
El siglo XXI no necesitó nuevas iglesias, solo mejores recomendaciones. Los templos ahora son digitales, y los sermones los dicta un algoritmo que sabe exactamente cuándo estás triste, aburrido o listo para comprar una alfombra que nunca pensaste necesitar.
Hemos delegado la curiosidad —ese viejo músculo de la mente— a una inteligencia que se disfraza de empatía. Spotify te conoce mejor que tu terapeuta, y TikTok te da más consuelo que la filosofía. El algoritmo no te juzga; solo te alimenta hasta que dejas de sentir hambre.
Pero en algún punto, la personalización se vuelve una jaula. Ya no descubrimos: somos descubiertos. Y lo que creemos elegir libremente es, en realidad, una predicción estadística. Lo espiritual se diluye en un loop de contenido “para ti”.
Hay algo de religión en la forma en que miramos la pantalla esperando sentido. Cada “para ti” es una especie de rezo inconsciente: “Muéstrame lo que necesito sin tener que pensarlo”. Y a veces, lo hace.
Quizás la gran fe contemporánea no esté en Dios ni en el mercado, sino en el algoritmo: esa entidad invisible que nos promete conocernos mejor que nosotros mismos. Una deidad sin rostro, omnipresente, que no exige sacrificios… solo atención.
Y la atención, hoy, es la oración más costosa que existe.
