Por: Jaime Goyes Andrade

Ahora se ha puesto de ‘moda’ (desafortunadamente) el de tratarse mal los unos a los otros por cualquier motivo, no importa si la situación es grave o muy pequeña.

En los colegios, universidades, en el trabajo, en la calle, en el hogar, en cualquier lugar se insultan, se agreden física y verbalmente solo porque una persona no piensa igual que la otra.

Se agreden porque apoyan a equipos de fútbol diferentes, porque el uno es vegetariano y al otro le gusta la carne, porque es bajito, porque tiene más plata que el otro, porque se viste mejor, porque apoya a cierto partido político y por una serie de pendejadas más, lo que acarrea que la humanidad viva en una constante pelea, lo cual no trae ningún beneficio para la sociedad.

Precisamente me llegó al email un escrito sobre estos hechos (desconozco al autor del texto), la cual deja una muy buena enseñanza. 

“Esta es la historia de un muchachito que tenía muy mal carácter. Como él mismo se daba cuenta de que sufría a causa de ello, le pidió consejo a su padre. Éste le dio una bolsa de clavos y le dijo:

-Cada vez que pierdas la paciencia, debes clavar un clavo detrás de la puerta-.

El primer día, el muchacho clavó 37. Las semanas que siguieron, a medida que él aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos.

Descubría que era más fácil controlar su genio que clavar clavos detrás de la puerta hasta que llegó el día en que pudo controlar su carácter durante toda la jornada.

Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra controlar su carácter. Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar.

Su padre lo tomó de la mano, lo llevó hasta la puerta y le dijo: -Has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices en las personas exactamente como las que aquí ves. Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero del modo como se lo digas lo devastará, y la cicatriz perdurará para siempre.

Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física. Piensa bien antes de actuar, piensa bien antes de hablar”.

Sin duda lo hecho por este padre de familia es ejemplar. Su hijo no volverá a tratar mal a otra persona y aprendió que se debe respetar la diferencia que existe entre un ser humano y otro. Algo que todos deberíamos poner en práctica para poder vivir en un mundo mejor.

Email: goyesandrade@gmail.com