En las costas de Costa Rica, la conservación de las tortugas marinas se desarrolla durante buena parte del año entre patrullajes nocturnos, monitoreo científico, protección de nidos y el trabajo de voluntarios que recorren las playas en busca de hembras que llegan a desovar.

Uno de los casos más destacados se encuentra en la Reserva Pacuare, en la costa caribeña del país, donde se han establecido programas de conservación que incluyen la protección y reubicación de nidos de tortuga baula (Dermochelys coriacea), una de las especies de tortugas marinas más grandes del planeta.

El resultado acumulado de décadas de trabajo es significativo: la Reserva Pacuare informa actualmente que ha logrado liberar alrededor de 980.000 crías de tortugas marinas al océano, mientras que sus programas de conservación han protegido más de 1,8 millones de huevos. La reserva también señala que recibe, en promedio, cientos de nidos de tortuga baula cada año.

Estos datos permiten entender la dimensión del esfuerzo. No se trata únicamente de esperar a que las tortugas nazcan: detrás de cada temporada existe un proceso de vigilancia, investigación y protección que busca aumentar las posibilidades de que los huevos lleguen a convertirse en crías capaces de alcanzar el mar.

La tortuga baula, protagonista de una carrera contra el tiempo

La tortuga baula es una especie particularmente llamativa por su tamaño y características biológicas. A diferencia de otras tortugas marinas, no posee un caparazón duro tradicional, sino una estructura flexible cubierta por una piel resistente.

También es una de las especies marinas con mayores capacidades migratorias. Las baulas pueden recorrer enormes distancias entre sus zonas de alimentación y las playas donde se reproducen.

Pero esa extraordinaria capacidad de desplazamiento no las libra de las amenazas provocadas por las actividades humanas.

Según NOAA Fisheries, las principales amenazas para las tortugas baula incluyen la captura accidental en artes de pesca, la recolección de huevos, la pérdida de hábitat de anidación, la contaminación marina, los residuos, las colisiones con embarcaciones y los efectos asociados al cambio climático.

La situación es todavía más delicada para algunas poblaciones. La evaluación del Grupo de Especialistas en Tortugas Marinas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasifica a la población mundial de tortuga baula como Vulnerable, mientras que la subpoblación del Pacífico oriental aparece catalogada como En Peligro Crítico.

Costa Rica tiene especial importancia dentro de este panorama porque sus playas forman parte de las zonas de reproducción de las baulas del Pacífico oriental y del Caribe.


¿Por qué los huevos son trasladados a viveros?

Una de las herramientas utilizadas en la conservación es la creación de viveros o hatcheries, espacios controlados donde determinados nidos pueden ser trasladados para reducir algunos de los riesgos que enfrentarían en la playa.

Es importante aclarar que un vivero no funciona como un lugar donde las tortugas son criadas durante años. Los huevos continúan su proceso natural de incubación bajo la arena y, una vez que las crías emergen, son liberadas para que continúen su ciclo de vida en el océano.

En la Reserva Pacuare, por ejemplo, los investigadores han utilizado diferentes estrategias dependiendo de las condiciones de cada nido: algunos permanecen en el sitio original, otros son trasladados a sectores más seguros de la playa y determinados nidos son llevados a viveros.

La decisión puede estar relacionada con factores como la erosión, el riesgo de inundación, la presencia de depredadores o la posibilidad de que los huevos sean saqueados.

La experiencia acumulada en Pacuare muestra por qué estas medidas pueden resultar importantes. Durante la temporada de 2022, la reserva reportó una tasa de eclosión del 16 % para los nidos que permanecieron in situ, frente a un 78 % en los nidos trasladados a viveros.

Estos porcentajes no significan que todos los nidos deban trasladarse automáticamente. La conservación busca determinar cuándo la intervención humana puede aumentar las probabilidades de supervivencia sin alterar innecesariamente el proceso natural.


El trabajo de los voluntarios comienza mucho antes del nacimiento

Cuando se habla de miles de tortugas llegando al océano, es fácil imaginar únicamente el momento en que las pequeñas crías salen de la arena.

Sin embargo, ese instante representa el final de un proceso mucho más amplio.

Durante las temporadas de anidación, los equipos de investigación, trabajadores locales y voluntarios realizan patrullajes por las playas, especialmente durante la noche, cuando las hembras suelen salir del mar para construir sus nidos.

Las tareas pueden incluir localizar a las tortugas, identificar individuos, registrar información biométrica, contar huevos, marcar los nidos y determinar cuáles requieren protección especial.

En Pacuare, los censos nocturnos se han utilizado durante décadas como parte del programa científico y de conservación. La información recopilada permite conocer mejor la cantidad de hembras, sus patrones de anidación y la evolución de la población.

El trabajo voluntario también puede extenderse al mantenimiento de los viveros, limpieza de las playas, vigilancia y apoyo en el seguimiento de los nidos.

Un informe de una expedición de conservación realizada en 2025 en la Reserva Pacuare documentó, por ejemplo, la participación de voluntarios en patrullajes, recolección de datos sobre tortugas baula, monitoreo del vivero y traslado de 170 huevos recién puestos a un vivero.


Miles de crías pueden salir de un mismo esfuerzo de conservación

La magnitud de estos programas puede observarse en los registros históricos.

En un informe sobre las actividades de conservación realizadas en Playa Pacuare durante 2017 se registraron 279 nidos de tortuga baula, además de nidos de tortuga verde, carey y otras especies. De los nidos protegidos, fueron liberadas 7.349 crías de baula.

Otro reporte de conservación de años anteriores registró que, después de proteger cientos de nidos de distintas especies, se habían liberado 24.804 tortugas baula en un periodo de varios años en Playa Pacuare.

Y en 2018, un programa de conservación que trabajó en la misma zona informó la liberación de 8.112 crías de tortuga baula, junto con miles de crías de tortuga verde y carey.

Por ello, cuando se habla del nacimiento de miles de crías en los viveros de Costa Rica, se trata de un fenómeno que se repite durante las temporadas de reproducción y que forma parte de programas de conservación desarrollados durante años.

La cifra acumulada es mucho más importante que un solo evento de nacimiento.


Una lucha que también ocurre durante la noche

Las patrullas nocturnas tienen una función que va mucho más allá de recopilar información científica.

La presencia de personas capacitadas en las playas puede contribuir a reducir el saqueo de huevos y otras actividades ilegales.

La Reserva Pacuare señala que sus esfuerzos durante más de tres décadas han permitido reducir drásticamente la extracción ilegal de nidos. Según sus registros, el porcentaje de nidos afectados por esta actividad pasó de 98 % en 1989 a 0 % en 2023.

Este cambio representa uno de los mayores logros del proyecto.

En 1989, prácticamente todos los nidos de la zona sufrían algún grado de extracción ilegal. Con el paso de los años, la combinación de vigilancia, investigación, educación ambiental y participación comunitaria permitió mejorar considerablemente las condiciones de conservación.

La protección de los huevos, por tanto, no comienza cuando aparecen las primeras crías. Empieza desde el momento en que una hembra llega a la playa y deposita sus huevos.


El problema del saqueo de huevos continúa siendo una amenaza

Aunque existen avances importantes, Costa Rica todavía enfrenta problemas relacionados con el tráfico y extracción ilegal de huevos de tortuga.

En mayo de 2025, las autoridades costarricenses informaron sobre el decomiso de 130 huevos de tortuga marina que fueron trasladados a un vivero asociado a un programa de conservación en Moín, en la provincia de Limón. El objetivo era permitir que los huevos pudieran incubarse y eventualmente convertirse en nuevas crías.

El caso muestra que la protección de los nidos continúa siendo necesaria.

La legislación costarricense contempla sanciones para quienes maten, capturen, trasladen o comercialicen tortugas marinas y sus productos, mientras las autoridades han insistido en la necesidad de denunciar el comercio ilegal de huevos.

Además, el problema no se limita a las playas. Una tortuga puede estar protegida durante su etapa de anidación y, aun así, enfrentar amenazas cuando regresa al océano.


El peligro no termina cuando la cría llega al mar

Uno de los errores más comunes al hablar de conservación de tortugas marinas es pensar que liberar una cría significa que el animal ya está a salvo.

En realidad, el momento de la liberación marca el comienzo de una nueva etapa extremadamente peligrosa.

Las pequeñas tortugas deben desplazarse desde la playa hasta el agua mientras enfrentan depredadores, obstáculos, contaminación y desorientación causada por actividades humanas.

Una vez en el océano, los riesgos continúan.

La captura accidental en redes y anzuelos es uno de los principales problemas para las tortugas baula. También existe peligro por la ingestión de residuos y plásticos, el enredo con artes de pesca abandonadas y los cambios en los ecosistemas marinos.

Por esa razón, los programas de conservación en las playas representan solamente una parte de una estrategia mucho más amplia.


El cambio climático añade un nuevo desafío

La temperatura de la arena tiene una importancia particular para las tortugas marinas.

En estas especies, la temperatura durante la incubación influye en el sexo de las crías. El aumento de las temperaturas puede producir cambios en la proporción de machos y hembras y, en condiciones extremas, afectar directamente la supervivencia de los embriones.

Además, el aumento del nivel del mar y los eventos climáticos extremos pueden provocar inundaciones de los nidos y acelerar la erosión de las playas.

NOAA Fisheries advierte que las condiciones ambientales cambiantes pueden modificar la temperatura de los nidos, alterar la proporción sexual de las crías y reducir el éxito reproductivo de las tortugas baula.

Investigaciones realizadas específicamente sobre poblaciones de tortuga baula en Costa Rica también han advertido sobre los efectos potenciales del aumento de las temperaturas en el éxito de eclosión y en el futuro de las poblaciones.

Esto significa que proteger los nidos es importante, pero no suficiente. La conservación a largo plazo requiere también proteger los océanos y mantener las playas en condiciones adecuadas.


Pacuare se ha convertido en un referente de conservación

La experiencia de la Reserva Pacuare permite dimensionar lo que puede conseguir un programa sostenido durante décadas.

La reserva comenzó sus labores en 1989 y actualmente trabaja en el monitoreo de diferentes especies, entre ellas las tortugas marinas. En sus más de tres décadas de actividad se han marcado más de 23.000 hembras, protegido más de 21.000 nidos y salvado más de 1,8 millones de huevos, según los datos publicados por la propia reserva.

La organización también señala que ha liberado cerca de 980.000 crías de tortugas al mar.

La cifra es especialmente relevante porque demuestra que la conservación no depende exclusivamente de grandes tecnologías.

En buena parte, el trabajo consiste en observar, registrar, caminar, vigilar y tomar decisiones correctas en el momento adecuado.


Una especie que necesita mucho más que viveros

Los viveros ofrecen una herramienta importante, pero no pueden resolver por sí solos todos los problemas que enfrenta la tortuga baula.

La protección de la especie requiere actuar en diferentes frentes: reducir la captura accidental en las pesquerías, combatir el comercio ilegal de huevos, conservar las playas de anidación, disminuir la contaminación y mantener programas científicos que permitan conocer cómo cambian las poblaciones.

La participación de las comunidades también resulta fundamental.

En Costa Rica, distintos proyectos han demostrado que los habitantes de las zonas costeras, investigadores, organizaciones ambientales, autoridades y voluntarios pueden trabajar conjuntamente para proteger los lugares de reproducción.

En este contexto, los voluntarios desempeñan un papel que puede parecer sencillo, pero que resulta fundamental: estar presentes.


Del vivero al océano

Cuando una cría de tortuga baula emerge de la arena, apenas mide unos pocos centímetros y tiene por delante una de las etapas más difíciles de su vida.

Los equipos de conservación esperan el momento adecuado para realizar las liberaciones y evitar, en la medida de lo posible, que las crías sean expuestas innecesariamente a amenazas.

Después, las pequeñas tortugas avanzan hacia el océano.

Ese recorrido representa el resultado de meses de incubación y, en muchos casos, del trabajo de decenas de personas que participaron en la protección del nido.

Cada cría que alcanza el agua no garantiza la recuperación de la especie, pero sí representa una oportunidad adicional para una población que enfrenta numerosas amenazas.

Por eso, el nacimiento de miles de tortugas en los programas de conservación de Costa Rica tiene un significado que va más allá de la imagen de cientos de pequeñas crías avanzando hacia el mar.

Es el resultado de años de investigación, vigilancia, participación comunitaria y protección de uno de los animales marinos más extraordinarios del planeta.

Un esfuerzo que debe continuar

Los datos de la Reserva Pacuare muestran que la protección sostenida puede producir cambios importantes. El descenso del saqueo de nidos y el número de crías liberadas demuestran el impacto que pueden tener los programas de conservación cuando se mantienen durante décadas.

Pero la tortuga baula continúa enfrentando amenazas dentro y fuera de las playas.

La pesca incidental, la pérdida de hábitat, el cambio climático, la contaminación y el comercio ilegal de huevos hacen que cada temporada de anidación siga siendo una carrera contra el tiempo.

En Costa Rica, esa carrera se libra de noche, bajo la oscuridad de las playas, mientras investigadores y voluntarios recorren la arena en busca de nuevas huellas.

Y semanas después, cuando miles de pequeñas tortugas comienzan a emerger de los viveros protegidos y se dirigen hacia el Caribe o el Pacífico, el esfuerzo de todos ellos adquiere una forma concreta: más crías tienen la oportunidad de llegar al océano y continuar el ciclo de una especie que lleva millones de años recorriendo los mares.