
Vivimos rodeados de frases que suenan inteligentes, pero que si las agitas un poco, están más vacías que una story de domingo. En redes, todos son filósofos de su propio feed: “fluye”, “suelta”, “vive el presente”. Es la nueva poesía corporativa del bienestar.
Lo curioso es que esa estética del vacío vende. Vende más que las ideas, más que la verdad, más que el pensamiento mismo. Lo importante no es comprender, sino parecer que comprendes. No importa si la frase es hueca: si tiene una tipografía minimalista y un fondo beige, es sabiduría contemporánea.
El capitalismo descubrió que la profundidad estética es más rentable que la profundidad real. Así nacieron los “pensadores de Instagram”, los podcasts que te explican a Nietzsche en tres minutos, y las marcas que te venden autenticidad embotellada.
La contradicción es deliciosa: el sistema que nos vacía por dentro ahora nos invita a “reconectar con nosotros mismos”. Te agota, luego te vende la cura. Y todos participamos, porque fingir lucidez es más fácil que enfrentar el ruido de fondo de la vida moderna.
Quizás el problema no sea el vacío, sino la decoración que le pusimos. No hemos aprendido a estar en silencio; solo a llenar el silencio con frases que suenan bien.
Al final, el vacío no está en los mensajes. Está en nosotros, buscando sentido entre publicaciones que solo nos devuelven nuestro propio reflejo filtrado.
