Hay un tipo de agotamiento que no se quita durmiendo. No es físico ni mental del todo, sino existencial. Es el cansancio de tener que ser alguien todo el tiempo. Vivimos en una época donde descansar parece un lujo sospechoso, como si no estar produciendo fuera una señal de fracaso moral.

La idea de “estar ocupado” se volvió un símbolo de valor personal. En redes sociales, en conversaciones, en el trabajo, todos parecemos competir por quién tiene menos tiempo libre, como si eso demostrara que nuestras vidas importan más. Lo curioso es que la mayoría no está tan ocupada por pasión, sino por miedo: miedo a no ser relevante, a no tener propósito, a quedarse atrás.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo llama “la sociedad del rendimiento”: un sistema donde ya no hay opresores visibles, porque cada individuo se explota a sí mismo en nombre de la libertad. La trampa es elegante: el látigo ahora se llama motivación.

El cansancio contemporáneo es silencioso y adictivo. Tiene la forma del correo que llega tarde en la noche, de la culpa por no contestar un mensaje, de la ansiedad que provoca ver a otros avanzar mientras uno apenas respira. Descansar, en ese contexto, se vuelve un acto político. Detenerse no es pereza, es resistencia.

Quizás el antídoto no sea trabajar menos, sino pensar diferente el valor del tiempo. Si el capitalismo convirtió la productividad en moral, la respuesta no puede ser solo desconectarse, sino reaprender a no tener propósito durante un rato. A estar sin hacer. A mirar sin capturar.

No hay bienestar sin vacío. Y en una era donde todo se mide, planifica y publica, defender un pedazo de silencio —sin notificaciones, sin metas— es una forma de volver a existir.