La Antártida suele ser imaginada como uno de los últimos grandes espacios vírgenes del planeta: un continente de hielo, nieve y ecosistemas aislados de las grandes ciudades y de la actividad industrial. Sin embargo, la evidencia científica acumulada durante los últimos años está dibujando una realidad mucho más preocupante. Los microplásticos ya han sido detectados en el agua, los sedimentos, los organismos, los glaciares, la atmósfera y, también, en la nieve antártica.
El avance de las investigaciones sobre microplásticos en la Antártida coincide con el fortalecimiento de la capacidad científica chilena para estudiar este fenómeno. El Instituto Antártico Chileno (INACH) ha impulsado nuevas líneas de investigación y monitoreo, mientras que sus científicos participan en estudios destinados a comprender cómo las partículas sintéticas llegan a uno de los ecosistemas más aislados y frágiles del planeta.
La presencia de estas diminutas partículas en muestras de nieve fresca representa una señal especialmente relevante: la contaminación por plástico ya no está limitada a los océanos, las playas o las grandes zonas urbanas. El viento y otros procesos atmosféricos pueden transportar fibras y fragmentos sintéticos a enormes distancias, permitiendo que terminen depositados incluso sobre el hielo y la nieve de la Antártida.
Una contaminación que alcanza la nieve
Los microplásticos son partículas de material plástico de menos de cinco milímetros. Pueden originarse por la degradación de objetos plásticos de mayor tamaño o liberarse directamente al ambiente en forma de fibras sintéticas, fragmentos y otras partículas microscópicas.
Su tamaño representa uno de los principales problemas para la investigación. Las partículas más pequeñas pueden ser difíciles de detectar y, durante años, las limitaciones de los métodos analíticos hicieron que una parte de la contaminación pasara inadvertida.
Una investigación publicada en 2025 logró examinar microplásticos de hasta 11 micrómetros en nieve de zonas remotas de la Antártida. El estudio encontró partículas en todas las áreas analizadas, con concentraciones que variaron entre 73 y 3.099 partículas por litro de nieve derretida. Además, el 95 % de los microplásticos identificados tenía un tamaño inferior a 50 micrómetros, lo que sugiere que investigaciones anteriores podrían haber subestimado la magnitud real de la contaminación.
Los resultados muestran que incluso la nieve aparentemente limpia puede contener una huella invisible de la actividad humana.
Entre los polímeros identificados en investigaciones realizadas en la región antártica se encuentran la poliamida, el tereftalato de polietileno, conocido como PET, el polietileno y materiales relacionados con el caucho sintético. Estos compuestos están presentes en una enorme variedad de productos de uso cotidiano, desde prendas textiles hasta envases y diferentes materiales industriales.
Chile fortalece el estudio de los microplásticos en la Antártica
Chile ocupa una posición estratégica para la investigación polar debido a su cercanía geográfica y a su histórica presencia científica en el continente. En ese contexto, el INACH ha fortalecido sus capacidades para estudiar contaminantes emergentes, entre ellos los microplásticos.
En enero de 2026, el instituto informó que el investigador Rodolfo Rondón realizó una pasantía de dos meses en el Laboratorio de Medio Ambiente Marino del Organismo Internacional de Energía Atómica, en Mónaco. El objetivo fue fortalecer las capacidades de Chile para investigar los microplásticos en la Antártica mediante nuevas metodologías y herramientas de análisis.
Este tipo de trabajo resulta fundamental porque identificar una partícula no siempre es suficiente. Los investigadores necesitan determinar su composición, diferenciar materiales sintéticos de otras fibras y establecer posibles fuentes y rutas de transporte.
El monitoreo también permite construir una línea de base. En otras palabras, establecer cuánta contaminación existe actualmente para poder determinar en el futuro si los niveles aumentan, disminuyen o cambian de composición.
La isla Rey Jorge, un laboratorio natural para estudiar el problema
La base Presidente Eduardo Frei Montalva se encuentra en la isla Rey Jorge, dentro del archipiélago de las Shetland del Sur. Esta zona concentra una importante presencia de bases científicas internacionales y se ha convertido en un espacio clave para estudiar la interacción entre la actividad humana y los ecosistemas antárticos.
Investigaciones realizadas en distintos puntos de la isla ya habían confirmado la presencia de partículas plásticas en otros compartimentos ambientales.
Un estudio sobre residuos acumulados en playas de la península Fildes encontró 293 elementos de microplásticos y mesoplásticos. Los materiales más frecuentes fueron espumas, fragmentos y pellets, y entre los principales polímeros identificados figuraron el poliestireno, el polipropileno y el polietileno. Los investigadores señalaron que estos hallazgos evidencian tanto la influencia de actividades locales como la posibilidad de transporte de contaminantes desde regiones más alejadas a través de las conexiones del océano Austral.
La contaminación tampoco se limita a las costas. Una investigación publicada en 2024 detectó microplásticos en la atmósfera de las islas Shetland del Sur y realizó uno de los primeros monitoreos continuos de este tipo en la región de la península Antártica. Las microfibras fueron el tipo de partícula predominante en los lugares analizados.
La presencia de partículas en el aire ayuda a explicar por qué pueden terminar depositándose sobre la nieve. Las corrientes atmosféricas pueden transportar microplásticos durante largos recorridos y posteriormente estos pueden caer junto con la precipitación o asentarse directamente sobre las superficies heladas.
¿De dónde provienen los microplásticos?
Determinar el origen exacto de cada partícula es una tarea compleja. La contaminación encontrada en la Antártida puede tener diferentes fuentes.
Una parte puede estar relacionada con las actividades humanas desarrolladas en el propio continente. Las bases científicas, el transporte marítimo y aéreo, los equipos, los textiles sintéticos, los procesos de construcción y el manejo de residuos pueden generar partículas que terminan incorporándose al ambiente.
Sin embargo, la Antártida tampoco está completamente aislada de la contaminación generada en otras partes del mundo.
Los estudios científicos han demostrado que los residuos plásticos pueden viajar grandes distancias mediante las corrientes oceánicas y atmosféricas. La detección de pellets y otros materiales en la península Fildes ha sido interpretada como evidencia de la conectividad entre el océano Austral y otras regiones del planeta.
Por ello, los científicos consideran que el problema tiene una doble dimensión: reducir las fuentes locales de contaminación es necesario, pero no suficiente. La presencia de microplásticos en regiones extremadamente remotas demuestra que se trata de un fenómeno global.
Un problema que también afecta a los ecosistemas
Las partículas plásticas ya han sido encontradas en organismos antárticos. Científicos vinculados al INACH participaron en una investigación que detectó microplásticos y otros microfragmentos en ejemplares de Laternula elliptica, una almeja característica de los ecosistemas antárticos.
En otras zonas cercanas a estaciones científicas de la isla Rey Jorge también se han identificado microplásticos en el agua marina. Una investigación realizada en Potter Cove encontró partículas en el 100 % de las muestras analizadas y señaló que las actividades locales podían representar una fuente importante de contaminación en esa área.
La preocupación científica radica en que estas partículas pueden ser ingeridas por diferentes organismos y desplazarse a través de la cadena alimentaria. Sus efectos dependen de factores como el tamaño, la concentración, la composición química y la vulnerabilidad de cada especie.
En un ecosistema como el antártico, caracterizado por condiciones ambientales extremas y especies altamente adaptadas, la introducción de contaminantes generados por la actividad humana plantea nuevas preguntas sobre sus posibles consecuencias a largo plazo.
La nieve como registro de la contaminación atmosférica
La detección de microplásticos en la Antártida también convierte a la nieve en una herramienta potencial para estudiar la contaminación atmosférica.
Cuando una partícula sintética es transportada por el aire y termina depositándose sobre una superficie nevada, queda incorporada temporalmente al ambiente. Posteriormente, el deshielo puede movilizarla hacia otros sistemas, como lagos, corrientes de agua o el océano.
Investigaciones anteriores ya habían encontrado microplásticos en muestras de nieve antártica, con concentraciones mayores en zonas cercanas a bases que en algunos lugares más remotos. Un estudio publicado en The Cryosphere identificó microplásticos en todas las muestras analizadas y registró una concentración promedio de 29,4 partículas por litro de nieve derretida. Las zonas próximas a bases presentaron, en promedio, concentraciones superiores a las de los sitios remotos.
Este tipo de resultados no significa que cada partícula encontrada proceda necesariamente de una base cercana. Pero sí refuerza la importancia de estudiar las fuentes locales y de mejorar los protocolos de prevención de contaminación.
Un desafío científico y ambiental para las próximas décadas
La evidencia acumulada durante los últimos años ha cambiado la percepción de la Antártida como un territorio completamente aislado de los problemas ambientales del resto del planeta.
Los microplásticos han sido encontrados en nieve, hielo, playas, sedimentos, agua, atmósfera y organismos. Investigaciones más recientes continúan confirmando su presencia en diferentes ecosistemas de la región. Un estudio sobre sedimentos de ensenadas de la isla Rey Jorge, por ejemplo, identificó microplásticos en el 87,5 % de las muestras analizadas, con predominio de fibras sintéticas.
El desafío ahora es comprender mejor cómo viajan estas partículas, cuánto tiempo permanecen en el ambiente, cuáles son sus principales fuentes y qué efectos pueden producir sobre los ecosistemas antárticos.
Para Chile y para la comunidad científica internacional, el fortalecimiento de las capacidades de monitoreo resulta especialmente importante. Contar con métodos capaces de detectar partículas cada vez más pequeñas permitirá construir diagnósticos más precisos y comparar los resultados obtenidos en distintas regiones del continente.
La presencia de microplásticos en la nieve fresca, en las proximidades de zonas de investigación como la base Presidente Eduardo Frei, se suma así a una evidencia científica cada vez más amplia: la contaminación plástica ha alcanzado incluso algunos de los paisajes más remotos del planeta.
La Antártida, que durante décadas fue vista como un símbolo de aislamiento y pureza ambiental, se ha convertido también en un indicador de la dimensión global de la crisis del plástico. Lo que ocurre en sus nieves no es únicamente un problema del continente blanco. Es el reflejo de un sistema de contaminación capaz de cruzar océanos, viajar por la atmósfera y llegar hasta lugares donde aparentemente no debería existir rastro de la actividad humana.
El mensaje de la ciencia es cada vez más claro: proteger los ecosistemas antárticos no depende únicamente de lo que se haga dentro de sus fronteras. La reducción de la contaminación por plásticos exige medidas locales, nacionales e internacionales, porque las partículas que hoy se producen y liberan en cualquier parte del planeta pueden terminar, tarde o temprano, depositadas incluso sobre la nieve de la Antártida.
