La historia de Luis Amaranto Perea con el Independiente Medellín no es una relación profesional sino una historia de amor que empezó cuando era un joven defensor barranquillero que llegó al club y encontró en Medellín el lugar donde se transformó como ser humano y como futbolista. Fue en el DIM donde el mundo lo conoció, donde fue figura del equipo campeón de 2002 que rompió una sequía de 45 años, y donde protagonizó la épica campaña de la Copa Libertadores 2003 que llegó hasta la semifinal ante Santos de Brasil. Ese amor nunca se fue aunque la carrera lo llevó a Boca Juniors, Cruz Azul y ocho años en el Atlético de Madrid donde ganó dos Europa League y una Supercopa de Europa. En su presentación oficial el 16 de julio Amaranto no pudo contener las lágrimas cuando dijo: “Al Medellín no se le puede decir que no, nunca. Aquí empezó mi transformación como ser humano y como persona”.

Lo que hace especialmente emotivo el regreso de Perea es que firmó el contrato de dos años con el DIM antes del Mundial, mientras todavía era asistente de Néstor Lorenzo con la Selección Colombia, honrando primero ese compromiso antes de asumir en el club de sus amores. Colombia fue eliminada por Suiza en penales el 7 de julio y seis días después Amaranto ya estaba en la sede deportiva del Medellín dirigiendo su primer entrenamiento. Un hombre que pudo quedarse en el fútbol internacional pero que eligió volver a casa con la misión más difícil y más querida de su vida: devolverle al Poderoso el título que no conquista desde 2016 después de cuatro finales perdidas consecutivas.