un día sin usar la palabra “cansancio” como diagnóstico existencial.
