Por: Jaime Leal
Apreciado lector, seguramente el título de esta columna le trajo un pensamiento con el que usted, como todos -creo- nos sentimos identificados de alguna manera, y probablemente eso le causó cierta sonrisa o pena.
Aunque no es un término de uso legal, es muy común hablar de una “oveja negra” entre familias, padres, hermanos, hijos y hasta compañeros de trabajo. Incluso, tradicionalmente se dice que en todo hogar hay una “oveja negra”, para así llamar al pariente (o uno mismo) que ha traído más dolores de cabeza a los suyos, porque genera problemas, va contra la tradición, desobedece, desentona frente a lo que su entorno desea y no responde a las obligaciones mínimas que se esperan, como por ejemplo, estudiar y aprobar; madrugar y trabajar; o simplemente seguir las costumbres y reglas aplicables a todos.
También se llama oveja negra a quien se va por el camino equivocado (en términos legales o morales), tales como robar, tener una desordenada vida sexual, o incumplir promesas, entre otros muchos ejemplos.
El concepto viene de la sociedad rural en la que era común que en los rebaños sus ovejas tuvieran lana blanca y las pocas negras producían una lana oscura que no se usaba y perdía valor. Incluso en la Inglaterra medieval el color negro se relacionó con el diablo y la herejía.
Con o sin razones para explicar su comportamiento, cuando identificamos a alguien como “la oveja negra” estamos sugiriendo que sus acciones nos avergüenzan y causan daño, porque estas se apartan de los mínimos aceptables para nuestra convivencia. Es un concepto relativo, pero que debe servirnos para evaluar las relaciones con esas personas. Mientras que para unos la oveja negra es quien comete las más deplorables acciones de corrupción, para otros puede ser simplemente la persona que no entrega sus tareas a tiempo o la que cuestiona a otros.
Eso sí, no todas las llamadas ovejas negras son necesariamente quienes se conducen hacia el camino oscuro o negativo, pues muchos de los grandes cambios en los paradigmas de la humanidad, inventos, hallazgos y nuevas formas de pensar han surgido, precisamente, de quienes se atrevieron a desafiar la tradición y el statu quo.
Igual pasa en los hogares. Hay ovejas negras que se comportan así solo en rechazo a conductas impuestas sin razones ni ejemplos (como los padres que obligan a que sus hijos actúen de determinada forma, sin considerar sus circunstancias e imponiéndoles disciplinas ajenas a su realidad y deseos); y hay otras que lo hacen porque no han sido debidamente orientadas sobre los riesgos que pueden hallar en diferentes espacios sociales (como los hijos que caen en la adicción y las malas compañías por falta de atención y diálogo de sus mayores).
La familias que han convivido con ovejas negras se dividen entre las que profundizan sus crisis, con más peleas y falta de diálogo y las que, pese a las tensiones y confrontaciones, logran aprender de la dificultad y aprovechan para consolidarse.
Según la óptica desde la que se mire, hay veces en que ser una oveja negra (la diferente del rebaño) puede representar una mirada positiva, pues en algunas ocasiones cuestionar las normas, tener otras formas de ver las cosas y atreverse a actuar en la dirección contraria, puede aportar soluciones no vistas en una mirada tradicional.
No es fácil conllevar estas situaciones en cualquier escenario social, pero antes de caer en el desespero es bueno intentar mirar y evaluar los hechos desde muy diversas ópticas, especialmente aquellas distintas a las propias. Eso podría convertir la angustia en esperanza.
La presencia de una oveja negra en la familia o en cualquier entorno debe constituirse, tanto para quien así es considerado como para quienes le rodean, en una oportunidad para incentivar el diálogo, la búsqueda de puntos en común y la revisión de reglas y compromisos que permitan a todos llevar una convivencia pacífica y progresiva. Posiblemente, esa actitud de una persona cercana y a la que usted considera como una oveja negra le puede representar un llamado a su propia reflexión y conducta. ¡Piénselo!.
Jaime Leal Afanador
Rector UNAD

